La verdad nos hará libres

“La verdad nos hará libres”. En los turbulentos tiempos actuales de la Iglesia chilena, ¿qué significará esto? ¿Cuál es esta verdad que debemos mirar para que nos haga libres?

No me corresponde definir esta descripción de la verdad. No la puedo poseer. Tengo algunos elementos: hubo abusos sexuales, de poder, hubo encubrimiento, rechazo de los pastores por parte del pueblo. Pero no puedo definir esta verdad sola. Tal como no lo pueden hacer tampoco los obispos, solos. Porque es sólo el cuerpo, la comunidad, quien lo podrá hacer. Todos juntos, laicos, laicas, religiosos, religiosas, sacerdotes, obispos… todos necesitamos mirar. Mirar lo que nos duele mirar: que el pecado está en medio nuestro.

Sueño que podamos aprovechar la oportunidad de la baja popularidad de la Iglesia, la oportunidad del cuestionamiento público, la oportunidad del escándalo, para parar. Para volver a la fuente de la misericordia de Dios y preguntarnos: ¿Dónde hemos colaborado con el mal? ¿Dónde está nuestro pecado?

Estos días hemos escuchado mucho de los pecados y errores de los obispos. La transparencia nos ayuda. Quienes denuncian nos ayudan; lejos de ser enemigos de la Iglesia. Nos ayudan y mucho. Pero también puede ocurrir que las estructuras del mal quizás no se puedan instalar si nosotros, todos, todas, fuéramos más valientes en nombrar la verdad, en hablar del abuso de poder, de confianza, del abuso sexual, cuando nos percatamos de ello. De no hacernos cegar por las auras de santidad, y menos, la auto-proclamada. Hacernos sensibles para percibir el abuso. ¡En una institución jerárquica, cuán fácil es no cuestionar estas estructuras de poder que están tan normalizadas entre todos nosotros! Que todos aprendamos que esta Iglesia santa y pecadora se beneficiará más de nuestras denuncias que de nuestros silencios por preocuparnos de la “fachada”. Que todos, todas, pudiéramos no callar cuando vemos algo anti-evangélico. Que pudiéramos pedir perdón por mirar para el lado cuando la injusticia ocurre.

¿No será este Año de la Misericordia, al que llamó el papa Francisco, una tan necesitada y bienvenida oportunidad de pedir la misericordia PARA la Iglesia; en vez de solo “concederla” u “otorgarla” a quienes hemos definido como pecadores? ¿No será el camino de renovación que requerimos, dejar que Dios nos inspire un profundo arrepentimiento, conscientes de Su amor, ante lo que hemos vivido y hemos dejado ocurrir?

Sueño que como comunidad eclesial podamos volver a centrarnos en lo esencial: la capacidad de conversión que nos regala Dios, independiente de nuestra posición en la estructura. La invitación de sanar las relaciones a partir de la gran misericordia que Dios nos tiene. La sanación pasará por los medios limitados de este mundo: pedir perdón, pagar indemnizaciones, reconocer la ceguera y el encubrimiento; incluso aceptar ser condenado por esta justicia, si cometimos un delito contra otra persona. Eso es parte de re-construir el tejido de confianza, de justicia, de amor, en lo concreto. Si queremos ser testigos del evangelio en el mundo, son también las señales del mundo, del arrepentimiento y de la conversión, las que hablarán. La conversión que necesitamos como Iglesia, ante los escándalos de los abusos sexuales, debe ser concreta. Se mostrará en gestos explícitos que sí, nos dolerán. Y digo “nos” dolerán, pues esta conversión, y los gestos consecuentes, no son un asunto de los obispos solamente. Es de todos quienes formamos parte de esta Iglesia. Lo sentiremos a más tardar cuando corresponda pagar indemnizaciones por el daño causado, y el patrimonio de los directamente responsables no alcance para pagarlas, y deberemos apañar entre todos.

¿No será este Año de la Misericordia, al que llamó el papa Francisco, una tan necesitada y bienvenida oportunidad de pedir la misericordia PARA la Iglesia; en vez de solo “concederla” u “otorgarla” a quienes hemos definido como pecadores? ¿No será el camino de renovación que requerimos, dejar que Dios nos inspire un profundo arrepentimiento, conscientes de Su amor, ante lo que hemos vivido y hemos dejado ocurrir?

Pienso en que la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales que nos regaló San Ignacio, nos invita a pedir “reconocer y rechazar” el pecado, y sentir “intenso dolor y lágrimas de ellos”. Me gustaría que podamos pedir esto para todos y todas quienes formamos parte de esta Iglesia. Así, arrepentidos, podremos ojalá recibir la gracia de la conversión y reconstruir la Iglesia desde la pobreza y sencillez de Cristo, desde el pueblo. Y empezar a hacer su estructura más parecida al Reino que predicó Jesús.

Si me imagino este Año de la Misericordia que el Papa convocó, sueño que nos reunamos en las parroquias, en los movimientos, en las diócesis, entre bautizados iguales que somos, para mirar el pecado, llorarlo, pedir perdón y perdonar… sueño que vivamos como Iglesia de Chile una Primera Semana que nos invite a mirar la verdad y ponerla ante Dios. Escuchar a quienes han sido vulnerados en su dignidad y en sus derechos por nosotros. Aguantar su relato, incluso sus gritos de dolor y de rabia. Reconstruir nuestras -sus- historias con ese escuchar. Comprender y valorar la profunda búsqueda de justicia que está en su denuncia, en sus actos, en su protesta, en la solidaridad de quienes piden que nuestros pastores asuman la responsabilidad. Ellos no son tontos, con todo el respeto y cariño que le tengo al papa Francisco.

La misericordia de Dios nos permitirá dar los pasos que sanan las heridas de las víctimas. Esta verdad nos hará libres para seguir a Cristo más de cerca. Sin esta dolorosa verdad de Primera Semana y la profunda necesidad de la conciencia de Dios, mejor no construyamos aún esa Iglesia que nos gustaría tener: los cimientos no estarían firmes… estaríamos vendando una herida aún sin limpiar…

Sueño entonces que nos reunamos en oración los religiosos, religiosas, sacerdotes, laicos, laicas, obispos, durante este Año de la Misericordia, para hacer este ejercicio y pedir la gracia de la conversión. Allí sentiríamos sin duda que Dios está actuando y renovando su tan necesitada y pecadora Iglesia.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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