La otra historia mexicana

(cc) Orlando Contreras

(cc) Orlando Contreras

Los pueblos originarios quieren que la educación intercultural sea distinta: que no divida, no discrimine, no convierta a las personas en mercancías. Pero sus espaldas cargan un montón de fracasos educativos.

Finalizó el  Seminario de Sociología de la Educación del Instituto Superior Intercultural Ayuuk (ISIA), centro educativo ubicado en la comunidad indígena de Jaltepec de Candayoc, en Oaxaca, México. En este encuentro, los alumnos expusieron a sus compañeros de clase sus ensayos finales. En las presentaciones se repitieron algunas palabras: competencia, inversión, clases sociales, capital humano, guardería, cambio social, ideología dominante, trabajo injusto, migración, reproducción, mercancía, roles sociales, superioridad, libertad.

Al terminar la sesión recordé por qué había pedido venir a este hogar verdoso y lleno de agua. Hay un anhelo oculto que seduce a muchos de los que venimos a pisar estas tierras. Es un deseo que despierta en el interior una especie de creatividad silenciosa. Hay que intentarlo una y otra vez. La historia de los pueblos originarios de México apunta hacia esa dirección: “Paciencia histórica”, decía un viejo jesuita que vivió gran parte de su existencia entre los rarámuris del norte de México.

Aquí no existe la costumbre de hablar mucho en voz alta. El diálogo a través de la palabra escrita ha sido el más profundo. El silencio es parte de esa palabra que es necesario descifrar. En este grupo no hubo debates encendidos, ni apasionadas discusiones. Sí miradas reflexivas, movimientos de cabeza, protestas silenciosas en sus reportes de lectura.

En el salón de clases hay compañeros de distintas maneras de decir el mundo: una mujer náhuatl, otra mixteca, varias Ikojts, dos zapotecos, un compañero wixárika y gran parte de alumnos ayuujk. Sus sueños van desde mejorar la educación de las regiones de donde provienen, hasta poder ayudar a sus familias a que vivan mejor. Son alumnos de la Licenciatura en Educación Intercultural.

Detecto en ellos mucha inquietud por conocer buenas historias y teorías, y nuevas formas de leer el sistema educativo que han padecido y gozado. Ellos quieren construir sus propuestas, quieren transformar, quieren que la educación intercultural sea distinta: que no divida, que no discrimine, que no convierta a las personas en mercancías y las ponga a competir en el “mercado laboral”.

Los estudiantes comienzan a recorrer su formación profesional y a cargar en sus espaldas un montón de historias de fracasos educativos. Han sufrido por maestros racistas, homicidas de las lenguas maternas y por programas de formación desfasados y fuera de contexto. Les han enseñado la historia del país criollo y conquistado. Pero no han aprendido los relatos exitosos de sus matrices culturales.

Cargan las historias de gran parte de sus compañeros, que han tenido que emigrar a otras tierras, porque estudiar no tiene sentido si no se está contribuyendo a mejorar la economía familiar. Les han dicho: “quien estudia es superior a los demás”, pero están conscientes de que la educación no es la solución a todos los problemas. Saben que no son los mesías que sus pueblos están esperando, pero sí, que pueden ayudar a escribir una historia distinta de la educación de sus pueblos.

No podemos seguir viviendo la esperanza como maldición; esa palabra se tiene que llenar de otro contenido. Hay ganas, hay deseos, hay dirección. La otra historia ya se está empezando a escribir.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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