La espiritualidad ignaciana y su contribución a la democracia

San Ignacio describía los ejercicios espirituales como un método de oración que ayuda al orden de los afectos para hallar la voluntad de Dios para la propia vida: amar y servir. En la actualidad, medita sobre los afectos, pero desde sus implicancias políticas, el filósofo francés Jaques  Rancière, quien piensa en la democracia como el lugar del desorden de éstos[1]. Chantal Mouffe, filosofa belga, también se ha especializado en el último tiempo en el estudio de los afectos y el conflicto en la política y su rol en la democracia.

En efecto, habría una especie de paradoja democrática. Por un lado, es una forma de sociedad que tiende a instalar un orden (como toda forma de sociedad), pero, a la vez, al desencarnar el poder de la persona del Rey, lo dejaría como un lugar vacío. Es decir, la democracia, el espacio para la libertad e igualdad, trae consigo el desorden de la contingencia, donde ya nada está dado de una vez y para siempre. El poder ya no “baja” de Dios al Rey, ya no se transmite por dinastías, y las leyes ya no son del todo dictadas por un orden divino, sino que construidas por el hombre.

La democracia, en su versión liberal, tiende a eliminar el conflicto, suprimiendo los afectos del juego democrático. De ahí que proliferen los intentos por construir democracias sobre acuerdos completamente racionales, una metáfora para decir que lo que se debe dejar afuera son las pasiones. Es cierto que el mundo de los afectos en política ha sido utilizado frecuentemente por los nacionalismos o totalitarismos, pero eso no quiere decir que sea la única forma de encausarlos.

De hecho, si la idea de democracia está ligada al gobierno del pueblo por sí mismo, esto implica la satisfacción de los deseos. Hanna Arendt es clara en mostrarnos que en la Grecia antigua esto no era así. Para los griegos, había que solucionar la necesidad antes de entrar al ágora a hacer política. Había que ordenar lo doméstico antes de atender los negocios públicos. Al ágora llegaban los que se habían hecho iguales, es decir, los que ya habían solucionado la necesidad y estaban listos para discutir como ciudadanos honorables.

Si el amor es comunicación, como dice Ignacio en la contemplación para alcanzar amor, deberemos aprender a comunicarnos aun en medio del desacuerdo y el conflicto. Pero, sobre todo, a comunicarnos desde nuestros afectos. Con nuestras urgencias, odios, miedos, alegrías y aprender que la comunicación y el consenso no solo son resultado de un acuerdo racional-lógico entre la comunidad comunicativa, sino que es producto de la interacción, a veces áspera, de deseos, pasiones y necesidades.

Sin embargo, no podemos desconocer que la política ha sido el lugar de las luchas y las demandas sociales. De las peleas por la libertad y la igualdad; de las luchas por el pan, la vivienda, la superación de la pobreza, la dignidad laboral, etc. Si en la política lidiamos con los deseos y demandas insatisfechas, entonces lidiamos con pasiones y afectos, que configuran nuestras decisiones y la forma en las que las tomamos. Por eso, la educación de las pasiones ha sido desde antiguo un tema importante.

El discernimiento ignaciano tiene su punto de partida en la necesidad de ordenar el desorden. Pero esta operación no se realiza cumpliendo una norma, sino que se hace justamente identificando dónde está el desorden de nuestros afectos y pasiones, cuál es el fin que las puede ordenar, para así dirigirlas al cumplimiento de nuestros verdaderos deseos y mociones, que, entendemos, son inspiradas por Dios.

Se disciernen los deseos legítimos, los medios adecuados y se direccionan a amar y servir. El amor es un modo de relación para Ignacio, donde el amante da, de lo que tiene o puede, al amado. Toda relación implica los afectos, ya sean en orden o en desorden. Si la democracia también tiene un elemento relacional fundante, entonces educar en relaciones que potencien nuestras capacidades es una tarea imperiosa.

Pero, al mismo tiempo, significa canalizar todo tipo de emociones, incluso las negativas. Implica encausar nuestras contradicciones, nuestros conflictos. Los acuerdos racionales no pueden expulsar las pasiones, no pueden suprimirlas del todo. Más aún en nuestro continente, donde la política sigue siendo un lugar de lucha contra la pobreza, el hambre y la explotación.

El discernimiento ignaciano asume el conflicto, la ambigüedad de nuestra carne, del pecado, y, sin embargo, se dirige al amor y el servicio. Aprender a vivir en tensión, siempre discerniendo cómo afrontar el permanente conflicto de intereses, la ambigüedad de nuestros medios, debería ser un valor apreciado en nuestros días. El diálogo se hace desde aquello en lo que no estamos de acuerdo, aquello que marca nuestras diferentes posiciones como sujetos.

En efecto, una vida democrática saludable es la que logra dar espacio a aquello que es constitutivo de lo social: los afectos y deseos. Así como los totalitarismos gobiernan con el miedo y hoy con el control de los deseos, la democracia puede funcionar canalizando las emociones que motivan nuestras decisiones.

Las próximas elecciones en Chile tienen el desafío de enfrentar una especie de desafección política, que se presenta como la sensación de que la lógica democrática no logra canalizar las necesidades ni deseos de la población. Así, el descontento y el enojo con algunas injusticias sociales no logra ser recogido por la praxis política. Pero tampoco nuestro deseo de reconciliación y esperanza, como se deja ver en la última polémica por la cárcel de Punta Peuco.

Si el amor es comunicación, como dice Ignacio en la contemplación para alcanzar amor, deberemos aprender a comunicarnos aun en medio del desacuerdo y el conflicto. Pero, sobre todo, a comunicarnos desde nuestros afectos. Con nuestras urgencias, odios, miedos, alegrías y aprender que la comunicación y el consenso no solo son resultado de un acuerdo racional-lógico entre la comunidad comunicativa, sino que es producto de la interacción, a veces áspera, de deseos, pasiones y necesidades.

 

[1] Cfr. Rancière, Jaques. El odio a la democracia.

Jesuita chileno. Actualmente cursa una Licencia en Filosofía en el Colegio Máximo de San Miguel, Argentina, y colabora en el Servicio Jesuita a Migrantes.

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