La vida abreviada

Éramos siete personas en un bar. Como brebaje, resaltaba la cerveza, y, como estimulante, el tabaco (pero armado, porque está de moda). Avanzaba la tertulia y la conversación fluía con bastante normalidad, salvo por el hecho de que los amigos de mi amigo monopolizaban la conversación hablando de entrenamientos físicos y deportes de alto impacto. Ahí, intervine sutilmente y comencé una ronda de preguntas típicas. Comenzamos a contarnos quiénes éramos, en qué trabajábamos, cuáles eran nuestros hobbies, etc. En el transcurso de dicho cuestionario, un joven -el menor de la mesa- dijo: “uno de mis hobbies es ver GOT”. Rompí el miedo de la ignorancia y pregunté: – ¿Qué es GOT? – Game of Thrones, respondió, con cierto tono de obviedad. Entonces la mesa se volcó al ítem GOT por un rato y mi ignorancia quedó escondida entre los conocimientos de los presentes.

Seguíamos hablando, y las siglas o abreviaciones, como GOT, se multiplicaron. Hablábamos del Insta, del Face y de otras. Acortamos los nombres propios, las ciudades, las instituciones. Todo tiene su respectiva sigla o forma breve. Hasta que una de las contertulias dijo: -Además, “mi vida comienza a las cinco de la tarde, cuando termina mi trabajo”. Mazazo en la cabeza. No pude recuperarme de esas palabras hasta después de unos minutos. Alguien declaraba que su vida estaba abreviada, solo de 17:00 a 00:00. El resto, era un limbo en el tiempo, un espacio de inexistencia en el que su vida quedaba en pausa y reducida a la espera del término del laburo.

Se preguntarán qué tienen que ver estos dos hechos: el de las abreviaturas y la declaración de mi contertulia. Vamos a ver.

Zygmunt Bauman, en un texto titulado “Turistas y vagabundos” (algo así como la versión siglo XXI de “Burguesía y Proletariado”), señala que los turistas son, básicamente, aquellos que pueden estar donde quieren y en el momento que quieren, mientras que los vagabundos solo pueden estar donde pueden -donde los dejan-, y sin poder elegir. El turista –que tiene más recursos económicos-, cuenta además con la posibilidad de dilatar el tiempo y diluir el espacio. Es decir, puede estar en China trabajando desde su celular para una oficina en Nueva York. El turista trabaja a distancia, todo el día, y puede hacer varias cosas al mismo tiempo. Se toma un café en Starbucks y hace negocios. Puede estar en su casa viendo Netflix y terminando un informe para el trabajo.

La cuestión, dice Bauman, es que la mayoría de nosotros somos medio turistas y medio vagabundos. Son pocos los exclusivamente turistas o vagabundos. Esa es la gracia del sistema. Porque así, todos trataremos de no dejar escapar nuestra porción de turistas, e intentaremos escapar de nuestro ser vagabundos, limitados por el tiempo, segregados por el espacio. Entonces, dice el sociólogo, el vagabundo (o la porción de vagabundo que casi todos tenemos) se hace necesaria para recordarle al turista lo que no quiere ser.

Nuestro lado “turista” se siente dueño del tiempo y del espacio. Por eso abreviamos todo. Jugamos con el tiempo, nos ahorramos palabras. En parte, para ahorrar minutos, en parte para crear una especie de código común, un lenguaje críptico que siempre le enseñe a alguno de los comensales que está fuera del grupo.

Abreviamos las palabras, pero también abreviamos la vida. Guiados por la “fantasía turista”, queremos acortarnos los tiempos de disgusto. Queremos escapar luego de todos aquellos espacios vitales que no nos dan placer. Abreviamos el trabajo, las responsabilidades, el dolor. Nos saltamos el duelo, esquivamos los procesos de la vida. Ya nadie se casa, porque todos se divorcian. No nos casemos y así nos ahorramos el esfuerzo de la ruptura. Evitemos los desafíos, así nos ahorramos el fracaso. Evadamos las grandes causas, así nos saltamos el proceso de la lucha, el desgaste de la batalla, el sinsabor de la derrota, el corazón deshilachado.

Y si no podemos saltarnos esos procesos de desgaste, entonces nos adormecemos, nos ponemos en piloto automático. Hacemos un zapping vital, adelantamos el video hasta el minuto en que empieza la parte que nos gusta. Entonces, ponemos en pausa el día, hasta llegar a ese espacio turista, donde manejo el tiempo y no me limita el espacio. Llego a ver Netflix, a navegar por Insta, voy al gimnasio donde el tiempo no corre, o me encierro en mi club exclusivo, donde no todos entran y yo sí estoy, porque puedo.

Si dejamos que el sistema nos abrevie la vida, encerrada es un mínimo espacio de pseudo libertad, habremos abreviado nuestra capacidad de amar. Si no nos animamos a vivir nuestra vida, aun en medio del dolor y el disgusto, algún día nos daremos cuenta que nuestro amor se atrofió, que nuestros sueños se esfumaron, que nos robaron -incluso- nuestro deseo de vivir.

En estos tiempos de Pascua, ojalá que el mensaje de Jesús nos enseñe a pasar por el dolor, para llegar a la resurrección. Pero que ese paso esté mediado por la lucha por la justicia. Jesús muere inocente, por haber luchado por construir el reino de justicia del Padre. Y resucita, porque ese deseo y ese amor que viven en su corazón, son más fuertes que la muerte.

Jesuita chileno. Actualmente trabaja en el colegio San Ignacio de Concepción.

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