Laudato Si’ y el nuevo paradigma antropológico revelado en Jesucristo: Desafío para la teología

Hoy es más claro que nunca que nuestra casa común, en la cual compartimos la existencia, sufre, gime y “clama por el daño que le provocamos por el uso irresponsable y el abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella” (LS 2). Este uso irresponsable, y el mal actuar frente a nuestra casa, se comprende por el modo como nos situamos en ella; uno que se funda en un paradigma inmediatista, tecnocrático, bajo una cultura del descarte y “una obsesión por un estilo de vida consumista” (LS 204). Esta forma concreta de situarnos en la realidad traspasa los diversos aspectos de nuestra vida: la producción, el consumo, nuestra relación con los demás y la Creación, la política, etc. Pero, sobre todo, está en profunda relación con nuestra praxis ecológica: nuestro actuar en la casa común no puede desentenderse de la forma como vivimos en la sociedad.

Es desde este paradigma del hombre actual que surge nuestro gran desafío: las diversas disciplinas de las ciencias humanas y empíricas, además de la Teología, deben tomar conciencia de lo que está aconteciendo, con el objetivo de lograr discernir las mejores líneas de acción en los diversos aspectos de la vida del hombre que se involucran en nuestra praxis ecológica. Sin embargo, esta praxis sólo será significativa y tendrá profundo sentido para los hombres en la medida que nos convirtamos hacia un nuevo paradigma antropológico. Debemos “encontrar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas” (LS 9) de lo que acontece. Es decir, tenemos que ir a la profundidad del asunto, a la causa fundamental, relacionada con nuestra postura ante la realidad, ante los otros y ante la Creación. En efecto, esta conversión ecológica propuesta no sólo es práctica, sino que contiene una dimensión más: el paradigma fundamental con el que, como hombres y mujeres, nos situamos ante la Creación.

De ahí que nuestro deber consista en esforzarnos por transmitir a nuestros contemporáneos un nuevo paradigma antropológico, distinto del que estamos viviendo, y que sólo logramos vislumbrar al mirar profundamente los acontecimientos de nuestra realidad. ¿En qué consiste este paradigma que debemos comunicar hoy?

Aquí es donde comienza la gran labor para la teología. Se trata de un gran desafío, porque esta disciplina realiza un discurso sobre lo que Dios nos ha revelado sobre sí mismo y el misterio de su voluntad (cf. DV 2), afirmando que la plenitud de la revelación se ha alcanzado en Cristo (cf. DV 2). Es Él quien esclarece la verdadera vocación del hombre (cf. GS 22). De este modo, el nuevo paradigma antropológico que tenemos que ofrecer al ser humano contemporáneo tiene que ver con Jesucristo: Su mirada y Su ejemplo.

Este modo rompe con los paradigmas actuales, ya que nos invita a la relación: “a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las creaturas, […] y cómo cada una de ellas es importante a sus ojos” (LS 96). Un Padre que alimenta y cuida a las aves que no siembran ni cosechan (cf. Mt 6, 26), ya que ve el verdadero valor de ellas. En definitiva, debemos transmitir un paradigma, una mirada sobre la Creación que pase por el misterio de Cristo; un misterio que invite a la relación, a salir de uno mismo hacia el otro. Sólo así lograremos reconocer a las criaturas, a nuestra casa común en su propio valor, y el mensaje divino que hay en ellas.

El observar y preguntarse por la realidad actual de nuestra casa común, no solo constituye un planteamiento ecológico, sino que también “se convierte siempre en un planteo social” (LS 49). Esto, porque el uso irresponsable y el abuso de los bienes de la tierra le afecta considerable y fundamentalmente a los pobres y excluidos de la sociedad.

El nuevo paradigma que nos interpela

Este paradigma, que nos invita a la apertura y preocupación por el otro, es sólo “nuevo” en relación al que impera actualmente, pues, a la vez, se nos presenta como lo más propio y constitutivo del hombre: la relación.

Desde este paradigma podremos encontrar respuesta a las preguntas que se han suscitado al observar atentamente esta realidad de talante inmediatista y donde se ha instalado la llamada cultura del descarte. Es esta situación la que, además de ser pensada, debe hacerse consciente e interpelarnos. Consciente, puesto que “la humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida” (LS 23). Interpelante, ya que muchas veces evadimos este cuestionamiento por el impedimento de “tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal” (LS 47).  De esta forma, el observar y preguntarse por la realidad actual de nuestra casa común, no solo constituye un planteamiento ecológico, sino que también “se convierte siempre en un planteo social” (LS 49). Esto, porque el uso irresponsable y el abuso de los bienes de la tierra le afecta considerable y fundamentalmente a los pobres y excluidos de la sociedad: “el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social” (LS 48), las que tienen como víctimas principales a los pobres y excluidos. Es por eso que el quehacer teológico y pastoral tiene que hacerse cargo profundamente de esta problemática, puesto que “la teología […] debe hacerse cargo […] no solo de los [conflictos] que experimentamos dentro de la Iglesia, sino también de los que afectan a todo el mundo y que se viven por las calles de Latinoamérica” (Carta del Papa Francisco al Gran Canciller de la Facultad de Teología de PUCA), y más específicamente, de nuestro país, de nuestra ciudad, de nuestra realidad ambiental actual.

Esta apertura al “otro” que nos constituye es esencial. “«Estamos ahí», en medio de otros hombres, de nuestra sociedad, de nuestro mundo, y esto no puede negarse” (Welte, 1982, pág.51). El hombre experimenta ese “algo” e indica que hay “algo” experimentable para nosotros que es, en este caso, la propia realidad ambiental, que clama a gritos por los daños que le realiza el hombre. De ahí que esta experiencia por la existencia, del “estar-ahí-en-el-mundo”, es lo más propio del hombre, en cuanto ser-en relación-con-otros.

Origen y fundamento trinitario del paradigma antropológico

Este paradigma antropológico no nace del hombre propiamente tal, sino que tiene su origen y fundamento en la espiritualidad trinitaria, revelada en Cristo,  en su misión y en el envío del Espíritu Santo. ¿Qué tiene que ver la Trinidad con este paradigma antropológico?

En primer lugar, cuando hablamos de Dios, no hablamos de un Dios abstracto, sino que hablamos de un Dios concreto en personas –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-. Hablar de Dios no significa hablar de una simple esencia, sino que se habla de personas, porque son ellas las que pueden relacionarse y establecer una comunión entre sí. En el caso del “nuevo” paradigma antropológico, éste invita a la relación con las otras personas, con otros hombres que “están-ahí-en-el-mundo”, en comunión. Pero no sólo con las personas en la realidad ambiental actual, sino que también con la propia Creación de Dios, la que debe ser mirada por el hombre con “ojos de relación y comunión” como san Francisco, que “nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad” (LS 12).

En segundo lugar, ya que hablamos de Dios que se manifiesta en personas divinas, esto conlleva a hablar siempre de un Otro. Si las personas se relacionan y están en comunión, necesariamente siempre están, viven y dependen de, y son para otro, como en la Trinidad. El “nuevo” paradigma antropológico nos invita a ver la Creación, a esta realidad ambiental actual, como un “Otro” que está en constante relación y comunión con el hombre.

La realidad ambiental actual es diferente del hombre, y viceversa, pero no significa una dominación, una rivalidad, una contradicción, sino que tiene que implicar una ocasión de comunión entre el hombre y esta por su mutua relación: todo lo que le suceda a esta realidad ambiental le afecta considerablemente al hombre, y todo lo que el hombre realice, afectará sin duda -para bien o para mal- a la realidad ambiental, y, con ello, a la realidad social, cultural, política, económica y religiosa.

En tercer lugar, el Dios trinitario, que subsiste en personas que se relacionan y están en comunión con un “Otro”, requiere un intercambio. La doctrina trinitaria nos enseña que, dentro de la realidad intratrinitaria, el Padre genera eterna y constantemente al Hijo, entregándole su esencia, su “todo”, amorosísima y misteriosísimamente. El Hijo recibe amorosísimamente la esencia divina, el “todo” del Padre y le retribuye este amor recibido, formándose este amor fructífero del Padre y el Hijo: el Espíritu. Esto implica el intercambio: una donación gratuita y amorosa total para un “Otro”. El “nuevo” paradigma antropológico, por tanto, tiene que tener esta imagen de donarse completamente a este otro que sufre las injusticias y daños: la realidad ambiental actual, que afecta fundamentalmente a los pobres y excluidos. Donarse al pobre y excluido es donarse a toda la realidad que ello implica.

En cuarto lugar, la Persona Divina vive en presencia de las otras personas divinas; es decir, las tres personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo- subsisten presencialmente entre sí, en relación y comunión. Asimismo, el “nuevo” paradigma antropológico nos invita a ver a este otro presente en nuestra propia realidad, haciéndose cargo de esta realidad ambiental actual con la que estamos en relación, y a no desentendernos de ella.

En quinto lugar, la Trinidad es fundamentalmente apertura al Otro, es decir, las personas divinas nunca están ensimismadas, ni se cierran para sí, sino que están en constante donación amorosa, en permanente apertura, en relación y comunión. El “nuevo” paradigma tiene que estar abierto a este Otro sufriente -la realidad ambiental actual- para la escucha, la mirada, la preocupación y cuidado de este otro.

Por último, la realidad intratrinitaria acepta la diferencia. El Padre se diferencia del Hijo únicamente por su relación como Padre; el Hijo se diferencia del Padre únicamente por su relación como Hijo; el Padre y el Hijo se diferencian del Espíritu únicamente por su relación de Padre y de Hijo; y el Espíritu se diferencia del Padre y del Hijo únicamente por su relación de Espíritu. Pero esta diferencia no implica rivalidad o contradicción, sino que comunión a partir de esta diferencia unitaria. La realidad ambiental actual es diferente del hombre, y viceversa, pero no significa una dominación, una rivalidad, una contradicción, sino que tiene que implicar una ocasión de comunión entre el hombre y esta por su mutua relación: todo lo que le suceda a esta realidad ambiental le afecta considerablemente al hombre, y todo lo que el hombre realice, afectará sin duda -para bien o para mal- a la realidad ambiental, y, con ello, a la realidad social, cultural, política, económica y religiosa. Son diferentes entre sí, pero ello implica una relación que afecta a toda la realidad existente.

Conversión práctico-ecológica

Sólo de esa manera, considerando un cambio del paradigma antropológico que encuentra sus causas en la espiritualidad trinitaria, tendrá sentido una conversión ecológica con lineamientos prácticos. Esos lineamientos de acción deben fundarse en un paradigma que hace significativo nuestro actuar, diferente del que podemos observar hoy. Es decir, no basta sólo una conversión práctica, sino que debe fundarse en una conversión antropológica. Para que así, en nuestro actuar, podamos tomar conciencia “de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos” (LS 202). Solo así nuestra praxis ecológica se hará significativa y podrá considerar a los otros con los que compartimos nuestra casa común, abriéndonos a una praxis con otras consecuencias sociales, políticas, económicas y de consumo.

Pero el gran propósito será posible solo si transmitimos este nuevo paradigma al otro, y con otros. De este modo, se nos plantea un nuevo desafío: una teología en su dimensión ad extra. Es una cuestión que tiene que ver con nuestra vida y con el contacto con otros, en donde transmitimos esta mirada y ejemplo de Jesucristo. Para abrirnos a esta dimensión no basta sólo una conversión hacia el paradigma antropológico, sino que se necesita una conversión en la praxis, que debe ser educada, creativa y re-pensada, para que el cuidado, significativo, de los demás y del medio ambiente, nos lleve -verdaderamente- a una “fraternidad con todo lo creado” (LS 221).

Bibliografía

  • Francisco, S.S., Carta del Santo Padre Francisco al Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Argentina en el centenario de la Facultad de Teología (Vaticano 2015)
  • Francisco, S.S., Laudato Si’ (UC, Santiago 2015)
  • Welte, BERNHARD, “Dios como principio de la religión”, Filosofía de la Religión (Herder, Barcelona 1982)

 

Religioso agustino; estudiante de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Sus columnas en TAbierto

Estudiante de teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile y agente pastoral en la diócesis de Melipilla.

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