La Iglesia y el dilema por el poder

(cc) Catholic Church (England & Wales)

Parece que en estos días se nos dijera como Iglesia “Dame cuenta de tu administración”… y sabemos que no hemos estado a la altura. Perdemos poder, ese al que a veces quisiéramos aferrarnos. Es bueno perderlo, si eso significa más humildad, más parecernos a Cristo pobre. Es malo, por otra parte, porque nos damos cuenta que es por nuestra infidelidad a la misión encomendada. ¿Podíamos estar a la altura? ¿No era mucho pedir que nos hiciéramos cargo de anunciar el Evangelio? ¿No es cierto que nos queda grande? Es malo estar en crisis cuando eso significa que ya no nos creen que el Reino de Dios es posible, que para eso era la Iglesia.

Podemos recriminarnos unos a otros de quién es la culpa de la pérdida de credibilidad. ¿Fueron los que rigidizaron sus posturas ante el ataque de la modernidad, creyendo que anunciar el Evangelio se trataba de mantenerlo puro e inmaculado de toda contaminación cultural? ¿O fueron los que aguaron el mensaje, diluyéndolo en cada moda que se encontraron? ¿La Iglesia se hunde por los que negaron cualquier tipo de crisis (y los abusos, y la “humanidad” de los curas, y las ambiciones de poder, y…, y…) o es por culpa de los que se regocijaron poniendo el dedo en la llaga de los pecados de la Iglesia? ¿La crisis es de la Iglesia, de las instituciones, de la humanidad, de la época? En realidad… ¿qué importa quién pateó la pelota que rompió el vidrio, cuando todo el curso jugaba fútbol dentro de la sala de clases?

En lugar de afirmarnos con dientes y uñas, mejor es preguntarnos qué vamos a hacer con el saldo de poder que nos queda, con los minutos de descuento que nos dio el árbitro. Jesucristo entrega una respuesta “inmoral” y pone de ejemplo a un tramposo (Lucas 16, 1-13). Regalemos este resto de poder a los mapuche y su causa. Arriesguemos nuestra imagen por las prostitutas y el mar para Bolivia. Dilapidemos nuestro último saldo de accountability por los presos reincidentes.

Si todavía queda alguien que nos quiera escuchar, que se entere de que pensamos que los pobres no son pobres porque son flojos, sino porque hay ricos muy ricos.  Si no han terminado de irse con eso, digámosle que somos una Iglesia de pecadores, los peores de todos, ávidos de poder, miserables, necesitados de afecto, temerosos, soberbios, desconfiados… y más encima patudos, porque creemos que Dios nos quiere ¡escandalosamente!. Y si eso escandaliza a quien nos escucha, terminemos de espantarlo diciéndole que Dios también l@ quiere a él/ella.

Y si aún quedare algún incaut@ que piensa que puede escuchar algo sensato de nosotros, digámosle que los torturadores y los violadores, los pedófilos, las madres que abandonan a sus hijos, l@s niñ@s que hacen bullying y tantos otros desgraciados, malnacidos y csm… también son seres humanos, y los amamos y Dios también los ama.

Entonces, cuando ya hayamos dado cuenta de nuestra pésima administración y no nos quede poder alguno, cuando hasta las abuelitas que rezan el rosario antes de la misa se hayan convencido de que la Iglesia perdió su rumbo… entonces los mapuche, las prostitutas, los bolivianos, los torturadores y violadores, las malas madres, los pedófilos y l@s niñ@s que hacen bullying (y tal vez también las abuelitas del rosario…) nos recibirán con cariño, nos acogerán en sus casas de pobre, nos consolarán y escucharán con paciencia nuestras historias de glorias pasadas, cuando éramos importantes.

Y quizá en un momento, cuando menos lo esperemos, tal vez –solo tal vez– alguien pensará “yo he escuchado antes esto de hospedarse en la casa de un pecador”.

Hermano jesuita. Licenciado en Teología UC, actualmente cursa un doctorado en Teología en Innsbruck, Austria.

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