La Familia y el conversar: de lo gratuito y la calidad

Hace un par de días asistí a ver la obra “migrante”. A través de la danza, cuatro actores intentan mostrar cómo en este proceso hay un tránsito corporal, político, sexual, social y etario de las personas y/ o grupos que toman la decisión de trasladarse. Hacia el final, y a través de una cruda imagen, todos en la sala quedamos perplejos frente a una sociedad que, antes de incluir, pone barreras, ya sean legales o ideológicas, frente a los que migran en busca, la mayor parte del tiempo, de mejores oportunidades de vida.

El 21 de mayo en Valparaíso, Eduardo Lara, quien trabajaba como guardia en un edificio municipal, murió asfixiado producto del humo de un incendio provocado por un grupo de encapuchados. La respuesta fue categórica, desde la sociedad civil y el gobierno: este tipo de hechos no se puede volver a repetir.

El mismo 21 de mayo, pero en Santiago, un hombre de 20 años ingresó a la jaula de los leones en el zoológico metropolitano quien, presumiblemente, presentaba una patología mental. Hasta hoy se encuentra grave en una clínica de la ciudad. Los medios de comunicación, más que informar sobre el hecho, han mostrado la nula empatía y cuidado ético frente a ese joven y su familia.

Al sentarme a escribir esta columna lo hago con la mente en los hechos relatados anteriormente. Pienso que es un acto de justicia narrativa (que es la única que se puede hacer de acuerdo a un texto) visibilizar los dolores que tenemos como país a través de personas concretas, que vienen de territorios específicos y que nos están intentando “mostrar” algo, eso que los psicólogos llamamos “síntoma”; es decir, una señal o signo de que “algo está ocurriendo”, una especie de alarma.

Intentaré escribir sobre cómo, en una sociedad compleja y diversa, la Iglesia, las comunidades y específicamente las familias, deberían incentivar espacios en donde volvamos a “encontrarnos con el otro”, tarea básica que pareciera ser que olvidamos, priorizando incluso en la Iglesia pastorales más pendientes en el “hacer” que en el “vincularse”. Y en ese “hacer” se nos ha ido olvidando o desdibujando a quién tenemos en frente. En esta reflexión intentaré profundizar en algunos puntos de Amoris Laetitia, la nueva exhortación del papa Francisco, y en algunas “pistas” que entrega en la formación social que la familia debería incentivar.

El ayer y el hoy. Responsabilidad política en la juventud

Mi abuela nació cuando el voto femenino en Chile era impensado. Por lo mismo, pienso que una vez que pudo hacerlo, incentivó a sus hijos y nietos a participar. Recuerdo que para las elecciones presidenciales, la Ita (cómo le decimos a mi abuela) era la primera en levantarse e ir a votar con sus mejores “pintas”. Ella votaba temprano porque así podía escuchar la radio o la televisión para saber “cómo iban las cosas”. Hoy sigue votando, tiene 84 años, y si bien no es necesario que llegue de las primeras, porque al ser de la tercera edad tiene prioridad en la fila, ella lo sigue haciendo.

Según datos del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV), la participación electoral juvenil ha declinado fuertemente en los últimos 20 años, incentivando la desafección política. Frente a la pregunta: “¿Votará usted en las elecciones municipales que se realizarán en octubre de este año?”, sólo un 33% de los jóvenes encuestados responde que lo haría. A esto se suma la baja participación formal en movimientos o grupos políticos.

En las dos últimas elecciones de la Federación de la Universidad Alberto Hurtado, en donde trabajo, el año 2014 votó menos del 30% de los estudiantes, y el año 2015 el porcentaje ascendió al 35%. Lo mismo se replica en distintas casas de estudios, tanto en Santiago como en otras regiones del país. Lo anterior plantea distintos problemas de representatividad frente a minorías que se eligen con un bajo porcentaje de participación. Esta dinámica también se reproduce a escala nacional, en las elecciones donde votan “los mismos de siempre” y son elegidos “los mismos de siempre”. Frente a lo anterior, los que ven una salida posible al problema de la desafección política, plantean soluciones en la lógica “inscripción automática, voto obligatorio”, mientras los que definitivamente han caído en el pesimismo plantean que a los jóvenes “sólo les interesan las marchas”.

Menciono esto porque que es una realidad que tiene a algunos investigadores de las ciencias sociales dedicados de lleno a entender “cómo se mueven los jóvenes hoy en día”. Intento comprender qué sucedió entre la transición de la generación de mi abuela y la de mi hermana menor de 16 años. A los psicólogos nos enseñan a observar, y si tuviera que observar algo hoy, me gustaría comprender de qué se habla en los almuerzos de los domingos en las familias.

Y es aquí donde me pregunto: ¿existe algún espacio en las familias en donde se sienten todos a la mesa, más allá de las celebraciones tradicionales (cumpleaños, fiestas, bautizos, fútbol, etc.)? ¿Incentivamos espacios para conversar? ¿Qué espacio hay para lo gratuito? ¿Los padres están al tanto, por ejemplo, de las series o la música que escuchan sus hijos? ¿Saben los hijos cómo se llaman los compañeros de trabajo de sus padres, en dónde les gustaría vacacionar en el verano, o simplemente, qué les gusta hacer el fin de semana?

Más allá de realizar un análisis sociológico sobre las causas de la actual participación juvenil en temas políticos, me gustaría entender cómo las lógicas del mercado han ido permeando desde la educación hasta las dinámicas sociales.

Amoris Laetitia y el núcleo familiar: diálogo participativo e ideologías de mercado

Pareciera ser que aquella indolencia juvenil viene de una problemática familiar y moderna. Es acá, y desde la lectura de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, que comentaré algunos puntos que me parecen relevantes. Concretamente me referiré al Capítulo V “El amor que se vuelve fecundo” y al Capítulo VII “Fortalecer la educación de los hijos”.

La familia, como amplia comunidad de personas que se vincula de forma gratuita, tiene una labor importante: intentar cambiar las lógicas de consumo, basadas en aquello que puedo comprar o vender.

Resulta interesante que esta carta quiera “dar voz” a procesos consultivos (no resolutivos) de distintas comunidades y grupos dentro de la Iglesia. Respecto al capítulo V, parece novedoso que el Papa amplíe la concepción de familia “mononuclear”, dando paso -o más bien visibilizando- a la extensa red de relaciones que se construye con la presencia de amigos, tíos, primos, abuelos, etc. En el documento se habla sobre el rol que debe tener la familia para promover la “cultura del encuentro”. En esto se recalca que la familia tiene un profundo carácter social.

La exhortación en eso es clara. Plantea que “el tiempo es superior al espacio”, un incentivo a los padres para estar al tanto, dejando la lógica del “control” para estimular o generar espacios de encuentro. “La educación entraña la tarea de promover libertades responsables, que opten en las encrucijadas con sentido e inteligencia; personas que comprendan sin recortes que su vida y la de su comunidad está en sus manos y que esa libertad es un don inmenso” (N° 262).

Me parece interesante que esta libertad se vincule con la responsabilidad, es decir, la labor que tendría la familia para promover a sus integrantes como personas que se vinculen política o socialmente en la comunidad. La familia en esto tiene un rol fundamental. Un buen cristiano, a mi entender, es un buen ciudadano.

Comprender el espacio familiar como un espacio privado, limitándolo o replicando las dinámicas económicas, sería caer en las lógicas de mercado, en las que “sólo es posible participar si hay un bien de consumo”. Como señala el Papa “El individualismo de estos tiempos a veces lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro molesto” (N° 187). En eso, la familia, como amplia comunidad de personas que se vincula de forma gratuita, tiene una labor importante: intentar cambiar las lógicas de consumo, basadas en aquello que puedo comprar o vender. En otras palabras, superar el individualismo creciente, que nos hace a veces tener una “fe a la carta”, desorientándonos de nuestra labor principal de cristianos: amar a Dios y al prójimo, y que hoy, al ver el panorama actual de la sociedad, se complementaría quizás con “sirviendo en las fronteras”, a donde otros no llegan.

Hablo desde lo que veo a diario. Pareciera ser que en nuestro país, luego de la estabilización económica, se fueron incentivando espacios ligados al consumo, y esto también se replicó en las familias chilenas, en las que el televisor pasó a tener un lugar en la estructura familiar. En muchos hogares en los que la mujer comenzó a tener participación laboral, con horarios extensos, y con poca o nula participación del hombre en las labores parentales, el televisor ocupó el lugar de crianza por excelencia. “Somos hijos de la tele”, como he escuchado decir a algunas amigas y algunos amigos.

Tanto permeó el consumo las dinámicas sociales que cuando se quiere conocer a una persona, y antes de querer saber su nombre, se le pregunta “¿qué eres?”. O bien, para conocer a esa persona se le consulta “¿en qué colegio estudiaste?”, con el propósito de indagar así alguna pertenencia o queriendo ubicar un espacio determinado, de acuerdo con los criterios que para la sociedad son deseables.

Tampoco quiero que se entienda que mi idea de familia no implica los elementos que nos ha entregado la modernidad. Pero es importante cuestionarse o “replantear los hábitos de consumo para cuidar juntos la casa común: La familia es el sujeto protagonista de una ecología integral” (N°277). La tecnología tiene que estar al servicio del ser humano, a su calidad de vida, pero es nociva cuando ocupa espacios formativos o de diálogo, ya que no es posible dialogar con una pantalla o con un dispositivo móvil, debido a que, más que un diálogo, lo que fomentamos es un monólogo. Y un monólogo sólo es entendible para el que lo realiza. Ahí el “otro” no tiene cabida.

La tecnología tiene que estar al servicio del ser humano, a su calidad de vida, pero es nociva cuando ocupa espacios formativos o de diálogo, ya que no es posible dialogar con una pantalla o con un dispositivo móvil, debido a que, más que un diálogo, lo que fomentamos es un monólogo.

Como se señala en el Capítulo VII “La Familia es el ámbito de la socialización primaria, porque es el primer lugar donde se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir.(…) En el contexto familiar se enseña a recuperar la vecindad, el cuidado, el saludo.(…) No hay lazo social sin esta primera dimensión cotidiana, casi microscópica: el estar juntos en la vecindad, cruzándonos en distintos momentos del día, preocupándonos por lo que a todos nos afecta, socorriéndonos mutuamente en las pequeñas cosas cotidianas. La familia tiene que inventar todos los días nuevas formas de promover el reconocimiento mutuo.” (N° 276).

El desafío colectivo y la esperanza del futuro

Un gran desafío se nos plantea: ¿cómo incentivar el diálogo, el encuentro en las familias, en los contextos educativos, con otros que piensan distinto y que cada vez son más diversos? ¿De qué manera promovemos una cultura de la “escucha” en una sociedad cada vez más individualizante e inmediata? ¿Es posible volver a sentarnos a la mesa y conversar? ¿Caben ahí los que migran, los ancianos, las mujeres víctimas de violencia laboral y sexual, las víctimas de homofobia… o seguimos reproduciendo los mismos patrones?

En una sociedad en la que las familias propicien un compromiso con los excluidos, en una sociedad que forme personas tolerantes, en una sociedad en que se vuelva a escuchar al otro antes de “etiquetarlo”, en una sociedad en donde las familias vuelvan “a conversar”, las situaciones descritas al comienzo de esta columna no tendrían cabida. El migrante sería recibido, podríamos protestar sin necesidad de “capucha” y podríamos dar espacio y respeto a quienes por alguna razón no se sienten comprendidos.

La familia tiene que promover una educación basada en Jesús y en su pedagogía. Esto conlleva, inapelablemente, una responsabilidad especial de esfuerzo y amor al prójimo y, por consiguiente, más y mejor vida para todos.

Psicóloga UAH. Actualmente trabaja en el Centro Universitario Ignaciano de la U. Alberto Hurtado, donde, además, cursa el magíster en Psicología Social

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