La resurrección que no sirve

solUna de las razones por la cual los discípulos siguieron creyendo en Jesús después de su muerte, fue su resurrección. No sabemos cómo sucedió ni qué pasó realmente ese día, solo sabemos que las primeras mujeres que llegaron al sepulcro no encontraron el cuerpo. Se asustaron y quedaron sin palabras. También sabemos que recibieron una invitación, quizá la más importante para los cristianos: ¡Vayan sin miedo a contarlo!

La resurrección de Jesús nos empuja a contar la Buena noticia de su vida, un hecho que cambia la historia. Porque esa es la verdadera resurrección, la que es capaz de cambiar vidas. En la resurrección se juega nuestra capacidad de ir más allá, de proponer nuevos relatos, que respondan nuestras preguntas y que comprometan las vidas que involucra. La alegría del Evangelio, de la que nos habla el papa Francisco, tiene que ver con esto, con llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, y alcanzar con la palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades para entregar una palabra de vida.

Jesús no se quedó callado ni fue políticamente correcto, más bien fue capaz de tensionar las estructuras para provocar los cambios que hacían falta. Supo entrar en diálogo. Se atrevió a cuestionar lo que estaba mal e hizo preguntas que sonaron peligrosas. Hoy nos puede pasar lo mismo.

¿Cuál es la capacidad que tenemos para decir algo que valga la pena respecto de las problemáticas de nuestra sociedad? ¿Qué decimos -o dónde está la opinión de la Iglesia- frente a las diferencias en el acceso a la salud o la educación? ¿Cómo nos afecta la segregación urbana? ¿Qué decimos frente a los inmigrantes excluidos o los mapuches arrinconados? ¿Cuál es nuestra palabra frente a los homosexuales condenados? ¿Es una palabra de vida o de muerte?

Jesús no se quedó callado ni fue políticamente correcto, más bien fue capaz de tensionar las estructuras para provocar los cambios que hacían falta. Supo entrar en diálogo. Se atrevió a cuestionar lo que estaba mal e hizo preguntas que sonaron peligrosas. Hoy no podemos callar. Hay muchos temas que estamos recién aprendiendo a conversar, pero aún nos falta mucho. Estamos acostumbrados a decir lo mismo y a repetir las mismas ideas. Pero esa es la resurrección que no sirve, que tiene miradas miopes, palabras chatas, soluciones gastadas y propuestas atrasadas. Nos hemos acostumbrado a creer en una resurrección sin reflexión, pero esa no sirve.

Si creemos en la resurrección, necesitamos vivir nuestra fe con la fuerza, la alegría y el riesgo de los primeros que creyeron. Esa es la resurrección que cambia las vidas, la que nos mueve a dejar el miedo y tomar la iniciativa. La que nos saca de nuestros círculos, la que nos empuja a salir al encuentro de quienes están más lejos. La que nos pone en los cruces de camino para incluir a los marginados. Si somos capaces de vivir la resurrección de esta manera sabremos cómo sucedió y qué pasó realmente ese día.

Chileno. Estudiante jesuita, licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador, San Miguel, Buenos Aires, Argentina. Redactor de Rezando voy. Actualmente realiza su etapa de magisterio en el Colegio San Mateo, en Osorno.

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