La mesa del pellejo

Cuando era niña, existía en mi familia una muy antigua institución llamada la “mesa del pellejo”. Para las grandes reuniones familiares, ahí nos sentábamos todos los niños de la familia a almorzar o comer para no molestar a los grandes, y no escuchar conversaciones que pudieran ser inapropiadas para nuestra edad. A veces el menú también era distinto. Mientras los grandes comían platos más elaborados, que supuestamente no eran del gusto de los niños, nosotros comíamos papas fritas con huevo o salchichas con puré. Así, hasta el más mañoso se comía todo el plato. Debo confesar que nunca me gustó mucho esa costumbre. Traté de violar la tradición varias veces… porque me gustaba la comida de los adultos y también siempre me pareció más interesante su conversación. Como era la nieta mayor, algunas veces tuve el privilegio de saltarme la norma y sentarme “con los grandes”. Y aunque pude escuchar muchas conversaciones interesantes, rara vez pude expresar lo que pensaba, pues la verdad, ni siquiera yo consideraba, en ese tiempo, que podía tener una opinión propia.

En este día de la mujer, he recordado mucho la “mesa del pellejo”. Durante siglos, las mujeres fuimos consideradas por la ley como menores de edad. Necesitábamos de un hombre (marido, padre o hermano) para que nos representara en el ámbito público y tomara decisiones por nosotras. En la América Colonial, las mujeres y los indígenas eran considerados seres humanos, pero inferiores, incapaces de tomar decisiones por su cuenta: como niños a ojos de la ley, menores de edad. Por eso no podían estudiar, acceder a puestos de poder, o administrar sus propiedades (si es que las tenían). Por eso, cuando llegó la independencia, se consideró obvio que solo los hombres, mayores de edad y dueños de propiedad podían votar y acceder a cargos públicos. No éramos mujeres sino niñas, ¿que derecho teníamos de opinar en la “mesa de los grandes”? En un gran número de países, incluido Chile, este marco legal ha cambiado. Las mujeres hemos podido estudiar, trabajar remuneradamente e incluso acceder a importantes puestos de poder. Sin embargo, todavía en muchos ámbitos seguimos sentadas “en la mesa del pellejo”. En esta columna quisiera referirme, brevemente, al ámbito eclesial católico.

A pesar de que la mayoría de quienes participan en la Iglesia Católica son mujeres laicas, quienes la dirigen son casi exclusivamente hombres y célibes. Informalmente, muchas mujeres ocupan roles de liderazgo en sus comunidades y cumplen un papel central en la evangelización y la promoción de la justicia. Muchas veces, tampoco acceden al reconocimiento formal y simbólico de su ministerio, pues no hay un sacramento que lo avale, ni un espacio en la liturgia que lo legitime ante la comunidad.  Esta exclusión es tanto más grave y dolorosa porque está sacralizada.

En la encíclica Pacem in Terris de Juan XIII, y luego en el Concilio Vaticano II, se consideró que la irrupción de la mujer en la vida pública y su lucha por la igualdad de derechos eran reales “signos de los tiempos”.[1] Hace más de 60 años que la Iglesia reconoció la lucha por la igualdad de las mujeres como algo válido y deseado por Dios. Desde mucho antes ya, muchas mujeres y hombres de Iglesia han estado involucrados en esta lucha. Sin embargo, la situación hacia dentro de la comunidad eclesial es distinta. La jerarquía eclesiástica sigue definiendo nuestra identidad solamente desde el llamado a la maternidad o a la virginidad. Se habla de igual dignidad, pero se difunden ideas en que se acentúa las diferencias, manteniéndonos en una posición subordinada. Nuestra “santidad” se juega en la obediencia, el servicio, el silencio y la humildad. Se nos excluye de las mesas en las que se toman decisiones. Se sigue hablando “sobre las mujeres” sin escuchar a las mujeres reales, sus experiencias y sus teologías.

A pesar de que la mayoría de quienes participan en la Iglesia Católica son mujeres laicas, quienes la dirigen son casi exclusivamente hombres y célibes. Informalmente, muchas mujeres ocupan roles de liderazgo en sus comunidades y cumplen un papel central en la evangelización y la promoción de la justicia. Sin embargo, no acceden a puestos de poder ni al ámbito de las decisiones al interior de la Iglesia. Muchas veces, tampoco acceden al reconocimiento formal y simbólico de su ministerio, pues no hay un sacramento que lo avale, ni un espacio en la liturgia que lo legitime ante la comunidad.  Esta exclusión es tanto más grave y dolorosa porque está sacralizada. La exclusión de las mujeres del orden sacerdotal es el caso en que esto se evidencia de manera más clara. Se nos dice que solo los hombres pueden representar a Cristo, que Jesús llamó solo a varones para ser sus apóstoles, que la Iglesia no está autorizada para cambiar en este punto, pues es parte de su milenaria tradición.[2] De esta manera, implícitamente se está afirmando que el varón tiene más dignidad que la mujer a ojos de Dios, pues solo él puede administrar lo sagrado y representar a Cristo.

Algunas Iglesias cristianas han reconocido que dicho orden de cosas responde a un legado cultural patriarcal de Occidente, pero que no pertenece al corazón del mensaje el Evangelio. Por lo mismo han decidido ordenar a mujeres como diaconisas, pastoras, sacerdotisas e incluso obispas. En el año 2002, un obispo católico desafió las normas eclesiásticas y ordenó sacerdotes a un grupo de mujeres en el río Danubio. Estas mujeres hoy son más de 100 y ejercen su ministerio principalmente en Europa y EE.UU.[3] Por desafiar las normas, ellas y quienes las ordenaron han sido excomulgadas. Sin embargo, ellas no pretenden armar una Iglesia paralela, sino ser reconocidas y aceptadas plenamente en la Iglesia de la cual heredaron su fe. ¿Será eso posible en los próximos años? La situación es delicada, hasta el papa Francisco insiste en afirmar que el tema de la ordenación sacerdotal femenina está cerrado y no debe siquiera discutirse.[4]

En la Iglesia, seguimos siendo consideradas como menores de edad. Pero no lo somos. Para muchas de nosotras cada vez se vuelve más difícil aceptar este orden como natural. El Espíritu nos va regalando esa incomodidad que puede ayudarnos a cambiar las cosas y a construir una comunidad más fiel a sus propios valores. Seguimos sentadas en la mesa del pellejo, pero no sin esperanza.


[1]  Juan XXIII (1963): Pacem in Terris, n. 41. Concilio Ecuménico Vaticano II (1965): Gaudium et Spes, n. 29. Ambos disponibles en www.vatican.va.

[2]Ver los documentos: Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1975): Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial y el documento de Juan Pablo II (1994): Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis. Sobre la Ordenación sacerdotal reservada solo a los hombres. Ambos disponibles en www.vatican.va.

[3] Los casos de estas mujeres en: http://www.romancatholicwomenpriests.org Tambien recomiendo el documental del año 2011, Pink Smoke Over the Vatican: http://www.imdb.com/title/tt1664776/, sobre este mismo grupo.

[4] https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-sobre-sacerdocio-femenino-la-ultima-palabra-la-tuvo-san-juan-pablo-ii-91180/

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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