Lo que nos falta aprender de Gabriela Mistral

El 10 de diciembre se cumplieron 70 años del Premio Nobel de Literatura de Gabriela Mistral. Poeta, maestra, cristiana y, sin duda, una adelantada para su época. Muchas cualidades para una mujer, en un país que ha tardado en reconocer el inmenso valor de Mistral, más allá de su poesía.

Y es que en los programas educacionales se nos muestra a una poeta de letras infantiles, autora de rondas y cuentos fáciles de memorizar. Pero no sabemos más y no es de extrañar. Fue reconocida (y querida) más en el extranjero que en Chile. Ejemplo de ello, en 1945 recibió el Premio Nobel de Literatura, mientras que el único reconocimiento chileno fue otorgado recién en 1951 a través del Premio Nacional de Literatura. Los escritores, Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim la dejaron fuera de la famosa Antología de la poesía chilena nueva, que en 1935 consideraba a los 100 autores chilenos más importantes, otro ejemplo de que era poco querida.

Para qué hablar de su homosexualidad y la forma en que ha sido ocultada –hasta ahora con vergüenza– siendo que, a través de ella, se entienden muchas de sus obras y, al mismo tiempo, en esta condición subyace el coraje de Gabriela Mistral para mostrarse tal cual era.

Mistral denunció y defendió aspectos de la sociedad que hoy nos parecen evidentes. Una revolucionaria de principios del siglo XX. Por esos años, desde su sensibilidad proclamó la urgencia de la unión latinoamericana, se mostró a favor de la reforma agraria, proclamó el respeto hacia los pueblos indígenas, la valoración de los niños y más desvalidos, y apeló a la necesidad de la educación y cultura del pueblo.

Reconoció públicamente la labor de los trabajadores y obreros en variadas ocasiones. Por ejemplo, cuando en 1925 fue invitada a participar en el Consejo Nacional de Mujeres, condicionó su presencia a que también asistieran obreras para reflejar la realidad de las clases sociales de Chile: “La clase trabajadora no puede ser menos de la mitad de los representantes en una asamblea cualquiera, cubre la mitad de nuestro territorio, forma nuestras entrañas y nuestros huesos. Las otras clases son una especie de piel dorada que la recubre”.

En el mismo discurso, habló sobre la unidad latinoamericana: “Nosotros debemos unificar nuestras patrias en lo interior, por medio de una educación que se trasmuta en conciencia nacional y de reparto del bienestar que se nos vuelva equilibrio absoluto”. Usó las palabras unificar, educación, conciencia nacional y equilibrio, casi con la misma urgencia con que son proclamadas hoy en día en los discursos de las autoridades del mundo.

Su biografía representa un camino, no solo para las mujeres, sino para todos quienes se sienten postergados y menospreciados, pero que día a día luchan por una sociedad más justa. Una imagen de equidad, justicia y solidaridad, para nosotros, los cristianos, quienes creemos en estos valores como los pilares de un mundo más acogedor.

Su biografía representa un camino, no solo para las mujeres, sino para todos quienes se sienten postergados y menospreciados, pero que día a día luchan por una sociedad más justa. Una imagen de equidad, justicia y solidaridad, para nosotros, los cristianos, quienes creemos en estos valores como los pilares de un mundo más acogedor.

En el funeral de Gabriela Mistral, Monseñor Lecourt, inició su homilía en la catedral diciendo: “La noticia de su muerte voló por el mundo como un relámpago y conturbó los ánimos amargamente. Chile, América y Europa hacen ostensible su duelo con desusada vehemencia. ¡Bendito sea Dios, por hacer que, en casos, los hombres no podamos desoír la silenciosa voz del mérito, y echando mano de una soberana virtud: la justicia, lo reconozcamos, intuyendo la verdad del desafío de Cristo: Si vosotros callaseis, las piedras gritarían! No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte”.

De la misma forma, hoy, no nos cerremos en la soberbia ni sigamos desoyendo la voz de quizá cuántas “Gabrielas” Mistral. Inspirados en la figura de nuestra máxima poetisa, escuchemos a profesores, artistas, homosexuales, y todos quienes hoy, por uno u otro motivo, están siendo excluidos. Incluso, en nuestros discursos y sobre todo en nuestras acciones, vivamos las mismas expresiones que ella usó y que de ningún modo han perdido vigencia. Al contrario. Esas expresiones debieran conjugarse en los verbos unir, educar, concientizar y equilibrar.

Periodista UC. Vive en Buenos Aires, Argentina. Editora de Territorio Abierto.

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