La sonrisa que derrota la injusticia

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En época de vacaciones, las playas de México bullen de turistas. Juan y Lázaro han decidido ir desde la ciudad hacia la playa de otro estado mexicano a trabajar poniendo tatuajes. Mientras tanto, sus hermanas ofrecerán hacer trenzas en el pelo y otros familiares se pondrán a vender productos artesanales. Esta “aventura playera” la repiten dos o tres veces al año.

“¿Cómo les fue?”, les pregunto a su regreso a la ciudad. “¡Muy bien!”,  me contestan. Su piel está dorada por el sol y en su caraja se dibuja una sonrisa grande. Ya entrados en la plática, me comentan que no fue fácil, que la policía local no los dejó de molestar, y no les permitían trabajar tranquilos. Había que estar “negociando” una y otra vez la posibilidad de laborar en las playas. – ¿Cómo se negocia?, pregunto. – Dando una cantidad de dinero a los policías, es decir, un modo corrupto de proceder. Ese dinero no se entrega a ninguna dependencia de gobierno, sino que es la forma de “mejorarse” el casi siempre miserable sueldo de los policías.

Esta realidad no se repite sólo en la playa, sino que también en la ciudad. Para los que tienen que trabajar en las calles -simplemente porque no les queda otra-, el hostigamiento y el “negociado” son situaciones familiares. Hoy son asumidas como parte del trabajo.

En la oficina donde acompañamos a algunos indígenas que viven en la ciudad, esta semana llegó una mujer que solicitaba ayuda jurídica. En la entrevista de rutina, contó que se dedicaba a vender plantas en el centro de la ciudad. Inevitablemente llegamos al tema del acoso policiaco. Una enorme frustración cargada de dolor compartido sacudió mis entrañas. Ya son cuatro años escuchando la misma queja por parte de los indígenas que viven en la ciudad: “No nos dejan trabajar”, “las inspectores nos quitan nuestras plantas”, “sale más ‘barato’ comprar todo de nuevo que pagar la multa”. Y me pregunto, ¿cómo le hacen para padecer esta injusticia una y otra vez y seguir sonriéndole a  la vida? ¿Qué los sostiene? ¿De dónde proviene esa fuerza guerrera que los hace continuar en las calles vendiendo sus plantas, alimentos o artesanías?

La pregunta no es fácil de contestar. Trato de rastrear la respuesta escuchando a Jesús de Nazareth, quien me dice que los pobres son bienaventurados. ¿Por qué son bienaventurados si casi siempre son los que padecen más injusticias? ¿En qué radica la bendición que Dios les da? Con titubeos respondo que ahí donde la vida está más amenazada, Dios actúa con más fuerza. La capacidad de levantarse y volver a empezar sus negocios en la ciudad me habla de una energía que sale del misterio que esconde la realidad empobrecida, que brota del coraje y las ganas de querer vivir. Si soy honesto, esta respuesta me satisface a medias… pero al menos me da cierta luz.

Un amigo de los Hermanitos de Jesús -grupo de religiosos que se inspiran en la vida de Carlos de Foucauld, y que han decidido buscar a Dios adentrándose en las realidades más pobres de nuestro planeta-, me responde, “¿Que por qué los pobres son bienaventurados?”  No me da una respuesta exacta, sino sólo me susurra con su ejemplo de vida “Dios decidió encarnarse en la pobreza; y en la pobreza hay misterio. Para intentar comprender ese misterio, es necesario vivir como Jesús vivió en Nazareth, trabajar como él, intentar ser como él. Sólo así comprenderás esa fuerza que contemplas en los indígenas, y que no te puedes explicar”. Abajo mi mirada, “no sé nada de ese misterio”, me respondo, “o tal vez sí, y no lo sé nombrar”. Sólo sé que el amor habla a su manera. Guardo silencio y espero otra vez la brisa suave que nos hace querer seguir acompañando a mis hermanos que trabajan en las calles de la ciudad. El amor continúa moviéndonos a buscar mejores condiciones de vida. Ésa es una certeza que desciende desde arriba. Es la verdad que nos mueve, la verdad que nos incita a reinventar la realidad.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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