La misericordia, lo mejor que los cristianos podemos ofrecer a la humanidad

En estos días nos ha sorprendido la carta apostólica Misericordia et Misera del Papa Francisco, con la cual culmina el año jubilar de la Misericordia. Hasta ahora han resonado con fuerza algunas acciones que en ella indica, como la facultad para todo sacerdote de absolver el pecado de aborto[1] y la posibilidad de recibir la absolución en el sacramento de la reconciliación a fieles que frecuentan las celebraciones de los sacerdotes pertenecientes a la Fraternidad San Pío X, más conocidos como lefebvristas[2].  Pero más allá de esto, si la leemos en su totalidad, podemos ver claramente cómo Francisco refuerza su invitación al ejercicio del discernimiento al finalizar este año jubilar.

A lo largo de la carta, el Papa Francisco hace un largo examen del año de la Misericordia. Es notable cómo inicia la Carta, tomando la imagen de dos textos bíblicos, para mostrar el rostro de la misericordia de Dios: el encuentro entre Jesús y la adúltera (Jn 8, 1–11) y el episodio en que se acerca a Jesús una mujer pecadora mientras cenaba en casa de un fariseo (Lc 7, 36-50). Ambos son una contemplación del modo en que Dios se acerca a la humanidad: acoge, acompaña, escucha, consuela, da misión, pero, por sobre todo, muestra la capacidad divina de mirarnos y reconocer nuestros deseos más genuinos (Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón[3]).

Esos dos textos, que nos permiten centrar la mirada en la experiencia de la misericordia de Dios, dan la clave de discernimiento para examinar el año jubilar. El Papa va mostrando cómo las gracias que se manifiestan en el texto se concretaron a lo largo del año en las distintas iniciativas desplegadas.  Así, destaca el impulso a la conversión pastoral, el celebrar la misericordia en nuestras comunidades, la vida sacramental relevando los sacramentos de sanación[4], la escucha de la Palabra de Dios, mostrando cómo la experiencia de su misericordia enriquece y lleva a su plenitud todo el accionar de la Iglesia. Con aguda sencillez, destaca el aspecto performativo de los signos que realizamos los cristianos, cuando dice, en referencia a la oración: “lejos de ser solamente parenética, es altamente performativa, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente[5]. Así, cuando realizamos signos de misericordia en nuestra liturgia, vamos actualizando ese don que se manifiesta en nosotros.

A medida que leía la Carta, me convencía más que los cristianos somos los llamados a acompañar el dolor humano desde la riqueza de nuestra experiencia de la misericordia de Dios. Creo que así se podría resumir una de las grandes gracias recibidas en este año jubilar y que el Papa ayuda a enumerar. En 2016, en muchos lugares se dieron iniciativas que mostraron un rostro concreto de Dios que acompaña a la humanidad: comedores parroquiales, acompañamiento con adultos mayores, colonias urbanas, trabajo con personas en situación de calle, etc. Acciones silenciosas y que no acaparan medios, pero que son muestra concreta de la activa vida de la Iglesia.

No podemos juzgar ‘a la primera’, sino que hay que saber acompañar procesos, con paciencia y sin dejar de confiar en el deseo genuino del otro.

En los números centrales de la Carta, el Papa resalta la centralidad del sacramento de la Reconciliación en la misión de la Iglesia, pero mostrando que la misericordia nos habilita a los cristianos para mirar con respeto y dignidad la complejidad de las diversas situaciones humanas; que no podemos juzgar ‘a la primera’, sino que hay que saber acompañar procesos, con paciencia y sin dejar de confiar en el deseo genuino del otro. Aquí resulta evidente que ya es tiempo que dejemos de poner el acento en juzgar, para ponerlo en el perdón. Así se entiende cómo destaca el rol de los sacerdotes en el ministerio de la confesión, a la luz de la experiencia de los misioneros de la misericordia, y cómo da el audaz paso de hacer extensiva la facultad de absolver el pecado de aborto a todo el clero. “Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada de Dios[6]. Por transmitir esta certeza nos deben reconocer en el mundo.

Como Iglesia nos toca seguir generando nuevos espacios de misericordia ante las complejidades humanas. De ese modo podremos mostrar al mundo lo mejor de la humanidad, aquel anhelo de esperanza que hay en el fondo del sufrimiento humano y que nos anima a seguir adelante a pesar de las dificultades.  El oficio de consolar, de saber estar en silencio, de acompañar ante la muerte, y tantas otras iniciativas pastorales que desempeña la Iglesia constantemente ante el dolor humano, son un ejemplo vivo de cómo seguir abriendo espacios a quien los necesite.

Cuando ponemos el corazón se nos despierta un gran anhelo de gratuidad, de buscar el bien del otro solo por el deseo de que sea feliz.  Parece ser que poner el amor en nuestras relaciones es una buena clave para que todas ellas estén basadas en la misericordia.

El Papa nos está diciendo a los cristianos que la experiencia de misericordia de Dios es una de las grandes riquezas que podemos ofrecer para el bien de la humanidad. Porque hemos sentido y vivido ese amor gratuito, experimentado en el perdón, es que podemos expresar ese mismo amor a nuestros hermanos.  Esa misma impresión me queda luego de leer esta carta: el anhelo de generar relaciones basadas en la misericordia de Dios. Una buena clave puede ser aplicarla a las relaciones que llevamos adelante con las personas que más queremos.

A ellas, con sólo mirarlas, somos capaces de perfilar al menos qué transcurre en su interior. Con aquellos que amamos somos más intuitivos y asertivos, sabiendo qué decir y qué hacer para alegrarlos. Cuando ponemos el corazón se nos despierta un gran anhelo de gratuidad, de buscar el bien del otro solo por el deseo de que sea feliz.  Parece ser que poner el amor en nuestras relaciones es una buena clave para que todas ellas estén basadas en la misericordia. Tal vez así podamos comprender el reconocimiento de Jesús a la mujer que era conocida por pecadora: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho (Lc 7, 47).


[1] Hasta ahora solo había sido una facultad reservada para obispos y algunos sacerdotes. Durante el año jubilar de la misericordia se extendió esta facultad a los sacerdotes que se desempañaron como Misioneros de la Misericordia. Cfr. Misericordiae Vultus, 18.

[2] Grupos de sacerdotes vinculados al obispo Marcel Lefebvre que abiertamente desconocieron las reformas impulsadas por el Concilio Vaticano II.  En 1988, vía decreto, se excomulgó a cuatro obispos de la Fraternidad San Pío X. En 2009 Benedicto XVI levantó la excomunión (cfr. Congregación para los Obispos. Decreto de levantamiento de la excomunión latae sententiae a los cuatro obispos de la fraternidad sacerdotal San Pío X).

[3] Misericordia et Misera, 1.

[4] El Papa recuerda que son los sacramentos de Reconciliación y la Unción de los Enfermos (ver Misericordia el Misera, 5).

[5] Misericordia et Misera, 5.

[6] Misericordia et Misera, 14.

Licenciado en Filosofía y Bachiller en Filosofía y Humanidades, estudia Magíster en Sociología en la UAH y Diplomado de Seguridad Ciudadana UAH. Hincha de Club Deportes Antofagasta.

Sus columnas en TAbierto


Notice: WP_Query fue llamado con un argumento que está obsoleto desde la versión 3.1.0! "caller_get_posts" está obsoleto. Utiliza "ignore_sticky_posts" en su lugar. in /var/www/territorioabierto.jesuitas.cl/htdocs/wp-includes/functions.php on line 4021

Artículos relacionados

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.