Lo que se nos pierde de vista

(cc) Dafne Cholet

(cc) Dafne Cholet

En un mundo donde las comunicaciones son instantáneas, y se espera una respuesta inmediata a los problemas de cualquier índole, la productividad ha tomado un papel de gran importancia. En la actualidad existe la tensión entre el afán de ser cada vez más productivo y el deseo de vivir plenamente el momento.

Hoy en día dependemos cada vez más de los aparatos electrónicos para hacer nuestro trabajo.  Tratamos de mantenernos al ritmo de los avances tecnológicos, y, apenas nos sentimos expertos en algún programa de computación, sale otro más ágil y lógicamente más complejo.  Queremos estar siempre al tanto de lo más reciente para no terminar como los dinosaurios.

Pero cuando nos enfocamos tanto en la productividad, limitamos nuestra visión a lo que nos permite ser más eficientes y se nos pierde de vista lo que se vislumbra sólo en el momento.  En la cotidianeidad, las huellas de lo divino irrumpen de forma sutil.  Por la mañana, no notamos la belleza de la creación en el amanecer, ante la presión de llegar a tiempo al trabajo.  Se nos escapa el rostro de Cristo de aquella anciana que pasamos de largo a la hora del almuerzo, por estar pensado en lo que nos queda pendiente.  No apreciamos las caricias de Dios que nos llegan por la suave brisa de la tarde, por el cansancio que nos abruma luego de tantas horas frente a un monitor.

Es fácil que se nos pierdan de vista estas huellas de Dios si nos preocupamos más en el hacer que en el ser.  Al sobrevalorar la productividad, podemos caer en el error de pensar que nuestro valor viene de lo que hacemos y la calidad de ello, y no por lo que somos.  Y como cristianos, lo que somos -hijas e hijos de Dios- es mucho más importante que lo que hacemos. Es un valor que ningún avance tecnológico puede alcanzar.

¿Cómo evitar perder de vista este valor?  San Ignacio de Loyola nos ha dado un método seguro para poder vivir el momento, para darle más importancia a nuestro ser. La pausa ignaciana se presta para que tomemos un momento de cada día para saborear aquellas huellas de Dios que fácilmente se nos pierden de vista: darle las gracias, estar más atento a sus indicaciones y fomentar una respuesta generosa de nuestra parte a sus invitaciones.

Por medio de la pausa ignaciana, estaremos más atentos a aquellas huellas de Dios que nos alientan, nos animan y nos muestran su amor incondicional.

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