La fiesta que crea fraternidad

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Son las nueve de la noche y Juan está preparando su maleta para viajar a su pueblo de origen, ubicado a cerca de 900 kilómetros al sur de México, en el estado de Oaxaca. Entre su equipaje lleva un instrumento musical.

– Juan, ¿a dónde llevas tu trompeta?, le pregunto.

– Voy a cumplir con mi cargo, pues pertenezco a la banda municipal de mi pueblo, y la próxima semana es la fiesta.

Juan es migrante indígena, y vive en el barrio Mixteco de Guadalajara, ubicado en el centro del estado de Jalisco, en el occidente del país. Sus familiares y amigos, que no podrán asistir a la fiesta en Oaxaca, también celebrarán en la ciudad. Aunque no se pueda llegar allá, es fundamental celebrar.

La fiesta es un medio por el cual la comunidad mantiene su identidad indígena. Pero, ¿qué es eso de “indígena”? Es un modo de estar en el mundo, un modo que incluye distintos aspectos de la vida, como el tequio -trabajo comunal-, la asamblea, el territorio… y la fiesta.

Santos de la Cruz, indígena perteneciente a la etnia wixarika, avecindado en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), en una entrevista realizada por la Revista Magis, señaló que cuando él emigró hacia la ciudad, notó que en los habitantes de la urbe “los intereses son más individuales”, mientras que en su pueblo natal “todo es más colectivo”.

Y es que en la fiesta se manifiesta con plenitud un rasgo fundamental del ser indígena: el ser comunitario. En la fiesta la gente celebra pertenecer a un mismo territorio, y para ello se organiza mediante un trabajo colectivo. Sin él no hay celebración.

La fiesta es también una forma de resistencia, una forma de lucha. En ella la comunidad re-concilia los desacuerdos y reanima su espíritu de unidad. En la ZMG, las comunidades indígenas continúan con este modo de ser; es una forma de reafirmar y revitalizar sus valores, su origen y, en suma, su modo de existir, su modo de ser humano.

En México podemos contemplar numerosos ejemplos de esto: uno de ellos es la próxima fiesta a Santa Cecilia, en el mes de noviembre, en la colonia Floresta del Colli, en el municipio de Zapopán, Jalisco. El trabajo previo dura todo el año. Se conforma un comité organizador, nombrado por la comunidad purépecha y mestiza que ahí radica, a los cuales les dan el nombre de “mayordomos”.

Año a año, en la ZMG se recrean las fiestas de los purépechas, como si estuvieran en su natal Michoacán, o de los otomís, cuyos cánticos se escuchan en la sierra de Querétaro. Fiestas indígenas, en la ciudad, que tienen impregnadas el olor a sus tierras de origen, que remiten a montañas, a climas, o a modos de sembrar. “Se antoja la comida de allá”. Aviva la gastronomía indígena. En ella se baila y se canta en su lengua materna. La fiesta es, en definitiva, memoria y defensa viva de legado cultural de los pueblos indígenas de México.

¿Qué mensaje nos transmiten los indígenas al re-crear sus fiestas en la ciudad? ¿Seremos capaces los que vivimos en las urbes de organizarnos con nuestros vecinos y de comenzar a tejer “la fraternidad perdida” que tanto echamos de menos?

Una fiesta inspirada en aquéllas de nuestros hermanos indígenas es un excelente pretexto para comenzar a fraguar una batalla contra la soledad y el individualismo, que tanto aqueja a nuestra sociedad actual. El reto está planteado. Lo único que nos hace falta es simplemente voluntad. Es cuestión de querer ser uno con los demás y con-fundirnos con “el Otro” y con “la Otra”. Es simplemente desear tener un mismo corazón. La fiesta puede ser un medio para comenzar a sanar la herida de la enemistad, y de esta manera caminar hacia nuevos modos de ser humanidad.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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