La materia y la transcendencia

El humano está formado, de un espíritu y un cuerpo.
De un corazón que palpita, al son de los sentimientos.

Violeta Parra

Mi hermana era médico psiquiatra. Su profesión le enseñó a mirar el origen bioquímico de las enfermedades, los delicados equilibrios de serotonina y dopamina que pueden significar la diferencia entre un día espectacular y una desánimo insoportable. Su ciencia propone como hipótesis que es posible manipular ese equilibrio bioquímico con medicamentos. Ella llegaba a afirmar que no existe ni espíritu ni transcendencia. Todo es químico, decía. Al mismo tiempo, era una persona de amores profundos y gran compasión.

Creo que el punto era persuadir a los que deciden las políticas públicas sobre salud mental que se comprometan con el tratamiento de los pacientes. Quienes legislan suelen ignorar la salud de la mente. Mañas, no más, dicen. Así, ahorran el presupuesto para hacer una gala de Año Nuevo en la plaza y asegurar su reelección. Mientras tanto los enfermos, a quienes se les trata de flojos y borrachos, viven en las calles.

Mientras, hay muchos pacientes que pierden la paciencia con su tratamiento y abandonan. Llegan a la iglesia pidiendo rezos, exorcismos y encantamientos porque les pareció que no era la enfermedad que dijo la doctora, sino el demonio. Así, se lanzan al abismo de la superstición, cuando ayuda real existe. Por eso, la polémica sobre las causas bioquímicas. Pero no es todo lo que hay.

Carl Jung solía preguntar a sus pacientes si eran católicos. Él no era, pero si sus pacientes eran, los mandaba a confesarse antes de iniciar un tratamiento. Su experiencia clínica le confirmaba que, por las razones que fueran, ayudaba.

¿Cuál es el punto? La ciencia y la fe, juntos, salvan más que cualquiera de los dos aplicada en forma aislada. Eso confirma la hipótesis de que el humano es un ser de espíritu y cuerpo, de transcendencia y materia, de amores verdaderos y procesos bioquímicos.

En la teología, esa afirmación es el fundamento de la encarnación, la noción de que puede haber un hijo de Dios, hombre como todos, y que salve a la humanidad, recuperando la perdida esencia divina que nos identifica desde el amanecer de todos los tiempos.

Tal vez, la medicina solo estudia al cuerpo como un sistema químico material, pero el espíritu humano se manifiesta en los tejidos, las hormonas y la materia gris. Y, viceversa, la realidad material es la madre de sentimientos, pasiones y profundos compromisos solidarios.

Tal vez, la medicina solo estudia al cuerpo como un sistema químico material, pero el espíritu humano se manifiesta en los tejidos, las hormonas y la materia gris. Y, viceversa, la realidad material es la madre de sentimientos, pasiones y profundos compromisos solidarios.

Mente sana en cuerpo sano; así decían los griegos. Ahora, lo repiten los promotores de la actividad deportiva, pero para los antiguos, era un consejo de sabios. A quien tuviera dificultad para entender la filosofía o la matemática, no se le aconsejaba clases particulares con el profesor, sino una hora de gimnasio, caminata o natación todos los días con los amigos.

El conflicto entre la materia y el espíritu en el ser humano es falsa dicotomía. La realidad es una interconexión necesaria. Quien ignora su cuerpo material termina preso en sus tejidos, luchando contra su propio ser, un derrochador de su propia casa. Quien descuenta las finas sensibilidades del alma vive como bruto animal, sin apreciar las alturas y profundidades al cual ha sido llamado como hijo de Dios.

La polémica entre la ciencia y la fe es inútil diálogo de sordos. Fundamentalistas supersticiosos juran por sus milagritos insignificantes y filisteos racionalistas (los herederos de la alquimia, acuérdense) los denuncian como charlatanes engañadores de las masas. La verdad es que el gran milagro de la existencia material es el objeto del estudio científico. En el ser humano, es fuente de profunda maravilla y encanto. La salvación de la cual nos hablaba Jesús no era para las almas, sino para las personas. Curaba ciegos y leprosos. Alimentaba a los hambrientos no solo de sentido y justicia, sino de pan. Expulsaba demonios, también; es decir, se preocupaba por la salud mental de los hermanos y hermanas atormentados por los desequilibrios de dopamina y serotonina.

El tratamiento médico de los enfermos mentales en nuestros tiempos es tarea pendiente. Nuestros hermanos esquizofrénicos no suelen estar en los hospitales, sino en las penitenciarias. Nuestros sicóticos suelen vivir en situación de calle, medicándose con vino barato y colillas de cigarro. Si no tienen familias de buena situación y mucho cariño, los depresivos sufren las tormentas del infierno solitos en sus casas. La salud pública no los considera, y los sistemas de previsión y seguro particular no suelen cubrir los gastos de cosas que considera exóticas, mitológicas e imaginarias.

Que esa compasión que nace del fondo del alma humana nos conmueva para abrir los espacios, poniendo todos los medios bioquímicos y espirituales, para atender a los que sufren calladitos y escondidos en nuestra sociedad.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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