La verdadera libertad

libertadInés está detenida en el Centro Penitenciario Femenino de San Miguel hace diez meses. La próxima semana sale en libertad. Cayó en cana por estar involucrada, sin querer, en negocios ilegales con su marido, por lo que a veces siente rabia. Él está en detención preventiva en Colina 1, le escribe cartas de amor y se las manda cuando alguna compañera va a visitar a su pareja, pero Inés no las contesta. Las va guardando dobladitas en el monedero que tejió a crochet los primeros días tras su detención. Dice que el tejido la salvó de suicidarse en la cárcel, y que hoy no solo sobrevive con los ingenios que vende, si no que logra olvidar los dolores del alma durante algunas horas.

Salir en libertad, después de casi un año privada de ella, es como pedir pololeo. Es tener muchas ganas de hacerlo, pero al mismo tiempo morirse de miedo. Es anhelar la vida, pero sentir terror de equivocarse, de tomar malas decisiones y fracasar. Estar libre después de una experiencia carcelaria es tener el currículum manchado, es sentir pánico por tener que explicarle a la familia dónde se ha estado todo ese tiempo, es sentirse inconsecuente y sin autoridad, por querer enseñarle a los hijos a no robar, pero haber estado encarcelado por hacerlo. Es pedir perdón y perdonarse a sí mismo por los errores del pasado y las malas decisiones. Quedar en libertad es volver a sentir el vértigo de vivir, es discernir, es correr riesgos. Cuando Inés comenta que pronto saldrá de la cárcel, reconoce que se siente ansiosa y nerviosa, porque intuye que ocupará el lugar de una Inés que ya no existe. Tiene miedo porque sus ideas sobre el futuro no son claras. No tiene prestigio ni seguridades. No sabe qué riesgos le esperan afuera. No sabe nada.

Inés es hoy la metáfora que nos lleva a la libertad. Tras perderlo todo decidió confiar en el amor de Dios. Luego de estar rodeada de ataduras, miedos y desolación, se dejó morir en la cruz sabiendo que resucitaría. Ella conoce lo esencial.

Cuando somos libres somos independientes y autónomos, no tenemos ataduras, podemos correr por el pasto sin miedo ni mayores preocupaciones. Estamos seguros de quiénes somos y a dónde queremos ir. Nos sentimos amados y nuestros miedos se transforman en oportunidades de crecimiento y expansión. Para sentirnos libres basta con ser fieles minuto a minuto con nuestros ideales, no tener nada y no desear lo que no se tiene. El que nada tiene, nada puede perder. Basta con amar y decidir hacerlo. Basta con morir por amor.

Puede sonar paradójico, pero Inés es una mujer libre. Libre porque, por amor, se dejó morir en la cruz. En la cárcel conoció el dolor, la soledad, el abandono y la miseria; y, cuando estaba muerta, resucitó y encontró la libertad. Inés dice que Dios la ama —lo tiene escrito en un tatuaje en su brazo izquierdo, al lado del nombre de sus hijos— y, al decirlo, sus ojos se llenan de lágrimas y su piel se eriza. Sintió la presencia cuando todos los apoyos humanos se fueron al suelo, porque había entregado su vida al igual que Cristo. En ese momento se sintió libre y tan amada por Dios que todo tenía sentido. Todo venía de Él y todo iba hacia Él.

El camino es uno, e Inés es hoy la metáfora que nos lleva a la libertad. Tras perderlo todo decidió confiar en el amor de Dios. Luego de estar rodeada de ataduras, miedos y desolación, se dejó morir en la cruz sabiendo que resucitaría. Ella conoce lo esencial. ¿Qué pasaría si nosotros, al despojarnos de todo, nos encontramos y no tenemos miedo de mostrar nuestras heridas y deseos; dejamos de clasificarnos, nos miramos como iguales, como hermanos, y olvidamos el miedo a perder, porque lo esencial y necesario, simplemente seguirá estando allí?.

Psicóloga de la Universidad Alberto Hurtado. Trabaja en Hogar de Cristo. Vicepresidenta Apostólica de CVX Jovenes Santiago.

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