La valiente apuesta por un amor fuerte, sólido y duradero (AL 174)

“Mujer, levántate, vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que tenga misericordia de nosotros y nos proteja” Tob. 8, 4c

La experiencia del amor, que es la fuente de la plenitud, y que nos permite crecer, confiar, arriesgar y servir, necesariamente en algún momento nos hace sufrir. “Vivir sin sufrir, es vivir sin amar, vivir sin amar es morir” [1]¿Quién no ha vivido la decepción al amar? Aquel en quien más confiabas, quien te sostuvo, te acompañó, te alimentó, incluso te rescató de peligros, ése también, te falló o en algún momento te decepcionará. ¿Fatídico? No; equivale a decir que somos humanos.Equivocarse es parte de la vida y, con ello, muchas veces hacemos daño. Y, con cariño lo digo, los padres también lo hacen, aun amando, y los hijos, y los esposos/as, -insisto, aun amando-, no necesariamente serán siempre asertivos en el amar.

En mi experiencia como religiosa me ha tocado acompañar la vida de muchos jóvenes y personas en general, con muchos sueños y vida por desplegar, pero también con mucho sufrimiento.Los motivos casi siempre tienen su raíz en las familias; pasan por no sentirse queridos y aceptados en lo profundo de su ser; o el sentir que los comparan todo el tiempo con otros; o por saberse solos, no cuidados, exigidos por las altas expectativas de los padres. Hoy, mucho más que antes, sufren también por las diversas consecuencias de tener que relacionarse de una manera nueva con padres que se han separado.

Pero amar sigue siendo una apuesta válida, y quizás la única importante. Por algo Jesús la puso como mandato (Cf. Jn. 15, 12). Me gusta que el Papa le ponga el adjetivo “valiente”, ya que es una palabra con energía, que invita a no estancarse y a correr una y otra vez el riesgo de llegar al corazón del otro, pase lo que pase. Quisiera desarrollar esta idea de la exhortación, esta “apuesta valiente por un amor fuerte, sólido y duradero” (AL 174).

Un amor fuerte… yo le agregaría, capaz de educar. Podemos tener en el imaginario una idea dulzona del amor y de la familia, pero ya lo dice la exhortación tomando la palabra de nuestros obispos chilenos: “no existen las familias perfectas que nos propone la propaganda falaz y consumista. En ellas no pasan los años, no existe la enfermedad, el dolor ni la muerte”(AL 135). Lo sabemos, el día a día tiene su afán y el corazón humano sus misterios, las expectativas de unos y otros no siempre coinciden, y provocan quiebres, distanciamientos, silencios o palabras que hieren… y esto está a la orden del día. ¿Cómo enfrentarlo? Tiempo, conversación, gestos de reconciliación y, sobre todo, tener claros ciertos irrenunciables del amor, como son la verdad, la confianza, el respeto, la escucha, la ternura, la esperanza y la paciencia; para ayudarse unos con otros a crecer en todos los ámbitos de la vida.

Amar sigue siendo una apuesta válida, y quizás la única importante. Por algo Jesús la puso como mandato.

A propósito de lo anterior, les comparto un hecho real: un hijo de 8 años se planta en franca rebeldía y le dice a sus padres: ¿y si no quiero ir a la catequesis? Sus padres reaccionan, primero consternados, pero luego el padre firmemente le dice: “pues bien, tendrías que irte de la casa” -pero, ¿por qué?-, le reclama el hijo. A lo que el padre responde “porque estás en la catequesis, vives en ella… esta familia es tu catequesis… tu mamá y yo somos tus catequistas, porque ése fue el compromiso que hicimos en tu bautismo y las promesas se cumplen”. “Es catequesis cuando rezamos juntos dando gracias por la comida y cuando nos bendecimos antes de dormir, pero también cuando discutimos, cuando arreglamos juntos el jardín, cuando salimos de compra o cuando ayudamos a los vecinos, cuando vamos juntos a misa, cuando nos cuidamos mutuamente y hacemos juntos las tareas del colegio. La catequesis es una atmósfera de amor. Es como si un pez se preguntara dónde está el océano. Es inevitable, vivimos en Dios, y Dios habita en nosotros, lo respiramos…” La historia tiene final feliz, porque un hijo que se sabe amado, ante esta firme respuesta, no duda del bien que sus padres quieren para él. Entonces, cuando hablamos de un amor fuerte, no sólo implica un buen cumpleaños, regalos o felicitaciones por los logros, sino también la firmeza para educar en aquello que conocemos como bueno y deseamos que el otro también experimente. Los hijos saben leer a lo largo del tiempo el por qué de algunas opciones de sus padres, decisiones que en un principio no entendieron, y que hoy son vitales para afrontar las turbulencias de la vida.

Un amor sólido, sin condiciones.Tengo la alegría de participar, en la medida de mis posibilidades, de la Pastoral de la Diversidad Sexual, para contribuir como religiosa a esa porción de la Iglesia, que estoy convencida que Dios ama mucho. Allí, lo que hago principalmente es amar y aprender. Y uno de los testimonios más conmovedores que he escuchado fue el de una mamá de un hijo homosexual, que a mí me habló de la solidez del amor y de la experiencia de alguien que ha tenido la gracia de conocer el corazón de Dios. Ella dijo que al enterarse de que su hijo era gay, alcanzó a sentirse mal por un rato pensando en lo dura que puede ser la sociedad con un homosexual. Pero la reflexión siguiente fue más honda: “Dios ha creado a mi hijo, Dios no se equivoca, mi hijo es perfecto y lo amo profundamente como es”. Y cuando el amor es sólido, sin siquiera la más remota duda, el corazón humano lo percibe, y eso le permite pararse ante la vida con sus mil dificultades de manera íntegra, sin ansiedades y creativamente, para manifestar a otros también el amor sólido que este mundo tanto necesita.

Un amor duradero: hace no tanto años, un contemporáneo nuestro creó una comunidad ecuménica en un pueblito llamado Taizé; una espiritualidad preciosa y él, el hermano Roger, que era célibe, había escrito que “no era posible comprometerse para toda la vida, pero la verdad del amor lleva en sí misma la aspiración al no retorno” [2]. Creo que esto aplica también para las familias. El amor tiene que ver con la decisión de abrir el propio corazón para darse y recibir amor de otro corazón. Tenemos la capacidad de amar a todo el mundo, pero también necesitamos un amor más íntimo, donde asentar la vida, los cansancios, las esperanzas, las alegrías y las tristezas; necesitamos una familia, una comunidad de amor, no por un rato, sino con garantía de un “para siempre” que dé reposo al corazón y sea adelanto de eternidad.

Tenemos la capacidad de amar a todo el mundo, pero también necesitamos un amor más íntimo, donde asentar la vida, los cansancios, las esperanzas, las alegrías y las tristezas; necesitamos una familia, una comunidad de amor, no por un rato, sino con garantía de un “para siempre” que dé reposo al corazón y sea adelanto de eternidad.

Un amor fuerte, sólido y duradero debe ser constantemente alimentado. Me gustaría terminar mencionando dos elementos que a mi parecer son claves para este caminar: la oración y la celebración, que litúrgicamente implican lo mismo. La frase de Tobías que puse al comenzar, la cito no sólo porque considero que este libro es un bestseller dentro de nuestras Sagradas Escrituras, sino también porque, en síntesis, muestra los debates del amor de familia y las dificultades para su construcción. La cita habla de un varón que invita a su mujer a rezar, propone poner a Dios en medio de la realidad, tanto en la alegría como en los momentos en que la existencia se torna confusa, herida, con miedos o sin esperanza. El Papa invita a la oración semanal (cf. Al 227); yo me atrevo a insistir en encontrar a Dios en la vida: “se trata de abrir la mirada, y no es difícil encontrar a Dios en el abrazo de un niño, en las incertidumbres de un adolescente, en el olor a sopa recién hecha, en la angustia que nos genera la desocupación presente o posible. Si nos detenemos por un instante y miramos con el corazón, lo sabemos: Jesús está viniendo a nosotros en todas estas cosas”[3].

Y, lo segundo, es la celebración. “Cuando se sabe celebrar, esta capacidad renueva la energía del amor, lo libera de la monotonía, y llena de color y de esperanza la rutina”(AL 226). El amor y la alegría van de la mano; cada día se puede celebrar la vida, la alegría del logro del otro/a, un nuevo amanecer, la sonrisa de un niño, los aprendizajes de los pequeños, la amistad, un atardecer, en fin, celebrar que Dios quiere nuestra vida y que la quiere en abundancia. (Cf. Jn 10,10). ¡Amemos y celebremos!

Que el Espíritu nos haga creativos para celebrar el amor que se manifiesta de maneras insospechadas cada día, cuando salimos al encuentro del corazón de los demás.

[1] Santa Magdalena Sofía Barat, fundadora de las Religiosas del Sagrado Corazón.
[2] Roger Schutz, tesis (1943).
[3] Mazzini, Marcela, Mujeres, maternidad y modelos espirituales

Religiosa del Sagrado Corazón, Ing. Comercial, Licenciada en Estudios Pastorales.

Sus columnas en TAbierto

Artículos relacionados

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.