La fuente rota

A Juana y Albina

Había una mujer en el suelo
que lloraba desconsoladamente.
Como islas diminutas
brotaban las palabras.
Lloraba a sus hijos y a su patria.
“Han roto la fuente”,
dijo con los ojos volcados hacia dentro.

Traté de traspasar su lejanía con la mirada,
pero un terreno quebrado permaneció entre nosotros.
Contó un sueño que la atormentaba por las noches,
un viaje a su tierra,
una mujer extraña y despiadada,
unos hijos habitando la muerte de su madre.
“La fuente se ha roto”,
volvió a decir.

El silencio envolvió la pieza,
y absorbiendo el angustiante velo,
recordé el solitario silbido de una alondra.
Es como un abismo,
pensé.

Entonces,
una mujer de vestidos exóticos
que hasta ese momento había estado pensativa a mi lado,
se levantó.
Recogiendo sus pañuelos multicolores,
caminó hacia ella.
Al llegar a ese lugar velado,
posó ambas manos sobre la cabeza de la mujer,
de tal manera que los dos pulgares se fijaron en la frente
y los demás dedos sobre el cabello.
Estuvo así largamente.
“No llores, hermana”,
alcancé a comprender,
Pero el resto fue como el canto de la alondra.

Desde lejos,
y sin traspasar el manto nebuloso,
pude distinguir dos mujeres,
erguidas y hermanas.
Era como una fuente.

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.