Lo de afuera es lo de adentro: la injusticia estatal es también individual

Las injusticias de un Estado pueden reflejarse también en la propia vida ordinaria. Guardando sus proporciones, las violaciones a los derechos humanos por parte de instituciones de gobierno en todos sus niveles, pueden revelar conductas en las que participamos diariamente, sin ser conscientes.

Hagamos un ejercicio. Pensemos en el derecho a la consulta. Cuando tomamos decisiones en el trabajo o en la familia, o simplemente en momentos de descanso con amigos, ¿consultamos a los demás, o vamos por la vida imponiendo nuestras decisiones de manera arbitraria? En lo cotidiano se juega la existencia de una vida mejor. Si denunciamos que el Estado debe consultarnos por tal o cual decisión, será una denuncia hueca si yo no pongo en práctica lo que exijo, aunque sea con mi entorno más cercano.

Nos resulta más sencillo criticar el mal empleo del poder ajeno que el propio. Es más fácil alimentar a los pobres de la ciudad con los que me topo en las esquinas, que ayudar a los pobres de mi familia o a los que están en aprietos económicos entre mis amistades o conocidos. Ahí donde compartimos la existencia, es donde el foco de atención debería dirigirse con más detención. Tejer los lazos de amistad y compañerismo entre mis círculos, nos dará fundamento colectivo y densidad humana.

El Estado se compone de seres humanos que tienen prácticas y modos de existir tanto justos como injustos. Reconocer esas prácticas y hábitos de la vida cotidiana ante nuestro propio tribunal, que es la conciencia, puede generar nuevos modos de vivir.

Otro ejemplo es revisar el derecho a un medio ambiente sano. Nos ha tocado participar en campañas de limpieza comunitarias en zonas donde hacía falta. Pero, ¿y nuestras casas? ¿Somos capaces de organizar una limpieza general en el lugar donde habitamos, de tal manera que sea un ambiente armónico y vivible, al cual nos da gusto llegar y permanecer? Hacer evidente la contaminación de las fábricas y los automóviles, es más sencillo que reconocer la contaminación que producimos en nuestros propios hogares y que no estamos dispuestos a eliminar.

Revisar nuestras conductas y las formas de ejercer el poder -sea poco o mucho- que tenemos en los medios donde vivimos, puede ayudar a mejorar cualitativamente nuestro pueblo o barrio. Las denuncias al Estado son necesarias y útiles, pero más efectivo y responsable será afectar nuestro propio entorno. Ahí donde nuestro grito y reflexión puede tener más eco. Ahí es menester actuar.

Siguiendo con la revisión, ¿a quién hago desaparecer en la universidad y no le doy oportunidad de existir? ¿A quiénes vamos matando con nuestra indiferencia y silencio todos los días? ¿No es eso algo similar a la desaparición forzada?

Exigimos tolerancia por parte del Estado y las Instituciones que toman decisiones que afectan a las mayorías, pero nosotros, ¿somos tolerantes con los que compartimos el techo, la fábrica o la oficina?

Si reflexionamos sobre la injusticia en el Estado podemos reconocer la injusticia en el ser humano. El Estado se compone de seres humanos que tienen prácticas y modos de existir tanto justos como injustos. Reconocer esas prácticas y hábitos de la vida cotidiana ante nuestro propio tribunal, que es la conciencia, puede generar nuevos modos de vivir. El origen de la injusticia, denuncia Platón en su diálogo La República, se origina en los individuos que componen la colectividad.

En esta época de Cuaresma, bien valdría la pena hacer el ejercicio de revisar el Estado, para revisar nuestra propia vida.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

Sus columnas en TAbierto

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.