La privatización de lo humano

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Hemos discutido sobre el aborto y la eutanasia, y valoro mucho que lo debatamos de manera amplia y participativa. ¿Qué hacemos con ellos?, ¿cómo la sociedad participa de la decisión de que haya vidas que no valen la pena ser vividas?

1. Voy a partir por el final. Cada vez estoy más convencido de que la tensión entre las libertades individuales y la cooperación comunitaria es la madre de todas las batallas. Por supuesto que no ha de renunciarse a ninguna de las dos, pero mientras buscamos el mejor de los balances, sin duda la realidad encontrará la oportunidad para que entren en conflicto las formas tremendamente diferentes en que entendemos la libertad, desde la perspectiva individual y comunitaria. Un criterio aspirará a primar sobre el otro, y es en ese clivaje donde se juega buena parte de la diferenciación política. ¿Qué valores pondremos en el lugar central de nuestra vida pública?, ¿la independencia o la cooperación?, ¿la competencia o la colaboración?, ¿la libertad o el altruismo? No es necesario responder a esto inmediatamente, a la mayoría de nosotros nos puede tomar la vida entera y, por supuesto, no habrá jamás una respuesta universalmente correcta.

2. La ética cristiana, sin embargo, propone un gran criterio orientador: el valor fundamental es el amor, por encima de cualquier otro. El Dios de los cristianos es un Creador todo-amoroso, de quien la humanidad hereda una particular vocación comunitaria. En Jesucristo se nos revela que la plenitud de la vida supone salir de sí mismo y situar al otro-amado en el centro, todo lo demás es relativo al amor y el mandamiento definitivo no es otro que amarse unos a otros como Él nos ha amado.

Y no deja de resonarme con toda la brutalidad que esto supone, que frente a nuestra incapacidad de organizarnos como comunidad para responder con justicia, tengamos que conformarnos con otorgar condiciones de autonomía para matar o matarse.

Esta invitación cristiana no es normativa, es vocacional. Nos reconocemos frágiles y débiles para asumir el desafío de vencer nuestra costumbre temerosa, porfiados en la autoreferencia y en la búsqueda de seguridades. Pero, al menos, nuestras decisiones más radicales deben estar conscientemente orientadas al propósito de amar más y mejor. No hacia adentro, sino hacia afuera. También nos tomará toda una vida de discernimiento encontrar exactamente cómo y a quiénes amar, pero hay que ponerse en camino y no renunciar a ese deseo.

3. Creo que la pregunta más importante no es si existe o no la disposición espiritual para abrazar esa revelación, sino cómo encarnamos esa vocación frente a los desafíos de la vida social. Porque como decía al principio, la convivencia nos pone permanentemente frente a la tensión entre los bienes individuales y los comunitarios. Nos obliga al discernimiento y al diálogo. Nos pide buscar formas creativas de maximizar la libertad, no sólo minimizando la interferencia de unos con otros, sino promoviendo la colaboración.

El concepto de libertad no es unívoco, tiene que ver con el despliegue de lo que somos. Y eso no siempre se resuelve respetando el metro cuadrado del otro, sino también buscando maneras en que la acción comunitaria nos permita alcanzar objetivos que por sí solos resultan completamente imposibles. Libertad negativa y positiva, les llaman.

En ese sentido, casi todo debate en la esfera pública es, al fin y al cabo, un debate valórico. Es bueno que dejemos de pensar la agenda valórica como vinculada simplemente a la sexualidad. La justicia laboral, la necesidad de reformar la educación, nuestro sistema de pensiones, la manera en que funciona nuestra democracia y, por supuesto, temas complejos como el aborto y la eutanasia, tienen en su centro mismo la tensión entre autonomía y comunidad.

4. Nuestra tendencia ha sido a dejarnos seducir por el mérito individual y la autonomía. Nuestro sistema de pensiones es de los pocos en el mundo —junto a Nigeria y Australia— que únicamente considera la capitalización individual. Aún cuando nuestra legislación laboral da garantías para la negociación colectiva, solamente el 8% de los trabajadores chilenos está sindicalizado, y no sabemos con certeza cuántos de esos sindicatos han sido establecidos en condiciones de total legalidad. Ni siquiera nuestra educación pública —fuertemente debilitada— depende del gobierno central, sino que es administrada por los municipios y, con ello, recicla la desigualdad de recursos que se da entre las comunas ricas y pobres. Es verdad que en Chile hay muchísimas oportunidades como nunca en su historia, pero ese solo concepto supone que deberemos competir por esas plazas entre nosotros. Que la movilidad social a través de la meritocracia es para cualquiera, pero no para TODOS.

En los últimos días hemos estado discutiendo acerca del aborto y la eutanasia, y valoro mucho que lo debatamos de manera amplia y participativa. No deja de ser interesante cómo esta misma tensión encuentra su lugar cuando hablamos del inicio y del fin de la vida de los más débiles entre los débiles: los hijos no deseados, obligados a venir al mundo por una violación, moribundos inviables desde el vientre materno; y también los comatosos, los completamente paralizados, los adoloridos. ¿Qué hacemos con ellos?, ¿cómo la sociedad participa de la decisión de que haya vidas que no valen la pena ser vividas?

5. Más allá de toda la complejidad del caso a caso, en ambos temas emerge con toda su fuerza la deuda social que tenemos con los enfermos terminales, con los niños y con las mujeres embarazadas. No hemos sido capaces de hacer que los cuidados paliativos sean la norma para todo enfermo terminal. No hemos permitido que el cuidado de los niños sea de los más altos deberes de la sociedad. No hemos sido consistentes en apoyar a toda mujer embarazada, sobre todo la que en condiciones de precariedad está gestando un hermano nuestro, ciudadano del mismo país. Y no deja de resonarme con toda la brutalidad que esto supone, que frente a nuestra incapacidad de organizarnos como comunidad para responder con justicia, tengamos que conformarnos con otorgar condiciones de autonomía para matar o matarse.

No se trata de libertad sobre la propia vida, se trata de la comunidad diciendo: “No hay nada que podamos hacer por ti, salvo ayudarte a usar la muerte como última alternativa”. Como si la dignidad de la vida humana no emergiera, justamente, de su importancia para la comunidad, de la riqueza que todo hombre y toda mujer supone para la sociedad, del valor incondicional que su existencia tiene para el tejido humano, sin importar salud, edad o capacidades. Se siguen privatizando no solo los bienes económicos, sino hasta el último recodo de lo humano. Y creo que si hay alguien que debe hacer resistencia frente a esa tendencia voraz, somos Nosotros, el Cuerpo de Cristo. Porque eso somos cuando comulgamos. No se nos olvide.

Neurobiólogo, músico y miembro de CVX-Santiago.

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