Migrantes: los ciudadanos del cielo

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“Ser ciudadanos del cielo, no del suelo”. San Alberto Hurtado

La migración, un fenómeno presente desde hace -literalmente- miles de años, de un tiempo a esta parte ha pasado a ser para muchos un gran problema. Sin embargo, más que un problema en sí, la migración es el efecto causado por tantos otros problemas que experimentan nuestras sociedades. Las guerras, represiones, o la pobreza son algunas de las razones que han forzado a millones de individuos o familias a abandonar sus hogares y patrias. Detengámonos un minuto en el significado de esto; es decir, en lo dramáticas que deben ser las circunstancias para hacer que una persona abandone el lugar del cual se siente parte, donde se encuentra con “otros” que le son conocidos, y donde ha desarrollado todo su proyecto de vida, por muy precarias que puedan ser sus condiciones materiales.

De algún modo el orden mundial siguió sus patrones “naturales” y la humanidad se vio sometida a una organización que iba marginando y dividiendo culturas completas, sin importar las brechas que con ello se acentuaban. Quedaron grandes y pequeños, ricos y pobres, violentos o sometidos, primer, segundo, tercer y hasta quizás un cuarto mundo ha sido necesario para acabar encasillándonos a todos.

Creando nuevos conceptos de desigualdad, se fue formando un nuevo mito, una generalización que aseguraba que “los refugiados inmigran hacia el norte”. Una creencia levantada probablemente por los países que llamamos del Primer Mundo, y construido con el cemento del miedo a que la sensación de estabilidad, ciega a las necesidades del resto, se viera perturbada por un mar de inmigrantes que estarían llegando. Las cifras, sin embargo, dicen otra cosa. Según la ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados), sólo un quinto de los refugiados son recibidos en países industrializados. Ahora la verdadera preocupación reside en el destino de la otra gran mayoría.

Dinamarca fue el primer país firmante de la convención de refugiados de Naciones Unidas en 1951, y ahora está a solo un paso de ser el primero en romper el Tratado de Schengen, que garantiza la libre circulación de personas dentro de los límites de la Unión Europea. Con ello se cierran las fronteras, buscando ser “modelo o ejemplo” para sus vecinos europeos. El inmigrante ahora deberá pasar una serie de pruebas, requisitos y exigencias para poder finalmente obtener el amparo de una residencia -pocas veces permanente-. Las exigencias invierten los papeles y los refugiados -que son víctimas- de su situación, se convierten en motivo de sospecha e intolerancia. La ONU critica la decisión de hacer primar las políticas de contención por sobre los derechos de las personas, y, mientras esto ocurre, Suecia -el destino directo para aquéllos a quienes se ha denegado el permiso de estadía-, acusa la falta de “solidaridad” danesa por exportar inmigrantes hacia sus fronteras.

Pareciera que las personas se hicieron mercancías, que en este limbo de incertidumbres y decisiones, poco importa el destino de las angustiadas familias que no tienen dónde ir. Pareciera que estamos cada vez más lejos de descubrir el milagro de recibir en nuestra casa al necesitado, al Cristo entre nosotros que clama por hacernos conscientes del tesoro que significa encontrarlo allí, entre los migrantes.

Está claro que esto no es sólo tarea de los gobiernos, y que por tanto no se solucionará con simples políticas migratorias de reasentamiento –necesarias, por lo demás-.  Incluir a los migrantes es una tarea que compete a toda la sociedad, sobre todo para que, con esfuerzo, no termine convirtiéndose en un mero cliché, que al ser tarea de todos finalmente es tarea de nadie. La crítica externa a los países desarrollados no es válida si no está acompañada de una reflexión hacia adentro, reconociendo que es en nuestra propia patria donde surgen también gritos de egoísmo contra el “peruano quita empleos” o el “boliviano patudo” que exige un pedazo de mar.

Cuando pienso en la inmigración, vuelvo a su razón. Existe porque las fronteras de la injusticia, la desigualdad y el abuso existen. Frente a este irónico escenario, creado por nosotros mismos,  es inevitable imaginar  -por imposible que sea-  que si trabajásemos como verdaderos hermanos en busca de la fraternidad universal, sería fácil saciar la necesidad de tantos con tan poco, y, con ello, ya no harían falta las fronteras, dejaríamos de ser ciudadanos de un país, de un suelo, y  seríamos ciudadanos del cielo.

* Belén es ex alumna del colegio Institución Teresiana, miembro de CVX y actualmente vive en Copenhague, Dinamarca.

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