La torre

Al mediodía del 1 de agosto de 1966, Charles Joseph Whitman, de 25 años, ex militar y estudiante de ingeniería en la Universidad de Texas en Austin, subió al mirador de la icónica torre del reloj que reina sobre el campus y desde ahí comenzó a disparar. Estos días se cumplieron cincuenta años de ese suceso. Yo tenía ocho años cuando aconteció y quedé asombrado que una cosa así podía pasar en mi ciudad.

Apenas tres años antes, también fui testigo de otro acto de violencia callejera al estilo tejano. Vivíamos en Dallas para el 22 de noviembre del ’63. Dealey Plaza, Parkland Hospital y el aeropuerto de Love Field quedaban a cuadras de la casa. Ese día murió uno solo porque no ejecutaron al supuesto asesino sino hasta el día siguiente. Estábamos cerca, pero todo el mundo estaba observando y todo el mundo se acuerda, esa vez.

Los sucesos oscuros de Austin fueron más violentos. Murieron 16 personas y 35 más fueron heridas. Pero fue más noticia local. Más asunto nuestro. No murieron presidentes, sino estudiantes, profesores y empleados. Austin era pequeño en aquellos años. Todo el mundo conocía a los afectados. Nadie quedó ileso.

Los sucesos oscuros de Austin fueron más violentos. Murieron 16 personas y 35 más fueron heridas. Pero fue más noticia local.

Mi escuela estaba a una cuadra de la famosa torre. Se escuchaba la campana del reloj desde el patio en el recreo. No tuvimos clase ese día porque en aquella época la escuela comenzaba en septiembre. Teníamos cosas más importantes que hacer en junio, julio y agosto. Aún así, ese día murió una persona en la vereda, al lado del patio. Imaginábamos que si hubiera sido un día de clase, habríamos estado en recreo a esa hora. Nuestros compañeros podrían haber muerto.

Yo y mi hermano, estábamos jugando en la casa de Ken y Kevin, nuestros amiguitos del barrio. Se supo por la radio (KNOW, 14.90 AM) que había un nuevo incendio en la torre de la universidad, pues había ocurrido uno en julio, y ahora, otra vez, había humo. Pero, en realidad no lo era. Era el polvo que se levantaba cada vez que un balazo daba contra el granito. La policía local estaba tratando de matar al sicario con sus armas de servicio. Difícil. Whitman era un francotirador experto y portaba cuatro rifles de alta potencia.

Fue condecorado, como militar, por su excelente puntería. Y había sido excelente alumno en secundaria. Tenía un coeficiente de inteligencia de 139. Casi grado genio. Fue criado católico y fue acolito en la parroquia. Su padre, sin embargo, era un hombre violento y autoritario. Domesticó a golpes a sus hijos, y les enseñó a resolver los conflictos con las armas de fuego. Charles se fugó de la casa a los 18 después de una golpiza, y se hizo Marine.

Ese día caluroso de agosto de 1966, perdió el equilibrio. Mató a su madre y a su mujer, y subió disfrazado de auxiliar de aseo con un baúl lleno de armas. Todo legal; pues, en Estados Unidos, portar armas es derecho constitucional. Mató a cuatro al interior del edificio antes de llegar al mirador. Desde ahí, por dos horas más, sitió la universidad con su puntería eximia.

Antes que entendiéramos lo que ocurría llegó un llamado telefónico a la casa de Ken y Kevin. Era una estudiante en estado de pánico, prima de nuestros amigos. Se encontraba al interior de la torre. Escuchaba disparos y gritos, y veía sangre por el suelo. Llamó a la tía preguntando qué hacer. Tuvo que llamar desde un teléfono de escritorio. No había celular.

La tía, con una calma eminente, les dijo que se escondieran en un armario -estaba con dos compañeras- y que no se movieran de ahí. Gracias a esto, sobrevivieron.

Mi hermano, yo, Ken y Kevin tomamos el telescopio que nos regalaron en Navidad. Con él esperábamos dentro de poco ver a los fabulosos astronautas en la luna, pues la NASA ya hacía sus vuelos. Pero, ese día, pusimos el telescopio en el patio delantero de la casa para ver lo que estaba pasando en la torre. Vimos cuando mostraron un pañuelo desde arriba. En la radio, dijeron que el asesino se había rendido. Pero se trataba de un pañuelo con la sangre del homicida. El policía que lo mató lo había remojado con la sangre del ex militar para señalar que ya estaba muerto.

Sepa, estudiante, tus compañeros andan armados. Entienda, profesor, tus alumnos te podrán disparar.

Muchos creen que el primer incidente de violencia aleatoria por armas de fuego en escuelas y plazas públicas de Estados Unidos fue Columbine High School en Colorado en abril de 1999. Falso. Fue Austin en 1966. Hasta entonces, a nadie se le ocurría una cosa así. Fuera de estas tierras extrañas, donde portar armas es un derecho ciudadano, donde disparar a los fantasmas de uno es un elemento intrínseco de la identidad nacional. Ahora, está de moda.

Dicen que Whitman tenía un tumor en la cabeza y que por eso se volvió loco. Dicen que los chicos de Colorado habían sido víctimas del bullying (otro pasatiempo nacional). Dicen que son inspirados por la yihad islámica, que son los inmigrantes, los enfermos y los perdedores. De hecho, muchos (incluyendo aquél que mató a cinco policías en Dallas el mes pasado) han sido militares ejemplares en el servicio a la patria. Pero todos curtidos en la importancia de andar armados para defenderse de sus fantasmas. Todos aprendieron a resolver las disputas por la vía armada, y las armas se venden a cualquiera.

En un hecho desafortunado e insensible, el Congreso del estado de Texas legisló que el derecho a portar armas ocultas debe incluir los campus de las universidades estatales. Antes, estaban exentos. Esta ley entró en vigencia el 1 de agosto de 2016, precisamente cincuenta años después de la masacre de la torre. Sepa, estudiante, tus compañeros andan armados. Entienda, profesor, tus alumnos te podrán disparar. Dos tercios de la comunidad universitaria opina que la nueva medida es errada, que compromete la libertad académica.

Al igual que los suicidios, los sucesos de violencia masiva se potencian con la cobertura sensacionalista que les concede la prensa. La condición de posibilidad, para quien contempla un acto así, es que otro ya lo hizo, que otro ya se hizo famoso por la hazaña. Por eso, la prensa, al divulgar la triste noticia, como es su deber, tiene que asumir la responsabilidad por cómo lo pinta.

Países lejanos, muchas veces, pobres y sufridos, tienen tradiciones de saberse reconciliar, aun después de conflictos inimaginables.

Creo que es hora de cuestionar el culto a la violencia. Se ha hecho tema en la actual campaña presidencial, pero son los frutos de odios cultivados, odios que dictan las políticas intervencionistas en países extranjeros, odios que determinan cómo los policías deben tratar a los jóvenes sospechosos, sobre todo, cuando son de color y viven en la calle. Se dice que el remedio es más de lo mismo. Pero la violencia no es el remedio, sino, la enfermedad.

Países lejanos, muchas veces, pobres y sufridos, tienen tradiciones de saberse reconciliar, aun después de conflictos inimaginables. Mis compatriotas los llaman subdesarrollados. Pero ese “subdesarrollo” incluye, muchas veces, una cultura de superación del odio que es necesario para la sobrevivencia de la civilización humana.

Creo que es por el puritanismo. El puritano se aferra de su rabia, de que tiene la razón y todos los otros están errados. Luego, quiere purificar el planeta de la maldad por las armas. Una etapa nueva comenzó en Austin, en 1966. No está resultando. Toca cambiar, sí o sí.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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