¿Lástima o compasión?

¿Cuántas veces hemos visto en televisión la imagen de unos niños pobres y hambrientos de un desconocido y lejano país? ¿Cuántas veces hemos pasado sin siquiera ver a una persona desamparada que nos pide limosna en la calle?  Si bien, muchas veces los ignoramos, en otras ocasiones se nos puede ocurrir hacer un pequeño donativo a alguna ONG o dar las monedas que nos sobran del bolsillo. Pero, si somos honestos con nosotros mismos, lo más probable es que nos felicitemos internamente por haber hecho algo bueno. Nos portamos como aquel fariseo de la parábola que nos cuenta Jesús en el Evangelio de San Lucas (Lucas 18: 9-14) que dijo «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas».

Aunque, a primera vista, podría parecer imposible hacer un acto caritativo por puros motivos egoístas, la verdad es que no lo es. Cuando lo que nos motiva a dar es solamente lástima, el acto caritativo se convierte en algo auto-referente y no hetero-referente. El sentir lástima no nos envuelve en la realidad del otro, sino que nos mantiene separados de él. No nos ensuciamos con la compleja realidad del otro, sino que nos mantenemos a distancia, «puros y sin manchas». Por eso, es preciso ver con toda honestidad por qué damos. Si sólo lo hacemos para escaparnos de la triste realidad de aquella persona, o para no sentirnos mal por no hacerle algo más sustancial, damos por lástima. Si sólo damos para justificar nuestra comodidad o para presumir lo mucho que nos sobra para dar, damos por lástima.

¿Por qué damos? Si lo hacemos para escapar de la realidad que enfrentamos, para no sentirnos mal, para encontrar más justa nuestra comodidad, estaremos dando por lástima. Pero si reconocemos en ese otro una persona con nombre e historia, entregándole un saludo sincero, con un compromiso más allá de la generosidad pasajera, estamos descubriendo la verdadera compasión

Entonces, ¿cómo sería dar por compasión?  Aunque en sí, el motivo inicial podría ser ayudar al otro, cuando damos por compasión, el acto no se queda sólo en lo práctico, sino que va más allá, al conectarnos con la persona a quien ayudamos. Si le damos una limosna a una persona en la calle, le reconocemos como persona, que tiene un nombre y una historia, y no le tiraríamos la moneda sin mirarle a la cara y darle un saludo sincero. Si enviamos un donativo a un país lejano, buscaríamos la manera de conocer la persona o la realidad de quien o quienes recibirían nuestra colaboración. Dar por compasión requiere que nos identifiquemos con la persona a la que damos. Esto implica un compromiso de nuestra parte y una respuesta concreta, que va más allá de un pasajero momento de generosidad.

 

Es esta compasión la que se busca en la Tercera Semana de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, en la que a través de la oración se acompaña a Jesús en su camino al Calvario, y se pide la gracia de sentir dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado y lágrimas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí [EE.EE. 203]. Para esta parte de los Ejercicios Espirituales, no basta sólo mirar de lejos al sufrimiento de Jesús, sino que le urge al que hace los Ejercicios, sentir -hasta el punto en que es humanamente posible- lo que Jesús sintió en su Pasión.  Aunque a nivel práctico podría ser difícil tener esta forma de compasión con cada persona que ayudamos, tenemos un gran ejemplo al mirar a los santos, tanto del pasado como de nuestros tiempos.

Es este nivel de compasión el que vivió la recién canonizada Santa Teresa de Calcuta. Ella recibió -lo que se refería como una “llamada dentro de su llamada religiosa”-, la moción de  saciar la sed de Jesús sirviendo a los más pobres entre los pobres. De esta forma, la Madre Teresa logró una cierta unión espiritual con ellos.  Ella siempre se preocupaba por asegurar que lo que hacían sus Misioneras de la Caridad no se quedara nada más que en lo práctico (la atención médica) sino que hundiera sus raíces en un verdadero acompañamiento pastoral y espiritual. Es decir, Santa Teresa de Calcuta daba no por lástima, sino por compasión, instando a que todas sus Misioneras de la Caridad -y todos sus voluntarios- hicieran lo mismo. Los alentaba a entregarse por completo, a identificarse con el sufrimiento de los que servían, para así sentir compasión por ellos.

Nos toca entonces hacernos la pregunta, cada vez que damos, ya sea una ayuda a un familiar o amigo, una limosna a alguien en la calle o un donativo a un ONG, ¿por qué estamos dando? Ojalá siempre busquemos dar por compasión, identificándonos con la realidad que enfrenta la persona a la que damos. Así, con la gracia de Dios, encontraremos el rostro de Cristo en aquella persona. Es la única forma de saciar la sed de Jesús.

 

 

Es estudiante jesuita que realiza sus estudios de teología en el Jesuit School of Theology de la Universidad de Santa Clara en Berkeley, California, EE.UU. Estudió urbanismo y administración de empresas y trabajó en los sectores privado y no gubernamental antes de ingresar a la Compañía de Jesús. Oriundo de Hawai, le encanta cocinar y la música latina, hawaiana y country.

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