Lo que realmente salva

desigualdadLa expectativa de construir un mundo mejor pasó de ser un buen deseo a una verdadera condición de sobrevivencia. El desarrollo económico y sus consecuencias, muestran claramente que la cosa para muchos no va bien.  Ni siquiera aquellos que creen que están bien, en verdad lo están. Ello solo muestra su desconexión con la realidad de la mayoría. El desconocimiento de los lazos de solidaridad que nos unen, empobrece y denigra tanto al hombre como la más dura pobreza material. El Papa en su primera exhortación apostólica ha dicho claro que un mercado desregulado que toca la música a la que el mundo baila, simplemente no le da el ancho para asegurar un mínimo de relaciones humanas dignas. De hecho, Francisco es más explícito. Ha dicho que ese sistema que nos empecinamos todos en naturalizar simplemente MATA.

¿Alguna duda? Si el mundo fuese una aldea de 100 habitantes, la persona más rica tendría los  mismos recursos que el 57 más pobre en conjunto. 50 personas no tendrían una fuente de alimentación confiable y estarían con hambre la mayor parte del tiempo. 30 personas tendrían malnutrición y 40 no tendría acceso a instalaciones sanitarias básicas. 26 personas habitarían viviendas precarias o simplemente no tendrían hogar. 33 personas no tendrían luz eléctrica, y otras 33 accederían a ese servicio con dificultad. 18 no sabrían leer y 15 no tendrían agua potable. Solo 16 personas tendrían acceso a internet y 12 tendrían auto. 3 personas serían migrantes. Solo 2 tendrían educación universitaria. 19 lucharían para sobrevivir con un dólar al día y 48 harían lo mismo con dos dólares al día[1].

El tiempo de espera al 25 de diciembre es un regalo para concentrarnos, desengañarnos y convencernos de que nuestra salvación y la posibilidad de transformar el mundo en uno mejor, está en vivir de lo aparentemente insignificante.

¿Cómo llegamos a esto? La respuesta breve, pero precisa, es que como humanidad creímos y seguimos creyendo que la salvación viene de algo que no ha sido capaz de salvar a nadie: Un sistema basado en competir para consumir, acumular y desechar. El mismo que no tiene cómo dar una respuesta a un mundo que se complejiza al mismo ritmo en que aumentan sus desigualdades.

¿Qué hacer entonces? El pesimismo sería el triunfo total del egoísmo. Sería asumir la tesis de la inevitabilidad del mundo tal cual es. Al contrario, debemos esperar que el mundo puede caminar hacia algo mejor. Creer en que como humanidad seremos salvados, es una alternativa tan vigente como valiente. Es, de hecho, para quienes hemos recibido la fe en Jesucristo, la posibilidad de creer en un verdadero salvador que viene a cambiar el rumbo de la historia. Cuando ese salvador viene en pobreza, asumiendo humanamente la posición del más débil desde el nacimiento, y viviendo lo bueno y lo malo de la vida desde la vereda de los perdedores, sin duda hay razones para el optimismo.

Adviento es tiempo de espera del salvador. La forma en que Dios se nos entregó, es el criterio perfecto para distinguir lo que realmente salva. El tiempo de espera al 25 de diciembre es un regalo para concentrarnos, desengañarnos y convencernos de que nuestra salvación y la posibilidad de transformar el mundo en uno mejor, está en vivir de lo aparentemente insignificante.



[1] Datos tomados del estudio “Globalizing Solidarity: Christian Anthropology and the Challenge of Human Liberation”, de Daniel G. Groody, en Theological Studies 69, no. 2 (June 2008).

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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