La torre de Babel

Al marginado

Soy el encapuchado,
el anarquista,
el loco de las marchas.
Me levanto descalzo a visitar a mis lejanos vecinos,
y les arrojo las piedras que encuentro en el suelo
(porque yo siento lo que hay bajo mis pies)
para romper las rocas que tienen en sus orejas,
y en los ojos,
y en la cabeza.
Pero la piedra no rompe la roca.
Y aquí vengo otra vez,
a los 15 años,
como David,
para derrotar con mi talismán ordinario
la torre de la sordera:
yo soy el mar que golpea con su
ritmo violento,
las orillas más lejanas.

Soy el mapuche,
el terrorista,
el hijo de la tierra que se pudre.
He venido del bostezo de la montaña
a quemar con mis ojos de carbón
la producción y el PIB,
y a quemar también la renta de los políticos.
Y por eso me someten al proceso especial.
Mi canto es más profundo
que el de sus diarios,
y más fuerte que el de las ciudades amuralladas
Soy el viento rebelde que azota la torre de Babel,
¿cuándo caerá?

Soy el marginado,
el borracho,
el miserable que duerme en las calles.
Soy el viejo barbón de las limosnas.
Yo tomo grapa por el dolor
de las flores que no se abren.
Bebo por los constructores de la torre inmunda,
y por sus hijos,
y por sus hogares.
Yo veo los pájaros
que de locos y de honestos
se estrellan contra la torre,
y por eso soy el borracho de las calles.
Moriré sin ser encajonado,
y mi cuerpo se esparcirá como agua
por los caminos
(porque Cristo se aburrió de convertir
el agua en vino)
para que un día los pájaros,
ya castrados del cielo
beban de mi sangre,
y recuerden.

Soy la burrera,
vengo desde Cochabamba,
donde mis hijos necesitan de este polvo
maldito para comer.
Yo lo reparto por las fronteras,
como el cartero de los ricos.
Uno de etiqueta blanca en mi país lo ordenó,
otro de etiqueta blanca
en este país me condenó.
Vengo cansada y sin ropas.
Estoy asustada y lloro despacito por las noches.
Hoy habito las cárceles
(porque también soy ladrona de impuestos),
en donde me maltratan por mi nombre,
por mi lengua,
por mis vestidos,
por mis costumbres.
Se burlan de mí los abogados.
El fiscal quiere alargar el proceso y ni siquiera
conoce mi celda en San Miguel.
Yo no tengo ventanas,
si no que tragaluces.
No tengo sillas,
si no chales grises de polvo.
De noche cierro los ojos
para volver a mis hijos y a mi tierra,
pero no puedo:
una torre aparece como sombra en mis sueños,
y me aparta de los míos.
Me condena y me deja sola en el tribunal,
retarda el canje penal.
Y yo solo vine por 500 dólares.
Soy la burrera.

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