Legitimando la desigualdad, entre la OCDE y la Teletón

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¿Por qué aplaudimos a alguien que donó mil quinientos millones de pesos para la teletón de este 2011 en Chile? ¿Por qué nos ponemos contentos y una buena parte de nosotros se enorgullece de la generosidad de una persona?  Porque más terrible aún que las muchas injusticias que toleramos -y que muchas veces defendemos-, es la constatación de que se ha instalado en nuestro país una legitimación de las desigualdades sociales y económicas, que se manifiesta en hechos como el de la mujer viuda de un multimillonario que se deshace altruistamente de una cantidad alta, ruidosa e incómoda de dinero. Peor es un multimillonario que se gasta millones en su cuidado estético y regala plata a quien se le pase por delante en la calle. De ello nos reímos, pero también, en el fondo, lo justificamos: ¡que la regale, peor sería si ocupara esa plata en otra cosa!

Más allá de la Teletón o de lo que sucede en la vida corriente, el hecho de celebrar la desigualdad disfrazada de generosidad debiera hacernos reflexionar sobre los grados de legitimación que otorgamos a las distancias y diferencias entre nosotros mismos.  Esta crítica no tiene su foco en la Teletón, ¡bien por ella y por don Francisco!, ni en las empresas que donan ¡bien por ellas también… un win win notable! El foco está en la acumulación de riqueza, y siendo todavía más finos, en nuestra reacción (ciertamente enmarcada en un ambiente emotivo), ante el desprendimiento de ellas.

Las movilizaciones estudiantiles y ciudadanas de este año sin duda han sido una voz que se levanta contra esta legitimación. Cierta prensa, ciertas escuelas de pensamiento, ciertas universidades también lo han sido. Sin embargo, no perdamos de vista que estamos ante minorías. Los universitarios en las calles llegaron a ser, cuando más, entre el 15% y el 20% de la población universitaria total. Las tomas de los colegios, y los mismos escolares en las calles, están lejos de haber sido una mayoría. Los trabajadores (salvo los de la educación y en menor medida los de la salud), no han tenido protagonismo. Una gran parte de la academia insiste en decir que Chile no es el peor de los mundos posibles, y reciben recursos para demostrarlo “empíricamente”.

Evidentemente, son muchas las variables en juego en un tema tan complejo como el de la desigualdad y su legitimación. Sin embargo, estos números (tan grandes y tan pequeños al mismo tiempo), los aplausos desmedidos ante el desprendimiento de dinero, y otros fenómenos sociales de los que día a día somos testigos, nos hablan de la naturalización de las diferencias: es normal, es natural, es ¡legítimo! que el país funcione como funcione, que las riquezas se distribuyan como se distribuyen, que alguien gane lo que quiera y que después se deshaga de ello también como quiera (y no en lo que el país -vía tributos- necesitaría).

Hechos como éste evidencian una legitimación, pero también aceleran y hacen germinar en muchas conciencias la convicción de que esto no puede estar bien. Mientras por una parte se refleja el que “las masas inmovilizadas” están de acuerdo con la acumulación exacerbada de riquezas en una parte de la población, por otra, se incuban razones para rebelarse contra este modo de vivir.  Es esa otra parte, activa pero minoritaria, la que encabeza un cambio cultural necesario y cuestiona seria y profundamente la desigualdad en nuestro país.

Una vez más, un informe internacional (esta vez el comparado de desigualdad entre países de la OCDE), señala a Chile como uno de los países con peor distribución del ingreso. En este grupo queda en último lugar.  No sé si habrán visto la donación de mil quinientos millones de pesos y los aplausos de todo un  país… supongo que no habría sido necesario hacer el estudio.

* Cristóbal es jesuita, sociólogo de la UAH y estudia teología en la P. Universidad Católica de Chile. Actualmente colabora en Infocap, la Universidad del Trabajador.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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