La gran mentira

Aristóteles observó que, en el discurso público, hay tres factores que inciden en la credibilidad de una afirmación. La primera es la coherencia interna del contenido. Hechos y razones. Eso es el argumento objetivo. El segundo es el estado emocional del auditorio. Una muchedumbre triste, asustada o apasionada es más propensa a creer algo que justifica sus sentimientos. Ese es el argumento subjetivo. El tercero es la estatura del que habla. Utiliza su autoridad para imponer un punto de vista.

Solamente el primero tiene que ver con la autenticidad del argumento. Para avanzar hacia un contrato social relativamente democrático, se aprende en la escuela que, en las materias complejas de la justicia y la política pública, conviene fundamentarse en la objetividad. Conviene, además, reconocer y evitar la influencia desordenada de las emociones personales y las lealtades a figuras públicas. Su fama puede llamar la atención, pero distorsiona el discurso.

No se han enumerado razones ni hechos. La suposición es que estas afirmaciones deben ser creídas porque la autoridad inherente de la presidencia está detrás. Lo llamativo es cuántas personas realmente las cree. Tal vez, esto señala una falla importante en los métodos educacionales actuales. La democracia depende de la educación del pueblo. Más importante, apunta al peligro inminente de caer bajo el sello autoritario. Es hora para la vigilancia pública.

En Washington se ha abandonado la objetividad por completo. Los sentimientos corren profundamente. Los cambios en el mercado laboral y en el perfil demográfico nacional han ocasionado sentimientos negativos. Han renacido ciertas agresividades étnicas y sociales que todos creían superadas. La culpa de todo se lo llevan los otros, por causa de su raza, religión u origen étnico. Se han generado acusaciones categóricas que son falsas, aun cuando parecen creíbles, porque el odio genera más aplauso que la cordura y la razón.

Peor es el abuso de autoridad el que impone verdades apócrifas. El mal-llamado Líder del Mundo Libre ha insistido que los inmigrantes comenten más crímenes que los nativos, que los refugiados son peligrosos, que hubo fraude eleccionario masivo, que la muchedumbre para la inauguración presidencial fue la más grande de la historia, que hubo un ataque terrorista en Suecia, y más recientemente, que el presidente anterior le estuvo espiando.

No se han enumerado razones ni hechos. La suposición es que estas afirmaciones deben ser creídas porque la autoridad inherente de la presidencia está detrás. Lo llamativo es cuántas personas realmente las cree. Tal vez, esto señala una falla importante en los métodos educacionales actuales. La democracia depende de la educación del pueblo. Más importante, apunta al peligro inminente de caer bajo el sello autoritario. Es hora para la vigilancia pública.

En Mein Kampf, Adolf Hitler acusa falsamente a lo que él denomina la conspiración judía internacional de una estrategia retórica conocida como la gran mentira. Cómo engañar a todo el mundo, al menos temporalmente. Los judíos nunca la usaron, pero se volvió principio fundante de la propaganda Nazi: Que la mentira sea grande y simple, que se repita una y otra vez. Tarde o temprano, el pueblo creerá.

Durante la guerra, la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos formuló un perfil psicológico del dictador nazi. Sus reglas fundamentales eran: nunca dejar que se enfríe el pueblo; nunca reconocer la culpa o el error; nunca conceder que podría haber algo de bueno en su enemigo; nunca dejar espacio para ninguna alternativa; nunca aceptar la responsabilidad; concentrarse en un enemigo a la vez, culpándole de todo lo que salga errado; el pueblo prefiere creer una mentira grande que una mentira pequeña; y si reiteras la misma mentira una y otra vez, eventualmente, el pueblo creerá.

Fue un fenómeno sociológico impresionante, un tiro acertado de manipulación política y fuente de un desastre público que llegó a descarrilar el curso de la historia mundial. Lo que la propaganda nazi logró dejó una cicatriz en la civilización occidental que tal vez nunca llegue a curarse. Sí, se puede revolucionar la multitud descerebrada al frenesí rabioso con mitos y mentiras. Pero no es bueno hacerlo.

Ya hemos oído las consignas. ¡Engrandece los Estados Unidos otra vez! Los mexicanos son todos violadores. Nos quitan el trabajo. Vamos a construir un muro. Los periodistas son los seres más deshonestos de la tierra. Todos, a grito, al estilo del matón del patio de la escuela.

No es la primera vez que se ha visto la gran mentira al servicio de los intereses particulares de un gobierno. Las armas de destrucción masiva en Irak fue una. Otra fue el incidente del Golfo de Tonkín. La novedad de hoy es la escala. Tanto así que el prestigio de la presidencia está en jaque. ¿Serán creíbles los futuros presidentes?


Imagen: Reuters/Jim Urquhart

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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