Me aburro en misa

Aunque algunos más fanáticos se puedan espantar con la afirmación del título, ésta debiera generar en los cristianos una sana autocrítica. Y es que es la voz de muchos jóvenes nacidos en familias creyentes, practicantes o no. Simplemente, se aburren en misa.

Antes, quisiera detenerme brevemente en la innegable irreductibilidad de la Eucaristía en el propio camino espiritual del cristiano. En otras palabras, la misa en su sentido más profundo, no es un mero capricho de unos cuantos jerarcas empoderados que deciden realizar el rito. La Eucaristía representa la actualización de la esencia del mensaje de Jesús: simboliza la entrega del amor, a través del cuerpo y la sangre de Cristo. No debería ser solo un rito más para el cristiano, sino que ha de ser vivida como reactualización y recuerdo de lo central del mensaje de salvación.

Sin embargo, la realidad es que para muchos cristianos y cristianas, ¡la misa es en extremo aburrida! En el mejor de los casos, ir a misa acaba siendo una práctica de educación y civilidad, parte del orden natural de la sociedad: en los cumpleaños se lleva un regalo, los niños tienen que ir a la escuela, y los domingos se va a misa. Sin embargo, en el despertar de la adolescencia, vemos a jóvenes cada vez más críticos, para quienes aquella misa a la cual sus papás les obligaban a ir de chicos no solo se les hace aburrida sino que incluso carente de sentido o hasta antagónica con sus propias creencias y referentes.

El asunto se complica considerando que la Eucaristía no tiene sentido porque la entendamos. Al revés, la entendemos porque nos da sentido. Y ese sentido no puede venir de un conocimiento discursivo o erudito, sino de una experiencia viva que nos suscita al amor y a la entrega.

¿Por qué debería de hacer sentido a jóvenes dolidos por las injusticias y violencias sociales algunas misas que se celebran cerradas a nuestros tiempos y sólo como un mero hábito vaciado de contenidos, y en las que se guarda un silencio que raya en complicidad? ¿Cómo esas misas se pueden identificar con la juventud global, multicultural y tolerante, si en ellas se continúan predicando verdades herméticas y ensimismadas que eliminan lo diferente?

Ante una juventud sedienta de búsqueda de sentido y de escucha, llena de información y pensamientos diversos provenientes de todo el mundo, ¿qué efecto podría tener una misa cerrada al diálogo y al cambio?

En una cifra cada vez más alarmante, las venas de la vida por donde antes corría la floreciente sangre del sentido están ahora secas y marchitas. Nada llega hoy al corazón de esos jóvenes; corazón cuyo latido, a falta de fuente de vida eterna, late únicamente con dosis de aspirinas existenciales llamadas distractores y diversiones. La presencia de ambos hechos es conflictiva. Parecieran negarse uno al otro. Pero si en verdad la Eucaristía es fuente de vida y de sentido, ¿cómo puede la gente aburrirse?

El asunto se complica considerando que la Eucaristía no tiene sentido porque la entendamos. Al revés, la entendemos porque nos da sentido. Y ese sentido no puede venir de un conocimiento discursivo o erudito, sino de una experiencia viva que nos suscita al amor y a la entrega. Solamente dentro de un camino espiritual auténtico -y no hablo de manera moralista ni legalista normativa, sino pura y simplemente de un camino que se traduzca en la conversión de hombres y mujeres nuevos- el joven cristiano podrá vivir una Eucaristía llena de sentido. De esta forma, me atrevería a afirmar que la falta de sentido en la Eucaristía proviene de la flaqueza del mismo camino espiritual, síntoma muy característico de nuestra cultura en la cual la juventud está inmersa.

Por otro lado, hablar únicamente de la responsabilidad del caminante es cargar demasiado la balanza a un solo lado. La falta de sentido en la Eucaristía se debe, también, a factores que competen a la propia Iglesia: una teología del castigo (“que flojera ir a misa nada más para que me regañe el cura”), una falta de sensibilidad ante los signos de los tiempos (“pues para qué ir a misa si solo hablan de lo que fue en aquel tiempo y nunca de lo que es ahora”), un discurso moralista condenatorio (“tomar está mal, el sexo está mal, divertirse está mal, todo está mal”) y, haciendo énfasis en este último punto, una estructura jerárquica clericalista, que en mi opinión es antievangélica. El pueblo, en ciertas comunidades, se convierte en mero objeto pasivo de los únicos que tienen autoridad de predicar, hablar de Dios, repartir sacramentos y leer e interpretar la Biblia.

Este último punto podría leerse como el papel del propio laicado. En numerosas comunidades somos testigos de un laicado pasivo, sumiso, indiferente, en mera espera y expectación a ver qué dicen las altas esferas. Pero la Buena Noticia siempre encuentra el poro por el cual manifestar el Espíritu que vivifica. Contrastando la no-significación de la Eucaristía por falta de sentido, me llena de alegría el corazón encontrar grupos de jóvenes que buscan reinterpretar los espacios comunes, de compartir el pan y el vino, de reinterpretar la Eucaristía. Reinterpretaciones que no sólo re-significan sino que llegan a la médula de la propia experiencia cristiana a la que la Eucaristía Canónica debería de conducirnos: el amor de entrega como principio y fundamento dinamizador de la vida. Re-significaciones que lejos de transgredir la experiencia cristiana de Dios, la ensalzan; lejos de querer suplantar a la Eucaristía Canónica, la interpelan obligándola a dar más de sí. Quizás la Eucaristía tenga muchos niveles, quizás no solo haya que repensar la misa sino abrir su propio concepto y su alcance.

Elías González Gómez. Mexicano. Estudió licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales en Guadalajara, México. Actualmente es estudiante del Máster en Mística y Ciencias Humanas en Ávila.

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