La Reconciliación nos precede

A pesar de los recientes hechos de violencia que han roto la tregua entre el Gobierno y las FARC, los diálogos en La Habana -que buscan un acuerdo de paz en Colombia- han hecho que el concepto de reconciliación vaya adquiriendo mayor relevancia y atención en la discusión. La tarea no es fácil, pero representa un interesante desafío para la sociedad colombiana; y, dentro de ella, también para la Iglesia, dada la carga semántica que posee la palabra.

Referirse a la reconciliación resulta complejo, pues dar una definición, presentar ideas, proyectos, sentimientos, y la posibilidad de su cristalización, dependerá de las sensibilidades del lugar, de las heridas personales y de las experiencias de conflicto que se hayan vivido. Sin embargo, es necesario atreverse a dar pasos, sin miedo, pero con mucho respeto, frente a las experiencias de las víctimas.

La palabra reconciliación hay que cuidarla y saber utilizarla, pues puede herir, violentar y generar más dolor, abriendo heridas o retrocediendo en aquellos procesos personales encaminados hacia la búsqueda de la paz.

Y es que la reconciliación no puede estar supeditada a influencias político partidistas momentáneas. No es amnistía, no es impunidad y no implica necesariamente perdón. A pesar de que están relacionados, son caminos que van en paralelo. A veces se topan, pero cada uno lleva sus propios ritmos y no deben presionarse. Tampoco se puede atribuir una pretendida exclusividad a algún sector político, pues la reconciliación le pertenece a aquellas personas que han vivido el dolor de ser víctimas y que han podido emprender nuevos caminos, dando sus propios pasos, aunque parezcan pequeños.

Es necesario cambiar de actitud para mirar nuestro alrededor y constatar que sí es posible reconciliarnos. Lo que nos toca es generar las instancias y los espacios para que ésta exista y se desarrolle. Así, unidas nuestras miradas, serán posibles las articulaciones y los consensos para comenzar caminos de paz profundos, duraderos.

Precisamente, el primer paso hacia la reconciliación es quererla, es desear comenzar ese proceso. Por lo mismo, es un derecho y a nadie se le puede obligar. Además, es difícil saber cuándo ha comenzado o dónde terminará un proceso de reconciliación. Es un camino de purificación que se desarrolla de forma íntima, pero junto a otros. Es decir, nace en el corazón de cada persona involucrada, y con el tiempo se extiende hacia a una realidad grupal o comunitaria.

Para abrir el camino a la reconciliación, no solo tendremos que desearla, sino que también debemos buscarla. ¿Por qué? Porque otro desafío es hacernos conscientes de cómo ella ya ha comenzado a crecer por sí sola, tanto en nuestras vidas como a nuestro alrededor.

Existen muchos modos de acercarse a una reconciliación. Pareciera ser que la más acertada es introducimos en la realidad misma de los postergados, ya que desde ahí podremos observar que la reconciliación nos precede, que ella ha estado desde antes de que la percibiéramos, porque Dios por medio de su gracia ha estado actuando antes. Por ello tendremos que dejar de lado nuestros deseos de omnipotencia, pues la reconciliación está más allá de nuestras opiniones sobre su existencia. Aceptar que la reconciliación nos precede es recordar que debemos dejar que Dios sea Dios, y que, al final, las cosas no dependen exclusivamente de nosotros. Constatamos que somos seres frágiles y que no lo podemos todo, y que muchas actitudes mesiánicas y autosuficientes, al final no nos permiten mirar su actuar, simplemente porque no entra en nuestros parámetros.

En el contacto con personas y comunidades que han sido víctimas de conflicto armado, ya sea en Colombia o en otras partes del mundo, es posible experimentar que, a pesar de las situaciones de violencia y desamparo que muchos sufren, la reconciliación está sucediendo, independiente de la presencia de la Iglesia o de cualquier tipo de organización. Y esto debemos asumirlo como un signo de esperanza. Dios que no se olvida de las víctimas; Él sigue actuando en el silencio de los marginados, sembrando esperanza para ir poco a poco cosechando la reconciliación que traerá paz.

Debemos leer y creer en la reconciliación desde el punto de vista de los preferidos de Dios, porque ahí veremos su rostro, nuestra vida tomará otro rumbo, sabremos cómo acompañar y nuestra percepción cambiará. Es necesario cambiar de actitud para mirar nuestro  alrededor y constatar que sí es posible reconciliarnos. Lo que nos toca es generar las instancias y los espacios para que ésta exista y se desarrolle. Así, unidas nuestras miradas, serán posibles las articulaciones y los consensos para comenzar caminos de paz profundos, duraderos, y transformaciones sociales determinantes, pues la reconciliación ya comenzó; nos guste, creamos, o no.

Jesuita chileno. Actualmente estudia Teología en la P. Universidad Javeriana de Colombia.

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