La fe que mueve montañas

 Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”.  Lucas 17:5

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Un personaje muy querido en la televisión es Kenneth Parcell, (30 Rock, interpretado por Jack McBrayer). Kenneth es un joven del campo que trabaja como paje en la oficina de una gran empresa en Nueva York. Él es muy correcto y educado, eternamente optimista, y un poco ingenuo. Fue criado en una religión protestante de corte fundamentalista en el sur, en el estado de Georgia, probablemente. Y no cambia sus principios por nada. 

Kenneth suele decir cosas así: Jesús dijo que la fe puede mover montañas. Aprendimos eso en clase de ciencias naturales. Todos lo encuentran divertido, por supuesto, y Kenneth no entiende por qué. Kenneth encarna una mentalidad que es sorprendente. Ingenuamente sustituye el aforismo religioso por el conocimiento científico, como si uno tuviera que ver con el otro. En el caso de Kenneth, resulta tierno, porque él es tan alegre, infantil e inocuo. Y porque es un personaje ficticio. El fundamentalismo no es siempre, así, tierno e inocuo.

Quienes diseñan sistemas de educación en las cuales las verdades científicas se reemplazan por materia de fe lo hacen para justificar una visión del mundo que es categórica, simplista y conflictiva. La ciencia y la fe tienen objetivos y métodos radicalmente distintos. La Iglesia explícitamente acepta eso.[1]  Se hacen experimentos para cuestionar y comprobar las verdades científicas. Pero no se cuestiona el dogma de fe. Santo Tomás diría que hay que rezar pidiendo luz para entender. El problema viene cuando se mezcla ciencia y fe en la misma probeta.

Las verdades de fe pueden ser consideradas definitivas porque no son cosas, ni hechos, ni siquiera conceptos, sino metáforas. Tenemos maneras universalmente aceptadas de expresar el misterio inefable del amor divino porque las expresiones no son más que señales que apuntan a una realidad mayor: la intuición inexpresable de una divina voluntad salvadora. El peligro con las verdades de fe viene cuando son comprendidas como cosas. Se transforman en materia de conflicto e imposición autoritaria.  El aumento de la fe se malentiende como militancia en contra de personas que creen otras cosas. El ambiente se pone agresivo, desmintiendo el evangelio que es por naturaleza un mensaje de amor, tolerancia y comprensión.

Las verdades científicas siempre son provisorias.  A veces, se habla de hechos científicos como si fueran dogmas de fe secular, grabados en piedra como preceptos inmutables. Los únicos hechos en el método científico son los datos observados en los experimentos empíricos. Esos hechos avanzan con la tecnología que permite observar con mayor precisión. La verdad científica es la teoría que se formula (y se reformula) para dar cuenta de los datos observados del momento.

Por eso, el conjunto de la teoría científica avanza. Lo que era verdad científica hace cien años está desactualizada hoy.[2] Si no fuera así, estaríamos todavía cargando mucha teoría científica del pasado que ha sido superada y, hoy en día, nos parece absurda. Entre otras, tenemos la teoría geocéntrica del universo, la generación espontánea de los gansos en la primavera, y la enfermedad causada por desequilibrio de “humores” en el cuerpo, la cual llevó al desangramiento de los pacientes. Eso era ciencia. La alquimia se basaba en la teoría de que los elementos podían ser transformados. La esperanza era poder transformar plomo en oro para hacerse ricos. Ciertamente, la Iglesia tiene su historia oscura de ignorancia científica, pero la ciencia, también, tiene una.

La Iglesia es frequentemente criticada por los no creyentes por su temor (felizmente superado) de los telescopios. Hoy en día, se reconoce que la naturaleza, estudiada con tanta devoción por los científicos, no es un obstáculo para la fe, sino una puerta que muchas veces lleva directamente a ella. La maravilla que provoca el deseo de comprender se parece mucho a la experiencia religiosa, y puede, en verdad, complementarla.

El fundamentalismo científico suele colocar la evolución de las especies en la balanza como una prueba de que Dios no existe. En verdad, su lógica es falaz. No sería una prueba de que Dios no exista, sino un motivo por la cual Dios no fuera necesario para explicar la existencia de la naturaleza. Pero, con o sin la evolución de las especies, (que es bastante aceptada, además, por los cristianos con un poco de cultura general[3]), Dios es posible.

De hecho, el magisterio de la Iglesia católica no rechaza la teoría de la evolución, sino sólo y únicamente la aplicación del concepto de la sobrevivencia de los más fuertes a nuestras decisiones políticas y económicas. Si la muerte de los indefensos es tratada como natural, la solidaridad se evapora. Es más, un fundamento del sueño hitleriano era la convicción de que el destino (evolucionario) de la humanidad era dejarse someter por una raza suprema.

El escritor Richard Dawkins apareció en el programa de Jon Stewart la semana pasada.[4] En su libro, The God Delusion (2006), selecciona las enseñanzas más absurdas de las religiones fundamentalistas para desacreditar la fe en sí. Stewart preguntó a Dawkins, con ese humor que le caracteriza, ¿Tú crees que el fin de nuestra civilización vendrá por conflictos religiosos o por los avances científicos? Stewart, como siempre, agudo con la lengua. El fundamentalismo religioso está causando muchos conflictos violentos a través del mundo. Frecuentemente, es auspiciado por las fuerzas económicas que lo sabe aprovechar para su propio beneficio. (La guerra es la alquimia de hoy). Por otro lado, el fundamentalismo científico está llevando la humanidad al precipicio de cataclismo ecológico. En buena hora, hay que aplicar cordura racional para salvar el planeta. Ahí, tenemos una montaña que sólo la fe podrá mover.

 

[1] Cf. Gaudium et spes, 36, Autonomía legítima de las realidades terrenas. Muchos parecen temer que por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.  Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía.

[2] Cf. Karl Popper, The Logic of Scientific Discovery, 1934; and Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge, 1963.

[3] La creación explica el sentido de la naturaleza.  La evolución es su mecanismo funcional.

[4] The Daily Show, 24 de septiembre 2013, http://on.cc.com/1bNcsLn

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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