La reivindicación del conflicto

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Ante el movido ambiente de manifestaciones y demostraciones de descontento de distintos actores de la sociedad, como los jóvenes y los trabajadores, es especialmente importante profundizar no sólo acerca de las movilizaciones en sí, sino que también respecto de lo que éstas producen en cada uno de nosotros.

Cada vez es más común escuchar a la gente comentar que están cansados de tanta marcha, tanta huelga y toma, pero, ¿por qué? Responder esa pregunta implica adentrarnos en nuestra identidad de ciudadanos chilenos, para poder indagar en aquello que nos mueve o nos violenta.

El hecho de que gran parte del país prefiera continuar con sus labores cotidianas y su ritmo normal de vida, teniendo, en contraposición, el agitado escenario de las demandas estudiantiles, tiene un profundo significado y, por lo mismo, implica consecuencias que no pueden ignorarse. Al prevalecer el orden y la estabilidad -valores altamente deseables por las sociedades-, podemos olvidar la relevancia de ayudar a construir comunidad desde el aporte distinto -y valioso- con que puede contribuir cada uno de sus miembros. Asumir esta diversidad debiese cuestionarnos sobre nuestros propios miedos, ésos que nos alejan y nos sitúan cada vez más dentro de nuestro mundo privado; pues es ahí donde nacen nuestras barreras e incomprensiones ante las manifestaciones de los otros.

Distinguir el temor permite notar que el rechazo no proviene sólo del hastío de estar bombardeados por las noticias, o de ver en las calles a los jóvenes, sino que parece fundarse en un distanciamiento con todo aquello que pueda comprometerme con una postura determinada, “etiquetable”.

Cada vez que aparece un asomo de una visión más definida, de una ideología, la reacción más común es la toma de distancia, el alejamiento, e incluso el rechazo; con siquiera vincular a algún líder social o estudiantil con una tendencia política específica se le tilda inmediatamente de “vendido”; se encienden todas nuestras alarmas y marcamos la línea de separación.

Debiese, sin embargo, ocurrir lo contrario: abanderarse, apasionarse por algo, debiera motivarnos, movernos. Ver el involucramiento de otros debiese ser sinónimo de alegría compartida.

Esta reflexión supera la contingencia en torno a la educación, pues toca nuestro propio ser ciudadano. En lugar de la vinculación de tal o cual sujeto, lo que deberíamos rechazar  es el conformismo, la pasividad o -en palabras más técnicas-, la actitud del free-rider, del que siempre espera que otros hablen por él, o que simplemente sabe que no va a lograr mucho con moverse o manifestarse, y entonces no se esfuerza  por intentarlo. Que en distintos círculos se esté pensando que es tiempo de involucrarse, debería ser estímulo suficiente para que nuestro miedo a ser catalogados dentro de alguna tendencia política, cual si fuese un insulto, quedara de lado.

Nuestra realidad de chilenos, que conformamos un conjunto de ciudadanos con derechos y responsabilidades, es una idea que sólo hace muy poco se está recuperando. Vaciar de contenido la esfera pública ha sido un trabajo tan arduo y meticuloso, que devolverle hoy el conflicto que la caracteriza no es tarea fácil. Y es que ese conflicto no tiene que ver con un  llamado a la subversión o a la violencia, sino que con comprender que como parte integrante de nuestra sociedad, tenemos no sólo la libertad, si no que el deber de pedir cuentas, de exigir y proponer.

La invitación, por lo tanto, es a reflexionar respecto de los propios conformismos y espacios en que preferimos marginarnos, o no opinar para evitar los encasillamientos. Es entendible no querer ser etiquetado en un tiempo en que las instituciones están cada día más desacreditadas (con justa razón en su mayoría); pero esta distancia no debería llevarnos a vivir una vida vaciada de una ideología, de posturas claras.

No sólo los expertos pueden opinar. No se enriquece una discusión y por lo mismo, mucho menos un país, en donde todos piensan igual o simplemente prefieren reservarse su modo de pensar.

En la medida en que seamos capaces de crecer en nuestra educación cívica, en entender nuestro rol de ciudadanos, vamos a poder aprender a hacernos escuchar sin violencia, y a enseñar a otros a escucharnos; pero en el statu quo, sin intentarlo, esto no se logra. Intentando se aprende.

* María Pía es cientista político de la Universidad Diego Portales y participa de CVX, donde es encargada del cuerpo de guías.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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