Los valores fundamentales y “lo que la naturaleza nos enseña”

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Muy pocas veces en las últimas décadas los obispos de todas las iglesias Cristianas han hecho declaraciones conjuntas sobre temas de debate público. El lunes 3 de octubre lo hicieron para hablar sobre los “valores fundamentales” que se consagran en el matrimonio, la familia y la defensa de la vida humana. En su carta, dirigida al Presidente de la República, miembros del Poder Judicial y legisladores de ambas cámaras, hicieron explícitas sus aprehensiones respecto a los proyectos de ley de Aborto terapéutico, de Acuerdo de Vida en Pareja (especialmente entre personas del mismo sexo) y respecto a la inclusión del término “orientación sexual” en el proyecto de ley Anti-discriminación. Califican estas iniciativas como “atentatorias al desarrollo de valores e instituciones fundamentales” en un país cuyo 85% se declara cristiano.

Pese a la limitada difusión y cobertura mediática, la carta impactó de diversas maneras a cristianos de diferentes iglesias chilenas, y nos ha entusiasmado a discutir y reflexionar más profundamente respecto al efecto de este llamado conjunto de nuestros pastores, sobre todo entre quienes reconocemos en ellos cierta autoridad y conocimiento sobre estas materias valóricas. Confiamos en que la diversidad que nuestra reflexión expresa, contribuya al diálogo como medio privilegiado de colaboración con los pastores y toda la comunidad.

En primer lugar, llama la atención situar al mismo nivel de atentado contra los valores fundamentales al aborto, las uniones civiles y al uso del término “orientación sexual”. Sobre todo si nos hacemos cargo con responsabilidad y caridad del efecto que este discurso tiene sobre las personas afectadas, ya sea por su condición o por las elecciones que han abrazado. Ciertamente, la defensa de la vida humana desde antes de nacer no puede ser asumida como sinónimo de perseguir moralmente a las madres que se constatan en situaciones límite, sino como la necesidad de convencer fraternalmente de cuánto valor tiene la vida humana en cualquier estadio. Peor aún, dicho juicio moral no puede compararse arbitrariamente con lo que viven los sujetos homosexuales y heterosexuales frente a la posibilidad de ser discriminados o de acceder a modos de formalizar civilmente su unión de hecho. Al culpabilizarlos por dañar la familia, el matrimonio y la vida, se les inflinge a todos estos compatriotas un daño innecesario, validado desde un sitial de autoridad que pareciera irrefutable.

Una lectura discernida del documento nos obliga a preguntarnos por la definición de familia y qué país se funda sobre esta base. Lo primero que habría que advertir es que la diversidad de realidades familiares nos dejan ver con creciente fuerza que el sacramento del matrimonio no sería el único lugar donde la familia se manifiesta en plenitud. En ese sentido, lo fundamental es que los valores sean vividos, enseñados y aprendidos en una familia concreta, cualquiera sea su historia y circunstancias peculiares, más allá de la generalización de una familia ideal. Habría que discutir seriamente las razones por las cuales algunos creen fehacientemente que las leyes de unión civil y de no-discriminación en contra de los homosexuales dañan a la familia, cuando en el ámbito académico se acumula creciente evidencia de lo contrario. En estas realidades se expresa la diversidad de estilos y formas con que el amor humano se consagra y vuelve fecundo, y resulta pretencioso que las iglesias cristianas nos arroguemos su definición y delimitación. Nuestra certeza de que la familia es iglesia doméstica, no nos faculta para tratarla como una invención original del cristianismo. Más bien, la familia nos inspira el respeto de una institución cuyo sentido y estructura son un regalo que nos precede.

En la ética cristiana concurren necesariamente la mirada de amor que aprendemos del Padre Dios y la denuncia profética para restaurar y cautelar la dignidad del sujeto humano. Tememos que la carta de nuestros pastores deja fuera a personas que, optando por la fidelidad a lo que naturalmente sienten como verdadero, encarnan la diversidad que toda sociedad democrática debiese acoger y respetar. Valorar sólo algunas manifestaciones de la naturaleza y tildar otras como errores o desviaciones es justamente no reconocer “lo que la naturaleza nos enseña acerca del amor humano, la vida y la familia”, cuya principal y más evidente característica es la diversidad.

Quizás el Pueblo Fiel pueda y deba exigir de sus Pastores transparentar el diálogo, junto con acompañarlos con cariño y cercanía en su ministerio episcopal para fortalecerlo. Estar dispuestos a caminar juntos hacia una comunidad más inclusiva y más dialogante con la sociedad y sus signos no nos pondrá en peligro, al contrario, enriquecerá la relación entre nuestras iglesias, cada uno de nosotros y su Señor.

* Óscar, Rocío, Tomás y Bernardita; neurobiólogo, médico, psicólogo y socióloga, respectivamente,  son jóvenes profesionales que participan de CVX adultos.

Neurobiólogo, músico y miembro de CVX-Santiago.

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Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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