Los efectos de la reforma energética en el campo mexicano

campoDoña Lupe se acaba de despertar. Comienza otro día de desconcierto y sinsentido. Su compañera de celda le da los buenos días. Se miran una a la otra. Viene el silencio, y doña Lupe comienza a llorar nuevamente. De pronto, lanza un grito: “¡Sáquenme de aquí!”.

Doña Lupe representa el grito de varios campesinos presos de México que, por rehusarse a vender o “rentar” sus tierras al Gran Capital nacional o extranjero, han encarnado en sus propios cuerpos las consecuencias del autoritarismo que se vive en el país. Cuerpos torturados por defender un modo de vida que se resume en amar la tierra, cuidarla y vivir desde ella.

Ser campesino es una vida que no merece la pena ser vivida, es indeseable y hasta vergonzoso. Es un modo de vida que estorba al Gran Capital de México y del extranjero: “Por eso son pobres”, “nosotros les daremos trabajo en las maquiladoras que vamos a construir, en las fábricas de papel, en los parques eólicos, en las minas, en las hidroeléctricas, en las embotelladoras de refresco, cerveza y agua”, “ustedes están atrasados, son seres carentes, están rezagados porque se resisten a la modernidad”, “son ignorantes”. Frases de una ideología que está bien representada por los senadores y diputados de México. Recientemente han aprobado una reforma que es conocida como “energética”, ya que gira en torno a la explotación de los recursos naturales como el petróleo o el gas. En ella se legaliza el despojo de las tierras de campesinos, algo que durante años se ha venido realizando sin que existiera sustento jurídico para hacerlo. Ahora la ley ampara el desalojo: será justo y hasta deseable sacar a los campesinos de sus tierras; todo con tal de desarrollar al país.

El gobierno federal reconoce 192 conflictos por la explotación de recursos naturales y mineros en el país, ¿qué espera para detener esta situación? Se calcula que 15 mil comunidades enfrentarán esta problemática en las próximas semanas.

Este despojo de tierras, solo a veces exitoso -basta recordar la resistencia de Wirikuta, Atenco, La Parota, San Dionisio del Mar, Capulalpam de Méndez , etc.-  representa una fase del capitalismo que algunos han denominado extractivismo. El cual consiste en sacar la mayor cantidad de recursos naturales de cualquier país para beneficio de unos cuantos. Este saqueo es incluso más agresivo que en la época colonial, pues cuenta con el apoyo de autoridades locales y el uso de mayor tecnología. A la fecha hay 2.600 concesiones mineras otorgadas por el gobierno, que abarcan más de 35 millones de hectáreas.

Ante todo esto, ¿qué opinión tienen los campesinos y sus familias? Hay un sinfín de respuestas, pero la más contundente es sus vidas. Por un lado, está el discurso de la ideología del autodesprecio y el progreso. Lo utilizan como una respuesta válida al menos en palabras, pero no siempre en los hechos. Es frecuente escuchar a los campesinos decir: “Quiero que mi hijo se supere, que sea alguien para que no sufra como yo. Por eso quiero que deje de trabajar la tierra”. Unos cuantos de esa minoría con acceso a educación formal, lo lograrán, terminarán sus estudios y tendrán la posibilidad de elegir entre regresar a ser campesino o dedicarse a vivir de otra manera. Por otro lado, cuando el Gran Capital les quiera comprar sus tierras a precios irrisorios o no, el discurso ideológico desaparecerá. Ahí el supuesto deseo de “superarse” revelará su vacío y sin sentido. Es decir, existe la idea de que en el campo no hay trabajo, sin embargo, al dialogar con cualquier campesino es fácil descubrir que trabajo hay mucho y es un modo de vida que gozan y agradecen, lo que no hay son  precios justos para los productos del campo. Podemos imaginar el siguiente diálogo entre un campesino y el Gran Capital: “Mi tierra no la tocas”, dirán los campesinos, a lo cual responderán: “¡Ah! ¡Caray! Pero si es para que te superes. Te daré trabajo”. Con cara de incertidumbre dirán: “Trabajo hay, y mucho, si gusta véngase unos días con nosotros”.

Aunque siempre estará la posibilidad de apelar a la comunidad internacional y sus instituciones para defender la tierra, las leyes secundarias de la reforma energética hacen evidente que una minoría nacional e internacional sigue despreciando el modo de vida campesino.

Los dueños del Gran Capital necesitarán las bondades del campo para poder vivir. Ante tal situación no hay más que recular, es cuestión de vida o muerte. Es reconocer que no se trata “de comprar tierras”, sino de la destrucción paulatina del sustento que permite que la sociedad sea: los frutos del campo y sus integrantes vitales, los campesinos y las campesinas. No se trata de capitalismo o comunismo, de izquierda o derecha. Es una cuestión sobre las posibilidades de la vida humana. No hay más. Negarse a ver esa realidad lo único que provoca es conflicto y destrucción. El gobierno federal reconoce 192 conflictos por la explotación de recursos naturales y mineros en el país, ¿qué espera para detener esta situación? Se calcula que 15 mil comunidades enfrentarán esta problemática en las próximas semanas.

Al final del día nos queda la certeza de que Doña Lupe saldrá de la cárcel y la comunidad a la que pertenece la ayudará. Las y los campesinos de México nos han demostrado una reciprocidad que rompe toda lógica individualista. Saldrá resucitada con el rostro en alto por defender lo que ama y en lo que cree. Doña Lupe es un camino ante esa ley injusta y suicida. Ojalá que no sea necesario.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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