Los pobres como excusa

dolor

“El dolor”, Oswaldo Guayasamín.

Robo la historia de un amigo:

“El hijo menor de una familia –un niño de unos 7 u 8 años– muere producto de una enfermedad. Los familiares llaman al cura del colegio para que hable con la madre, quien se encuentra muy afectada. El sacerdote, joven e inexperto, llega a la casa pensando qué debe hacer. Entra, saluda a todo el mundo, y pasa a una pieza a hablar con la madre.  Ella está desconsolada, enrabiada con el mundo, con la Iglesia y con Dios. Está llena de cuestionamientos e impotencia. No entiende por qué le está pasando esto a su familia. El cura, nervioso, habla intentando contenerla. Le explica que Dios no es malo y que sus misterios son insondables. Le dice que su hijo ahora está mejor y que la espera al otro lado. Le habla de teología, del plan de Dios, y habla y habla intentado darle algo de sentido a ese sufrimiento de madre. Ella sigue llorando, con igual rabia e impotencia. El cura se despide, la abraza y se retira.

Ya en el auto, camino a su casa, el cura recuerda a otra mujer que perdió a su hijo hace un año. Tiene algo de cercanía con ella, así es que la llama, le cuenta la situación y le pide ir a hablar con la madre. Ella acepta, lo acompaña de vuelta a la casa, y entra a la pieza. Luego de 20 minutos, salen las dos. La madre, visiblemente más tranquila, se acerca al cura y le agradece la visita.

En el camino de vuelta, el cura le pregunta a la mujer qué fue lo que le dijo a esa madre. Ella le contesta: “Nada, le dije que la entendía… que hace un año yo también había perdido a mi hijo, y luego no pude seguir hablando, porque me puse a llorar. Lloramos juntas 20 minutos, y salimos. Eso fue todo”.

La historia es real, o al menos eso dice mi amigo, y creo que, en el contexto de Semana Santa, deja en evidencia la realidad que vivimos como país. Existen dos causas del dolor humano. Una, insondable y sin sentido, como la muerte, la enfermedad o las catástrofes naturales; y otra, relacionada con el propio hombre y nuestra incapacidad de vincularnos con la realidad del otro. Lo que deriva, necesariamente, en la injusticia o indiferencia.

No podemos, en definitiva, seguir naturalizando la injusticia y la desigualdad en el discurso, tratando de explicarle a los que la pasan mal, el sentido de su situación. Eso es, sencillamente, humillante.

En Chile llevamos un agitado inicio de año, en que se ha entremezclado la antesala de lo que parecen reformas bastante estructurales -reforma tributaria y educacional, y la discusión sobre la dieta parlamentaria- con los inevitables desastres naturales -el terremoto en el norte y el incendio en Valparaíso-. Pareciera que el país entero se remece desde sus cimientos, y, como tal, saca a relucir lo que estaba enterrado en el fondo.

En todas estas situaciones -tragedias- aparecen personas con un discurso similar al de “los curas”, quienes, muchas veces con buenas intenciones, intentan dar explicación al dolor de otros, diciendo que todo está bien así. Escuchamos que no debe hacerse una reforma tributaria, porque pese a las posibilidades de redistribución, se verá afectada la inversión. Que no se debe implantar una reforma educacional, porque no se puede pasar a llevar la libertad de los proyectos educativos particulares. O bien, que no es conveniente tocar los sueldos de los parlamentarios, porque muchos de ellos llegan “justos a fin de mes”, y se necesita que los sueldos sean competitivos con el sector privado. Ni mencionar a todos los opinólogos de redes sociales que intentan explicarnos las causas y culpas del terremoto y del incendio. Todos ellos están llenos de argumentos razonables y válidos, pero son incapaces de conectar con la realidad de la mayoría del país.

¿Cómo le digo a una señora que tiene su carrito de completos en la calle, que a ella no le conviene que se elimine el FUT, y que le suban el impuesto a las empresas? ¿Cómo le digo a un administrativo de una empresa, con un sueldo promedio para Chile y que tiene 2 hijos, que no le conviene la reforma educacional? ¿Cómo le digo al 80% de la población, que vive con $333.000 aprox., per cápita, que a nuestros parlamentarios “no les alcanza” para llegar a fin de mes? ¿Cómo puedo mirar a un porteño que perdió todo, y solo atinar a preguntarle por qué vivía ahí si el lugar era tan peligroso?

Podemos tener diferencias en cómo aproximarnos a los temas, pero en estas discusiones, no es posible olvidar qué es lo que están sintiendo esos miles de chilenos que, muchas veces, ocupamos como excusa. No podemos, en definitiva, seguir naturalizando la injusticia y la desigualdad en el discurso, tratando de explicarle a los que la pasan mal, el sentido de su situación. Eso es, sencillamente, humillante.

Podríamos, para variar un poco, preguntarnos, en cada una de estas discusiones, y en todas las que están por venir, si nos parecemos más al cura, o a la mujer.

Chileno. Abogado UC. Ex Director de la Escuela Sindical de Infocap. Profesor ayudante de Derecho Penal. Trabaja actualmente como abogado en litigios.

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