Libertad, por Hernán Rojas, SJ. « en Territorio Abierto

Libertad

(cc) seyed mostafa zamani

Te sugiero hacer una prueba. Piensa por un momento que Dios no existe: ¿qué  sientes?

¿Te sientes liberado? ¿Como si te hubieran sacado un peso de encima? ¿Sientes el cielo abierto y una alegría en tu corazón? ¿Aparecen posibilidades antes vedadas para ti? Si este es tu caso (fue el mío cuando hice este ensayo hace años), algo anda mal. ¿Qué dios es éste que limita y restringe tu vida? Mira a Jesús de Nazareth y resetea tu idea de Dios. Necesitamos volver a aprender, como niños, quién es Aquel al que Jesús llama Abba.

En el centro de la moral cristiana está la libertad, porque sólo en la libertad cabe el amor. Amar es la libertad mejor aprovechada, la libertad más libre. Tanto quiso nuestro Padre Creador la libertad que la prefirió, aun a riesgo de que nos cerráramos a Él.

A veces entendemos el pecado como un abuso de la libertad. Más bien, me gusta pensar exactamente lo contrario: el pecado es renunciar a nuestra libertad, vendernos como esclavos. En lugar de expandir y plenificar tu libertad, la reduce. El pecado te encadena como las drogas.

Te quita la libertad la imposición externa. El ¿libre? mercado ha llegado a transar la libertad: no puedes elegir aquello que no puedes pagar (el colegio de tus hijos, el remedio para una enfermedad, la seguridad de tu barrio…). Pero sobre todo está la heteronomía: actuar de acuerdo a valores (modas, marcas, prejuicios…) que te han sido impuestos y que has asumido acríticamente.

Te quita la libertad también un “instinto” interno. Dentro tuyo (y dentro mío) se da una lucha entre dos fuerzas que quieren tu corazón. Una es una fuerza posesiva, que te hace querer todo para ti: honores, valoración, dinero, amor, etc. Se arraiga en tus “deudas” personales, en tus complejos, en tus traumas… No te engañes: es insaciable, nunca estará colmada. Es como un hoyo negro, que atrae hacia sí todo lo que está a su alrededor. Esa fuerza te esclaviza en el yo y te hace vivir desde tus carencias: egoísmo, ambición, figuración, acaparamiento. Es una fuerza de dedos tensos y crispados de tanto asir para que nada le escape.

Pero hay una segunda fuerza en ti. Es extrínseca, te da vuelta hacia fuera. Vive en tus deseos profundos de salir de ti mismo. De allí surge el servicio, la generosidad, el desprendimiento, la gratuidad, la risa. Es la libertad de no creerle al miedo de que algún día puedas quedar a la deriva. Te hace caminar sin lastre, ligero de equipaje. Es renunciar a “asegurarte”, porque esa supuesta seguridad solo te paraliza. Una caja fuerte está bien para guardar dinero; pero ponerte tú allí dentro te da la seguridad del ataúd.

Tu libertad radical, en último término, no se juega tanto en que elijas un objeto u otro, realizar una acción o evitarla. La libertad de verdad es la que decides sobre ti mismo: no decidir sobre otras cosas, sino sobre ti. ¿Quién vas a ser? ¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Dónde y cómo la vas a gastar? Hay quienes quisieran tener una “libertad cero kilómetros”: abierta a todas las posibilidades, pero sin uso. Parece sin amarras, pero está presa en su inmovilismo. Es la misma libertad de una planta.

La libertad fundamental es gastar la vida, gastar tu vida, perderla sin remedio porque vale la pena. “Aquello de lo que te enamores, lo que arrebate tu imaginación, lo afectará todo”, dijo Arrupe. Solo el hombre o la mujer libres pueden amar. Solo la mujer o el hombre enamorados pueden ser libres. Solo el hombre o la mujer libres pueden dar la vida.

Hermano jesuita. Licenciado en Teología UC, actualmente cursa un doctorado en Teología en Innsbruck, Austria.

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