La nueva riqueza

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra, la madre tierra que nos sustenta…
Cántico de las Criaturas, San Francisco de Asís

Se ofreció un taller sobre ecología en una comunidad indígena en el interior de la Amazonia en 2011. Abordamos las temáticas del calentamiento global, la deforestación y la contaminación ambiental. En la misma instancia, proyectamos una película que mostraba cómo se quemaba el bosque para hacer espacio a la creciente industria agrícola de la región. Al verla, una señora de edad se largó a llorar. “Padre -me dijo- yo no sabía que estaban quemando el mundo”. Eso me dejó muy triste. En su lengua nativa, la selva significa el mundo; por lo tanto, sin ella no tenía dónde vivir ni cómo.

Aquí en la Amazonía, el argumento que se profiere para continuar con la deforestación es que hay mucho territorio vacío que debe ser explotado para el crecimiento económico. Pera la selva no está vacía. Está llena de vida, maravilla y diversidad, como ni nos imaginamos. Más aún, está habitada por los pueblos originarios.

Cuando los mineros y agricultores entran con su maquinaria pesada, quieren dejar en claro que la vida que está ahí no importa, que la prioridad absoluta para el bien común del planeta está en el enriquecimiento. Se supone que la riqueza generada será para todos, pero lo cierto es que suele concentrarse en las manos de pocos, en quienes se creen elegidos para dominar y consumir.

Adán fue llamado, no a someter la creación con violencia en beneficio de intereses particulares, sino para dominarla con el mismo señorío y cariño de Dios, en cuya imagen fue creado (cf. Génesis 1,28). Sus herederos asumen esa responsabilidad ilimitada por el bien de todo lo creado (cf. Laudato Sii, 66-69). El nuevo criterio, en favor del futuro de la naturaleza, no va a ser la productividad, ni la rentabilidad, sino la sustentabilidad.

El mundo moderno, es decir, la minoría que realmente participa de la modernidad, consume una cantidad desproporcionada de los recursos del planeta. Consideran que es su derecho, porque se ha promovido un sistema perverso de lucro y propiedad privada que afirma que es así. Se dice que la madre tierra está sufriendo dolores de parto (Romanos 8,22), pero por la velocidad de su decaimiento, pareciera que se nos muere. El mundo moderno tiene que aprender a consumir menos.

El mundo moderno, es decir, la minoría que realmente participa de la modernidad, consume una cantidad desproporcionada de los recursos del planeta. Consideran que es su derecho, porque se ha promovido un sistema perverso de lucro y propiedad privada que afirma que es así. Se dice que la madre tierra está sufriendo dolores de parto (Romanos 8,22), pero por la velocidad de su decaimiento, pareciera que se nos muere. El mundo moderno tiene que aprender a consumir menos.

San Francisco entendía. Si hemos de sobrevivir como raza humana en esta, nuestra casa común, la pobreza ha de ser la nueva riqueza. Como hacen los pueblos originarios, los invisibles en la selva, hemos de aprender a llevar no más de lo que necesitamos para que la madre tierra pueda recuperar su vitalidad y así, sostener a sus hijos, de generación en generación. El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral… Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos (LS, 13).

Hoy por hoy, nuestra casa común es un cuerpo crucificado. Hemos construido la sociedad moderna sobre el vertedero del pecado original. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso basural (LS, 21). Los discípulos del Cristo procuran su resurrección.

Antes de San Francisco, tal vez por el trauma de la peste negra, los medievales entendían la naturaleza como vía de corrupción y decadencia. La religión procuraba salvar almas, y nada más. Eso no está en la enseñanza de Jesús. En vez de predicar el Reino que llega a la tierra, los cristianos pusieron su esperanza en el cielo. En lugar de la justicia divina como compasión y armonía en toda la creación, se proclamaba el infierno para los pecadores. Occidente perdió la capacidad de percibir el misterio del mundo material infundido por la gloria divina. Después de eso, se hacía fácil volverse depredadores de la madre naturaleza.

Las religiones fundamentalistas del siglo pasado solían creer que el fin del mundo era inminente. Afirmaban que toda la realidad material iba a acabar luego porque Dios había decidido vaporizarla. Minutos antes, según su mito, los elegidos serían repentinamente transportados a la salvación. Si fuera así, no tendría sentido conservar la naturaleza. Mejor aprovecharla ahora, antes que se acabe, para asegurar la prosperidad, única señal de estar entre los elegidos.

El secularismo moderno llegó al mismo lugar por otro camino. El darwinismo radical entendía la naturaleza como una conflagración violenta de especies en competencia. Aceptaba el conflicto mortal como la fuerza detrás del progreso. Un mundo nuevo había de emerger para los más aptos. La victoria de los fuertes sobre los débiles se entendía como un imperativo moral, y con eso, se justificaba el racismo, la deforestación y la invasión colonial. La evolución es un hecho biológico, pero el darwinismo social es una opción por la violencia depredadora que repercute sobre el contexto ecológico de forma irreparable.

En nuestros tiempos, estamos llegando a una nueva consciencia ecológica compartida consensuadamente en ambientes religiosos y seculares. La humanidad no puede considerarse separada de la naturaleza, sino parte y participante de ella. La condición privilegiada del ser humano entre las cosas creadas acarrea un compromiso de compasión solidaria. Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento (LS, 11).

El Santo Padre nos llama a algo más que activismo ecológico. Toda la humanidad ha de descubrir la nueva conciencia espiritual de su lugar sagrado en la creación. Eso implica medidas urgentes para la salvación del planeta. Estamos llegando tarde y con poco. La casa común es nuestra hermana (que) clama por el daño que le provocamos… Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla… Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (LS, 2).

El Papa Francisco espera que esta Carta Encíclica, que se agrega al Magisterio Social de la Iglesia, nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta (LS, 15). El día del juicio podría llegar mucho antes de lo esperado. El cambio climático es un hecho, por más que los grandes quemadores de hidrocarburos y bosques lo quieran negar.

Las potencias marítimas del hemisferio norte les urge establecerse en el Océano Ártico. Quieren aprovechar las nuevas vías marítimas cuando se derrita el hielo polar. Sin embargo, si eso llegara a acontecer, las corrientes profundas que llevan cantidades enormes de agua fría al sur pararán. Con esto, la corriente tibia proveniente del Golfo de México se detendrá también, lo que provocará que el mar se estanque e intoxique.

Se dice que la Amazonía es el pulmón del planeta. En parte, es cierto. Pero el plancton marítimo es responsable de transformar mucho del CO2 atmosférico en oxígeno respirable. Si las corrientes se detuvieran, morirá el plancton. Aconteció, una vez, antes de los dinosaurios. Se calcula que 90% de la vida en el planeta murió. Y si llegara a pasar ahora, ¿qué importará lo que pase con los navíos de transporte? ¿No será hora de dejar el criterio ideológico de la rentabilidad, y abrazar la nueva pobreza franciscana sustentable?

Estamos en los días de la Cumbre sobre el Cambio Climático en París. Se espera un nuevo Acuerdo universal. El Papa Francisco, como vocero de la Iglesia, ha quedado como profeta en el desierto llamando a la cordura. El cristianismo es más que salvación eterna. La misión de los discípulos es más amplia. La salvación del mundo es de suma y urgente importancia.

Imagen:http://images.superfamous.com

 

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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