La urgencia del diálogo: antídoto para la post-verdad

Iniciamos marzo y “comienza el año”. Al menos en Chile, donde lo hacemos con desafíos relevantes, como las elecciones presidenciales y legislativas. Llama la atención el fuerte énfasis en los mecanismos de definición para escoger a los candidatos antes que en las propuestas de contenido de cada uno de ellos. Así, vemos que cada conglomerado insiste en la realización de las primarias legales, pero muy pocos ponen la misma fuerza en debatir y confrontarse desde sus propuestas para el devenir del país en los próximos 4 años. Más aún, pareciera que éste no es tema para la sociedad. ¿Qué ha pasado que ya no queremos debatir?  ¿Por qué no queremos ser confrontados por otros?  ¿La clase política y los miembros de nuestra sociedad están tan convencidos de sus respectivas posturas que ya dejó de ser necesario encontrarse para dialogar? ¿Tendrá que ver algo con el fenómeno de la post-verdad?

Precisamente en el último tiempo se observan claros indicadores que muestran que la falta de diálogo en distintos ámbitos de la vida está haciendo crisis, tornándose necesario una reposición de esta noción fundamental de la vida social. Clara muestra de esto es el surgimiento de la post-verdad (post-truth), y que en nuestro país ha tenido su mejor expresión en la proliferación de noticias falsas que terminan posicionando una visión de la realidad que cada vez se ajusta menos a los hechos.

En la emergencia por los incendios en la zona centro sur del país llegó a ser ridícula la forma en que se fueron generando falsas informaciones, videos fuera de contexto, acusaciones al voleo, etc. Incluso terminó siendo un “tema país”, comparándose a lo ocurrido con la elección de Donald Trump o el Brexit, y con algunas autoridades anunciando sanciones a quien promoviera las supuestas noticias falsas. Quedó en evidencia que mucha gente se quedaba con informaciones sin corroborar, guiados por su emocionalidad y la indignación ante lo acontecido. Así, de un momento a otro, aquello que no correspondía a los hechos terminaba asumiéndose como algo real.

En una sociedad donde los niveles de escolarización son altos, donde la ciudadanía se siente más empoderada en la exigencia de sus derechos, cabría poner en duda la mera ingenuidad en la difusión de noticias falsas. ¿Acaso la post-verdad no expresaría, simplemente, el deseo de reforzar las propias visiones que se tienen de la realidad?

Si bien no es novedad que la percepción de la realidad esté atravesada por las creencias previas, así como un filtro que utilizamos constantemente, lo sorpresivo es que ese filtro termine asumiéndose como absoluto, sin mayor reflexión ni crítica.

La facilidad con que muchas personas compartían estas noticias falsas parecería dar cuenta de una cierta “ingenuidad” en el manejo de la información ante la creciente cantidad de herramientas disponibles para compartirla. Pero en una sociedad donde los niveles de escolarización son altos, donde la ciudadanía se siente más empoderada en la exigencia de sus derechos, cabría poner en duda esa aparente ingenuidad.  ¿Acaso la post-verdad no expresaría, simplemente, el deseo de reforzar las propias visiones que se tienen de la realidad?

Si agregamos a lo anterior los altos niveles de desconfianza tanto en las instituciones como en los demás (según cifras de OCDE menos del 13% de los chilenos expresan confiar mucho en alguien[1]), nos enfrentamos ante la sensación de una abrumadora suspicacia por el otro manifestada por la mayor parte de la sociedad, y que lleva a sentir, en un extremo, que uno sólo cuenta consigo mismo para sobrevivir. Con esos antecedentes no sería raro confiar solamente en las propias impresiones. Se confía exclusivamente en la propia mirada ante los acontecimientos, guiándose, en muchas ocasiones, por lo que nos indican los ‘afectos’ antes que los ‘hechos’, y, en esta misma línea, evitando la confrontación y los espacios de discusión, donde los propios argumentos pueden ser cuestionados, constrastados y reflexionados más profundamente.

Si no hay disposición para dejarnos cuestionar, si es más cómodo quedarse en la post-verdad, ¿cómo será posible incentivar el diálogo, sobre todo en temas tan sensibles como el futuro de nuestro país, próximos presidentes, legisladores, políticas públicas, etc.?

La era de la post-verdad viene a poner una alerta que indica una oportunidad. La visibilización del diálogo en las imágenes y percepciones que elaboramos sobre lo que sucede. La post-verdad nos cuestiona por la responsabilidad en lo que compartimos, en la ética de fondo que motiva nuestro aporte al otro, y en la voluntad para generar una visión común de las cosas.

A cada uno le toca disponerse a esos espacios, fomentar lo común, en los lugares y momentos donde nos toque estar. Paralelamente a eso, promover una actitud de apertura y valoración del otro, apostando más por un “nosotros” que por un “yo”.  Ante la duda por una información falsa en Facebook, ¿somos capaces de preguntarnos por las implicancias que tendría compartirla con nuestros contactos? ¿Qué pasaría si la información que compartimos en Twitter la tuviésemos que decir ante una asamblea de personas a la que debemos justificar con argumentos aquello que compartimos? ¿Lo haríamos con la misma liviandad? Hoy, los lugares donde se genera la opinión común poseen características que nos exigen una ética más alta ante las opiniones y juicios que emitimos de diversos modos.

En medio de la era de la post-verdad, los que podrían dar un buen aporte son los mismos cristianos. Destaca en Jesucristo su capacidad para generar diálogos entre “distintos”, su habilidad para plantear preguntas, y también su humildad para dejarse cuestionar por otros, generando “encuentros”. La diversidad de sus discípulos, y su relación con las mujeres y extranjeros, configuran situaciones incomprensibles para la comunidad judía de la época. Jesús se hace responsable de las relaciones que establece a lo largo de esos diálogos y lo que provoca en su persona, acompañando e involucrando a sus apóstoles en esa mirada que se ve ampliada por esos encuentros. Esa capacidad de arriesgarse al diálogo con otros y hacerse responsable de esos vínculos, es una clave que tal vez los cristianos debemos utilizar para pensar en lo que podemos aportar al mundo en la era de la post-verdad.

[1] https://www.oecd.org/chile/sag2016-chile.pdf

Imagen: Christian Schirrmacher / CC BY

Licenciado en Filosofía y Bachiller en Filosofía y Humanidades, estudia Magíster en Sociología en la UAH y Diplomado de Seguridad Ciudadana UAH. Hincha de Club Deportes Antofagasta.

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