La fragilidad, el espejo y el regalo como principios de lo espiritual en Tarkovski

Andréi Tarkovski, también conocido como el poeta del cine, nos ofrece una renovada perspectiva sobre los problemas humanos que siguen afectándonos y que merecen por tanto nuestra atención. Apuntamos aquí, solamente, al conflicto existente entre el desarrollo material contemporáneo, múltiple y acelerado, y el desarrollo espiritual, siempre aislado y pobre. Hemos dejado atrás la década de los ´60, ´70 y ´80, años en que salen a la luz películas como La infancia de Iván, Andrei Rublev, Solaris, Stalker y Sacrificio. Hoy, nos encontramos en un escenario en que la madre técnica ha engendrado otros aparatos, otras pantallas y, con ello, otras formas de comunicación y organización. Sin embargo, el desequilibrio persiste: cuanto más ordenados están los objetos -siempre ahí, expuestos en la góndola para nuestro uso-, y más sociológicamente están contabilizadas las personas, tanto más resplandece la profunda desorientación del espíritu, anémico como está de símbolos, de silencios y de auténtica trascendencia.

Fragilidad, espejo y ofrenda; tres principios, pues, para equilibrar en algo el desenfreno de tanta e ineludible materialidad.

Frente a esta desarmonía entre el mundo exterior y el interior, entre lo material y lo espiritual, A. Tarkovski nos ofrece al menos tres pensamientos que pueden acaso nutrir nuestra dimensión espiritual y, con ello, equilibrar en algo la balanza. El primero, enunciado en la película Stalker, dice que lo frágil y lo pequeño triunfa sobre lo fuerte, lo espectacular y lo rígido: porque la debilidad es poder y la fuerza no es nada… como un árbol, mientras crece es tierno y flexible, y cuando se seca endurece y muere. La rigidez y la fuerza son compañeras de la muerte. La debilidad y la flexibilidad expresan la lozanía de la existencia. Nuestra dimensión espiritual se enriquece con este principio, pues en él caben, como alimento más preciado, todas las derrotas que el mundo margina, todos los males, tanto padecidos como cometidos; en la casa del corazón también anida la belleza de los regalos más íntimos e inocentes, recibidos sin porqué, que sostienen de modo imperceptible nuestra vida. Para equilibrar la balanza es necesario, entonces, acoger este amplio mundo de lo no elegido, cuya geografía tendremos que empezar a recorrer.

Para situarnos en esa difícil geografía interior, Tarkovski nos regala también el principio del espejo, a través del cual se puede mirar de modo indirecto lo que nos pasa. En Solaris dice: Nosotros no necesitamos otros mundos. Necesitamos un espejo. Y es así como el director nos lleva a configurar nuestros adentros a través de su lenta galería de símbolos, para que elijamos aquel que nos nombra y elige: la casa, el agua, la mujer que nos limpia la mezquindad, el abrazo del padre, el árbol o la ciudad gris. ¿Cómo decir de otra manera ese mar de gozos y dolores pasados que nos destina y engendra cada vez un mundo?

Y, finalmente, el principio del regalo y de la ofrenda: cada regalo involucra un sacrificio, dice, precisamente, en su película homónima. ¿Cómo emprender esta difícil marcha hacia lo frágil sino es porque, en este descenso acompañado, se perfila la preparación de un regalo que forjará una senda de vida para un otro futuro? El camino espiritual es transmisor de vida, transmisor de fe. Fe en eso sagrado de la existencia que nos sigue convocando desde dentro al cuidado y a la auténtica responsabilidad.

Fragilidad, espejo y ofrenda; tres principios, pues, para equilibrar en algo el desenfreno de tanta e ineludible materialidad.

Jesuita argentino. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y forma parte del equipo de Vocaciones Jesuitas.

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