La migración y el choque lingüístico

titulo arabe

Cuando viajé de mi país, Marruecos, a Chile el año 2011, pensaba que la comunicación a través del español me sería útil y fácil, pues yo hablo y escribo perfectamente el idioma de Miguel de Cervantes. Pero la verdad es que mi experiencia migratoria, tanto en Coquimbo como en Santiago, reveló un tremendo choque con las paradojas lingüísticas chilenas, y me confundieron especialmente durante el primer año de mi convivencia entre los chilenos.

Recuerdo que tuve que reflexionar en varias oportunidades para poder mantener un equilibrio entre mis referencias lingüísticas del español y los chilenismos, pues, como árabe migrante, durante mi juventud había aprendido a hablar y escribir el castellano tal como lo usan los españoles, pero me encontré con que acá el uso es muy distinto.

La primera palabra que me sorprendió fue cuando un trabajador de Starbucks, antes de servirme el café, me dijo: ¨Al tiro¨. No entendí qué quería decir. Luego de averiguar, me sorprendió el sentido de la expresión, inadecuada, que volví a escuchar en otros chilenos. Me estaban atendiendo con la misma rapidez de un balazo.

A pesar de la dificultad para comunicarme, en un principio, el choque lingüístico me reveló esta otra cara de Chile: una acogida única y fascinante que se quedará en mi memoria por siempre.

Después, tuve que aguantar una lluvia de palabras chilenas que cayeron fuertes en mis oídos, e hice lo imposible para asimilarlas y entenderlas, a pesar de la naturaleza de sus formas y su lejanía  con el español de la Real Academia de la Lengua Española. De esas palabras que se pronuncian con ritmos casi musicales, voy a mencionar algunas: guagüita (niño), arvejitas (guisantes), sí,po’ (sí), palta (aguacate), manjar (dulce de leche),  sapo (rana o intruso), ¿Cachái? (¿entiendes?), etc.

Mi conclusión, después de aprender nuevas palabras chilenas, es que cualquier idioma en el mundo es vulnerable a la penetración de palabras populares, lo que refleja el espíritu lingüístico local de cada pueblo. Por eso tuve que enfrentar estas paradojas lingüísticas que, sin duda, no fueron obstáculo para profundizar mis conocimientos de la cultura chilena, de la cual siempre fui un admirador excepcional desde la lejanía.

Durante 4 años y 8 meses, el contacto directo con escritores chilenos y gente chilena, me ha dado una oportunidad de oro para descubrir aún más su riqueza. A través del lenguaje chileno descubrí lo diverso que es este pueblo. Un concepto se puede decir de muchas maneras (mucho, bastante, harto, caleta) O una palabra puede significar muchas cosas según su contexto (me pica, tengo una picá, tiene pica).

Así, a diferencia de lo que los chilenos piensan de ellos, para mí, su cultura es diversa, acogedora, tolerante y solidaria. El chileno, en general, acepta al otro. Mientras conversaba con personas de diferentes regiones del país, me preguntaban sobre mi religión, sus pilares y su práctica. También se mostraron interesados en mis tradiciones, en la cultura de mi tierra, la gastronomía de mi país y la lengua que allá se habla. Un inmigrante como yo agradece profundamente las muestras de interés, como una simple invitación a almorzar, la explicación de algo que no entendí, cómo llegar a un cierto lugar, o cuando me enseñan una palabra nueva. A pesar de la dificultad para comunicarme, en un principio, el choque lingüístico me reveló esta otra cara de Chile: una acogida única y fascinante que se quedará en mi memoria por siempre.

Periodista marroquí residente en Chile. Se dedica a la prensa escrita en árabe. Intelectual, con conocimientos de cultura y literatura árabes.

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