La riqueza del conflicto

Los políticos deberían juntarse, ponerse de acuerdo y tirar todos para adelante, decía mi tierna abuela. Un buen amigo, profesor de filosofía política, me comentaba: ¿y dónde queda “para adelante”? Otra señora del barrio aseguraba: “si no luchamos, no salimos de la pobreza. Si no nos organizamos, los políticos y los ricos nos ponen el pie encima”. Afirmaciones distintas, pero relacionadas, que demuestran básicamente dos cosas. Por un lado, que queremos que la política sea el mundo de los acuerdos, por otro, que el conflicto y la discusión nunca podrán separarse de la política.

La decisión de Carolina Goic de presentarse a la primera vuelta de la elección presidencial, no sólo da luces sobre el difícil momento por el que atraviesa la Nueva Mayoría, sino que habla de la fragilidad y la volatilidad de los liderazgos políticos. En el fondo, lo que marca la decisión de Goic es que el consenso en democracia, a veces, solo oculta el conflicto y, por tanto, no necesariamente lo soluciona. Explicitar esto puede ser el primer paso para reconocer que estamos en desacuerdo.

La década de los 90 en Chile fue el mejor ejemplo de una democracia de consensos en busca de la estabilidad. Cuestión no menor y bastante digna de elogiar. En un momento histórico en el que la democracia volvía al país después de 17 largos años de exilio y negación, el acuerdo en una sociedad dividida por la violencia y la mentira se hacía necesario. Sin embargo, ese consenso extendido en el tiempo terminó por ocultar conflictos sociopolíticos de fondo, permitió la solapada instalación de un capitalismo salvaje y legitimó una constitución cocinada a fuego de dictadura. Lo más doloroso es que, por ocultar el conflicto, se invisibilizaron los sectores oprimidos y excluidos, aquellos que no tenían parte en la cuenta de la repartición de lo sensible, como dice el filósofo francés Jaques Rancière. Con esto, Rancière apunta a aquellos que ocupan un lugar marginal en el acceso a las condiciones materiales de producción y reproducción de la vida, la distribución espacial de la ciudad, la valoración social, y cuyas demandas no son tomadas en cuenta por el orden social establecido, porque se considera que no tienen voz y solo son ruido incomprensible.

Cuando Jesús sana al leproso y se atreve a tocarlo, a pesar de las sanciones establecidas, no lo hace con violencia, sino con amor, con compasión, con verdad. No lo hace por poder, sino que demuestra la fuerza sanadora del amor. Así, el conflicto y el desacuerdo dejan de dar miedo y animan a reconocer que la construcción del Reino implica cierto nivel de lucha; pero una lucha de amor y libertad, donde no todo conflicto es legítimo, donde no todo es guerra, sino que todo está signado por el amor, la liberación y el respeto a todo ser humano.

La invisibilización duele más que la exclusión. El excluido tiene rostro, existe. El invisibilizado no cuenta, no se ve, no tiene nombre ni historia, porque ni siquiera se le permite entrar en la ciudad, como al leproso del Evangelio. Jesús, en Marcos 1,40-45 al sanar al leproso, no solo le devuelve la salud, sino que lo devuelve a la ciudad, le crea un lugar de enunciación que le había sido negado por su enfermedad, debido a su impureza. El leproso era unánimemente rechazado, invisible como ciudadano, porque todos estaban de acuerdo en que su impureza lo obligaba a vivir fuera de la ciudad, sin voz, sin lugar. En ocasiones el consenso es solo un disfraz de estabilidad, donde los más pequeños quedan fuera. Sin la política de los acuerdos, entendida como aquella que adormece el conflicto, lo oculta y anestesia las demandas de lo social, ¿qué política nos queda?

En los últimos años, en que el descontento con las democracias se hace cada vez más generalizado, distintos autores del pensamiento político han postulado nuevos enfoques teóricos, que fueron alimentados por experiencias concretas en diferentes partes del mundo. Después de años de teorizaciones vanas, ni la utopía de la revolución -que subvierte el mundo de una vez y para siempre-, ni las democracias deliberativas -donde todo es consenso discursivo y las necesidades vitales de producción y reproducción de la vida casi ni se nombran- lograron dar respuestas efectivas. Así, partir la reflexión desde las condiciones materiales de existencia (eso que siempre quiso Marx y se le olvidó a buena parte de los marxistas) vuelve a tener sentido y, de hecho, a ser una exigencia.

Es así  como autores como Rancière, Mouffe, Laclau, Lefort, por un lado, y Agamben, Virno, Negri, de Souza Santos, por otro (por nombrar algunos y con bastantes matices entre sí o, derechamente, pertenecientes a tradiciones teóricas diferentes) postulan una política donde el primer paso es asumir el conflicto, el desacuerdo, el antagonismo… el agonismo. No se trata de hacer del conflicto lo esencial, sino de asumirlo como realidad. Estamos ubicados en distintos espacios de lo sensible, tenemos necesidades e intereses distintos y a veces opuestos. Eso hace que la política se vuelva un ejercicio dinámico, en que los partidos no son el centro, sino que la sociedad toma un lugar preponderante, promoviendo un ejercicio en el que siempre habrá que conquistar nuevas demandas para reconfigurar el orden de lo sensible, el estado momentáneo de cosas. Pues hay que recordar que cada consenso puede estar ocultando una parte de la población que no tiene lugar en la repartición de lo sensible, alguien que se ha quedado sin lo que le corresponde, marginado, empobrecido, oprimido, invisibilizado; es decir, un grupo que no tiene un lugar de enunciación para expresar su desacuerdo, su demanda, sus sueños. Es por eso que la conquista de espacios en que todos puedan hablar y manifestar sus demandas, se vuelve un ejercicio fundamental.

El punto central será siempre cómo se vive ese conflicto. Si la división de la Nueva Mayoría asusta por la inestabilidad que puede traer, o la polarización que puede resultar de aquello, no es menos cierto que la aceptación de la diferencia y del desacuerdo puede ser beneficiosa, en la medida que ayuda a visibilizar el verdadero conflicto, los que sufren sus consecuencias, y ayudar a tomar las decisiones que en realidad puedan dar respuestas a las demandas de aquellos que quedan al margen.

No hace mal recordar que Jesús nunca evitó el conflicto; tanto así que terminó en la cruz debido a su acción liberadora. La característica de Cristo, que nos interpela, es que el Mesías, hecho hombre, afrontó el conflicto con verdad y amor. Cuando sana al leproso y se atreve a tocarlo, a pesar de las sanciones establecidas, no lo hace con violencia, sino con amor, con compasión, con verdad. No lo hace por poder, sino que demuestra la fuerza sanadora del amor. Así, el conflicto y el desacuerdo dejan de dar miedo y animan a reconocer que la construcción del Reino implica cierto nivel de lucha; pero una lucha de amor y libertad, donde no todo conflicto es legítimo, donde no todo es guerra, sino que todo está signado por el amor, la liberación y el respeto a todo ser humano.

Jesuita chileno. Actualmente cursa una Licencia en Filosofía en el Colegio Máximo de San Miguel, Argentina, y colabora en el Servicio Jesuita a Migrantes.

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