La Iglesia que vamos construyendo

Por alguna extraña razón, aún cuando lo central del mensaje evangélico de Navidad no cambia de año en año, cada vez tiene algo nuevo, un arista que no hemos visto, un ángulo que permanecía oculto. Es probable que esto se deba a que nosotros también vamos cambiando, estamos más pacientes o impacientes, tristes, alegres, consolados, desolados, solos, acompañados, haciendo proyectos o evaluando lo realizado.

Para el mundo católico, el año que acabamos de despedir fue especial y estuvo marcado por acontecimientos importantes en la Iglesia. El Papa Francisco removió las instituciones y las estructuras, presentando una iglesia más cercana al pueblo de Dios, vuelta a la sencillez, acogedora, pobre, más transparente y abierta, capaz de reconocer el dolor, de abrirse a lo diferente, de reparar y aprender de los errores y fracasos.

Una Iglesia más centrada en lo profundo y esencial que en lo superficial. Una Iglesia alegre, con grandes sueños y, al mismo tiempo, realista. Una iglesia encarnada en lo cotidiano, en los dolores y alegrías del mundo, con más olor a humanidad que a incienso.

Este cambio nos invita a poner los ojos en el pesebre todos los días. Ahí está el Jesús frágil y niño que, para salvar a la humanidad, necesita de ella, del cuidado de María y José, de la compañía de los sencillos pastores, del calor de los animales.

El pesebre y la cruz son parte de una misma ruta de salvación y amor. La encarnación hace posible el misterio pascual; la fragilidad y sencillez que vencen el poder; la vida que vence a la muerte.

Así como Jesús nos acoge en la cruz, nosotros lo recibimos, porque todos tenemos un lugar y algo que hacer, somos parte de su proyecto. En el pesebre nadie sobra, nadie es excluido, todos somos bienvenidos.

Esa es la invitación que Jesús nos hace: Construir una Iglesia que mire la cruz y el pesebre, que reconozca la vida y la muerte, el pecado y la luz. Una iglesia que nos acoge, igual que María y José, en el pesebre, pero todos los días del año.

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