Las Diaconisas de Hoy

Hace unos días me invitaron a una primera comunión en un colegio de hombres. Junto con la alegría que me producía ver cómo se iniciaba el hijo de mis amigos en su vida eucarística, se mezcló una creciente incomodidad. Allí, delante, estaban sentados solamente hombres. Quien hacía de guía de la liturgia era un papá. Tal vez solo proyectaba lo mío, y los niños no se dieron cuenta, ni tampoco quedaron influenciados inconscientemente por la imagen. Pero dudo que esto no tendría consecuencias si se repitiera en cada eucaristía. ¿Qué imagen se llevarán estos niños del rol de sus madres, hermanas y tías en la Iglesia? Más tarde, sentiría un cierto alivio en mi observación de los símbolos: una mamá ayudaba al sacerdote como ministra de comunión. Espero de corazón que en sus vidas estos niños nunca miren en menos a las mujeres, aunque sea posible -o tal vez incluso probable- que esta situación en particular fomente justamente lo que espero no ocurra. Más aún, me temo que sea una actitud de poca valoración a las mujeres la que genere la imagen que la Iglesia presenta de la mujer.

Unas semanas antes, había asistido a la ordenación sacerdotal de un amigo. Allí, la incomodidad de ver solo a hombres en funciones litúrgicas -a excepción de la madre de mi amigo, que bendijo a su hijo para el camino a emprender-, se convirtió en una casi indisimulable tristeza. Pensé: ¿esto no refuerza la exclusión tan explícita de las mujeres de las funciones litúrgicas, de la predicación y el anuncio del Evangelio en ellas, y de los procesos de toma de decisión en la iglesia?, ¿no reforzará acaso a esta corriente de actitudes sociales que, llevada a su extremo, termina en las remuneraciones desiguales para las mujeres, la violencia intrafamiliar y otras formas de violencia contra la mujer? Todo esto me pasó al mismo tiempo en que me alegraba enormemente por mi amigo, su entrega, su servicio, y la comunidad de sacerdotes que le acogía y le ayudará en el ejercicio de su ministerio. ¡Pero cuánto más me hubiera hablado del Evangelio de Jesús para todas y todos, si su ministerio no hubiera empezado con esa pobreza eclesial que es la ausencia de las mujeres en esa acogida y ese envío!

Es en este contexto que escuché que el Papa Francisco había creado una comisión para estudiar el diaconado de la mujer[1]. Intuitivamente, tal vez por el solo hecho que soy mujer, me produjo alegría. Me puse a leer un poco sobre el diaconado femenino en la historia, que está encargada de estudiar esta comisión. Nada de estudio sistemático. No soy teóloga ni historiadora. Simplemente, en lo que sigue, quiero poner algunos argumentos que confirman mi intuición alegre y otras que me hacen pensar que, a lo mejor, debemos mirar más la actualidad (el segundo encargo de la comisión) que la historia.

Mujeres preparaban a mujeres para el bautismo, y asistían al obispo en la medida que el pudor lo requería entre dos adultos del género opuesto, en un período en que los bautizos eran un sacramento para adultos y adultas con inmersión completa del cuerpo.

Parto con un argumento patrístico que descubrí en un informe sobre la historia del diaconado, publicado por la Comisión Teológica Internacional en el 2002. En la imagen de la época, la comunidad cristiana reflejaba la Trinidad divina en la relación entre los distintos servicios o carismas. Ignacio de Antioquía consideraba que “el obispo ocupa el lugar de Dios Padre, el diácono el lugar de Cristo y la diaconisa el del Espíritu Santo mientras que los presbíteros (…) representan a los Apóstoles (…)[2]”. Resuena la ru’aj, palabra de género femenino en hebreo.

La adscripción de funciones de la diaconisa que se conocía en estos tiempos, sin embargo, estaba arraigada en los conceptos históricos de la sociedad: principalmente, parece responder a la necesidad de antaño de evitar el contacto físico entre hombres y mujeres. Mujeres preparaban a mujeres para el bautismo, y asistían al obispo en la medida que el pudor lo requería entre dos adultos del género opuesto, en un período en que los bautizos eran un sacramento para adultos y adultas con inmersión completa del cuerpo. Cuando se masifica el bautizo de los niños, desaparecen las diaconisas[3]. Ya no hubo necesidad de separar los géneros.

¿Y si tomara la Comisión instituida por el Papa esa lógica de otorgar funciones en la medida que haya necesidad para anunciar el Evangelio y celebrar los sacramentos, y la llevara a nuestra sociedad actual? ¿Qué observaría? Creo que, por lo menos en Occidente (no puedo, por ignorancia, hablar de otras latitudes), se percataría que los y las jóvenes muchas veces no comprenden por qué la Iglesia excluye grupos de personas que, para ellos y ellas, deben estar incluidos. Después de décadas de lucha por la igualdad de las mujeres en sus respectivas sociedades, una exclusión explícita ya no se justifica ni comprende (a pesar de que persisten formas de exclusión sutil y arraigada socialmente). Entonces, para ellos y ellas, sería una necesidad el ver que el Evangelio se anuncie y viva sin exclusiones, para que se puedan acercar al mensaje de fondo. No es simplemente una necesidad de una mayor cantidad de personas dedicadas al servicio del anuncio, sino, una necesidad de no ver a las mujeres excluidas de por sí en éste.

Así, suponiendo que el primer acercamiento a Jesús es a través de quienes lo anunciamos (o tratamos de hacerlo), ¿cómo vamos a ser creíbles si excluimos a las mujeres del kerigma (anuncio del Evangelio) formal y de la herramienta salvífica que son los sacramentos en el camino de fe? Estoy convencida de que la Iglesia de hoy necesita a las mujeres en roles más visibles, más autónomos, en roles de toma de decisiones en conjunto con los hombres, para que despertemos la curiosidad del Evangelio en vez de obstruir su claridad. Y la razón no es la historia de la Iglesia, sino la necesidad del Mensaje en el mundo de hoy.

Déjenme agregar: creo que la Iglesia también necesita al lenguaje propio de las mujeres; de su manera de hablar de Dios. No nos contentemos con una réplica. ¿Por qué no encargamos como Iglesia a algunas mujeres el predicar? Hay de sobra quienes estarían formadas para el ministerio: teólogas, asistentes pastorales, catequistas. Si Ignacio de Antioquía tenía razón y las diaconisas representan el Espíritu Santo, ¿no podría ser en la sociedad del siglo XXI a través de la interpretación del Evangelio para las sociedades de hoy, a través de la exhortación en la fe? Si fuera correcto que las mujeres hablamos más desde el corazón (reconozco que hay un cierto prejuicio allí del que, por esta vez, no quiero hacerme cargo), y un teólogo tan reconocido como Karl Rahner escribió que el cristiano de mañana será místico (tendrá experiencia propia de las cosas de Dios y de Dios) o no será cristiano: ¿no habría que hacer la conexión y aprovecharnos del carisma de las mujeres para poder mejor anunciar el Evangelio?

En un continente en los que los padres están ausentes de tantas familias, ¿hace sentido hablar de Dios Padre solamente? En una sociedad más y más igualitaria -o por lo menos con la aspiración de serlo- ¿no sería una imagen que “habla” de un Dios presente, cuidándonos, acompañándonos incondicionalmente?

Quiero llevar la reflexión un paso más allá. Hay muchos y muchas quienes perciben a nuestra imagen de Dios como patriarcal. ¿Por qué no hablamos de Dios Padre y Dios Madre? Todas las imágenes y todos los nombres que demos a Dios, serán extremadamente limitados[4]. Me atrevo decir que incluso la imagen que usa el mismo Jesús es una imagen en este sentido, empleada no para dar una definición de Dios, sino para facilitar nuestra comprensión. Justo eso nos debiera dar más libertad para actualizar nuestra manera de proclamar el Evangelio, con la humildad que se sabe limitada en el lenguaje, en las concepciones, en el testimonio; pero que sabe también de lo necesario que esas cosas son para “entrar” en las cosas de Dios. En un continente en los que los padres están ausentes de tantas familias, ¿hace sentido hablar de Dios Padre solamente? En una sociedad más y más igualitaria -o por lo menos con la aspiración de serlo- ¿no sería una imagen que “habla” de un Dios presente, cuidándonos, acompañándonos incondicionalmente?

Sin una demostración concreta por parte de nuestra Iglesia, comprensible a los oídos y ojos de la sociedad actual, que constate la valoración a la contribución que podrán dar las mujeres en ella, no creo que logremos despertar el interés por el mensaje de Jesús. Es verdad, muchísimas mujeres ya lo hacen. Conozco varias que dan un testimonio claro, transparente, valiosísimo; pero en casi todas ellas percibo que lo deben hacer en los rincones que logran cavar en la institución, o un poco alejada de ella. Esa es la inconsistencia que los y las jóvenes perciben.

¿Y si a esas mujeres les llamáramos por su nombre? Son las diaconisas de hoy, a quienes la Iglesia podría ayudar tremendamente en su ministerio, si le encargara mostrar el amor de Dios también a través de algunos de los sacramentos. Especialmente aquéllos que se basan en relaciones personales más sostenidas, en un acompañamiento más allá del momento sacramental mismo: la unción de los enfermos y el sacramento de la Reconciliación. Y, por qué no, bautizar y ser representantes de la Iglesia cuando los novios se dan el sacramento del matrimonio.

Me gustaría pensar que la Comisión que instituyó el Papa también mandará un cuestionario sobre la mujer en la Iglesia de hoy, su vocación, su carisma, su contribución al anuncio del Evangelio, tal como lo hiciera para el proceso sinodal que finalmente llevó a la publicación de la Exhortación apostólica Amoris Laetitia. Quisiera pensar que muchos y muchas nos animaríamos a contestar: las congregaciones femeninas, los movimientos laicales, las parroquias. Me gustaría pensar que podríamos dar un paso hacia la mayor credibilidad de nuestro anuncio de Jesucristo, quien se saltó las convenciones de su época al tener discípulas y al aparecerse primero a una mujer para encargarle anunciar a sus hermanos su Resurrección (Juan 20, 17b).


[1] Papa forma una comisión para estudiar el papel de las mujeres diaconisas, El País, 2 de agosto de 2016, http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/02/actualidad/1470136554_321570.html.

[2] Ver Comisión Teológica Internacional, El ministerio de las diaconisas, en: El diaconado: Evolución y Perspectivas, 2002, Sección II.4.

[3] Ver Ibíd., Hacia la desaparición de las diaconisas, Sección III.2.

[4] Ver por ejemplo, Carlos Vallés SJ, Dejar a Dios ser Dios, Sal Terrae, 1997.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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