La paradoja del silencio

Antes del Atardecer (Before Sunset, 2004) es de aquellas películas que por más que la mires mil veces, siempre descubrirás algo nuevo. Muchas razones la hacen ser un filme bello: el movimiento de la cámara, que acompaña a los personajes y gentilmente nos conduce a un paseo por las calles de la París no turística; los personajes: Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy), que nueve años después del primer encuentro (en Antes del amanecer, 1995) poseen ahora una madurez afectiva y emocional que no percibíamos en la anterior cinta. Y, por último, los diálogos. Ora cómicos, ora serios, con sus momentos simples, pero profundos y siempre agradables, atrapan la atención del espectador. Una de estas conversaciones gatillan mi siguiente reflexión.

Después de reencontrarse, Celine y Jesse van a un café. Entre sus pláticas, Celine cuenta a su amigo acerca de un viaje que hizo durante su adolescencia a la Varsovia comunista. Lo interesante es que, tras dos semanas allí, “algo” cambió en su persona y que esa ciudad triste y gris despertó. ¿Qué podría haber sucedido con Celine? Ahora, que sus pensamientos estaban más claros, lo comprendía. En Varsovia, la televisión se emitía en un idioma incomprensible, sin avisos publicitarios, ni nada que le ofreciera algo que pudiera comprar. Así, se dedicaba más a caminar, pensar y escribir. Tuvo tiempo para sí. Lo que en un principio se presentaba como tedio, se transformó en paz, enalteció su alma. Puede decirse que se desintoxicó de la información, las imágenes, la publicidad, y las “necesidades innecesarias”. Hizo la experiencia de silenciarse y encontrarse consigo misma.

Hacer silencio es una tarea difícil porque exige un poco de esfuerzo personal. Callar, por el contrario, es fácil, pues solo requiere cerrar la boca. Pero esto no es hacer silencio. Callando, se sigue platicando consigo mismo, generando un estado de ansiedad en medio de una mezcla de sentimientos. Estar callado, sin parar de hablar interiormente, conduce a la persona a percibirse como una olla a presión. Quiere “hablar”, pero no sabe qué decir, no está segura sobre sus pensamientos.

El silenciarse es un proceso diferente, un estado de gracia, concebido como un “darse”… darse un tiempo a uno mismo. El silencio, paradójicamente, es un diálogo, no consigo, sino con el entorno, con la realidad. Es permitir una relación con ella; aplicar los sentidos, ver qué tiene para donar. Por esa razón exige un esfuerzo: la realidad nos solicita tener consciencia del presente. El silencio es un ejercicio que nos llama a sentir desde la consciencia. Sentir como quien puede ver y prestar atención, tocar, oír… disponer todo el ser y pensar.

El silenciarse es un proceso diferente, un estado de gracia, concebido como un “darse”, darse un tiempo a uno mismo. El silencio, paradójicamente, es un diálogo, no consigo, sino con el entorno, con la realidad. Es permitir una relación con ella; aplicar los sentidos, ver qué tiene para donar. Por esa razón exige un esfuerzo: la realidad nos solicita tener consciencia del presente. El silencio es un ejercicio que nos llama a sentir desde la consciencia. Sentir como quien puede ver y prestar atención, tocar, oír… disponer todo el ser y pensar.

En Varsovia, Celine tuvo oportunidad de indagar, cuestionar, relacionarse con la realidad y conocer lo que ésta podía ofrecerle. Este silencio es un ejercicio que nos desplaza de nosotros mismos, nos hace salir de un “yo” egoísta, de las preocupaciones cotidianas para estar en actitud de apertura consciente a lo que se ve y cómo se ve. Se comprende entonces a Marcel Proust cuando afirma que, el verdadero viaje del descubrimiento, no consiste en conocer nuevos lugares, sino en tener una nueva mirada. Esto nos lleva a una paradoja: el silencio es un salir de sí y un volver a sí. Es decir, salir de la propia mediocridad cotidiana, y permitir que la realidad se exprese, pues ella dice algo. Por consiguiente, reflexionar qué y cómo se siente, volver a sí, sumergirse en la profundidad de la vida interior, tal como experimentó Celine.

Entonces, al contrario de callar, que es un monólogo, silenciarse es un diálogo, una relación consciente con la realidad, no un solipsismo. Es la paradoja de salir de sí para volver a la interioridad del “yo”. Creo que esta fue la experiencia de Celine, quien al ejercitar el silencio, se despojó de los dictados de la vida cotidiana ordinaria, que le dicen qué hacer y pensar, para permitirse disfrutar con mayor sutileza e intensidad el tiempo, el espacio y a sí misma. Una especie de reencantamiento. De hecho, ella afirma que sus pensamientos estaban más claros lo que le permitió escribir. Quizás, lo que deseaba decir Celine es que se encontró con su verdadera persona y, de esta forma, sintió la necesidad de relacionarse y expresarse verdaderamente. Estos son los frutos del silencio.

Brasileño, Bachiller en Teología de la P. Universidad Católica de Chile.

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