Misiones en Chiloé: compartir al Cristo de la vida ordinaria

“…el que tiene algo que contar de la experiencia de Jesús en su vida puede ser misionero, y el que sólo tiene cosas que transmitir, aguántese un tiempo más… La condicionante no es saber, sino [haber descubierto, reconocer y compartir] qué ha hecho Cristo en mi vida”.

Mariano Puga

Sacerdote itinerante del Archipiélago de Chiloé

Entre el 20 y el 30 de enero de este año, un grupo de 140 jóvenes secundarios pertenecientes a la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) de Santiago y Puerto Montt, junto con un equipo de asesores y sacerdotes, participamos de la experiencia de Misiones Ignacianas, herederas de las misiones circulares que los jesuitas comenzaron en el siglo XVIII. Compartimos con personas de quince sectores ubicados en diez islas del archipiélago de Chiloé, colaborando con la Misión de la Diócesis de Ancud y con el trabajo apostólico de los tres sacerdotes que viven su misión recorriendo esas islas. Chuit, Chulín, Talcán, Nayahué, Autení, Chelín, Quehui, Caguache, Quenac y Meulín fueron -durante poco más de una semana-, nuestros hogares, y sin duda espacios privilegiados para maravillarnos por la obra que Dios sigue haciendo en cada rincón del mundo.

La experiencia permitió que muchos confirmáramos algunas intuiciones que creíamos ciertas respecto a nuestra vocación, preguntándonos, de paso, qué sentido tiene participar en una experiencia como ésta y cuáles son los deseos que movilizan a una cantidad no menor de jóvenes a misionar.

Lo que para nosotros resultó muy claro, fue que misionar supone cierta complejidad para quienes pretendemos entender qué es esto de compartir la experiencia de fe con otros, acompañarlos en el silencio, en sus alegrías y dolores, en torno a un mate o cosechando papas. Hay un acto de fe innegable en el hecho de ir a un lugar y confiar en que Dios actuará a través nuestro y de quienes nos reciben. Creer que nuestro testimonio puede ser buena noticia para otros, y que Dios nos necesita para que sus hijos lo reconozcan presente en sus vidas, es una gracia, un regalo muy preciado.

El “ser” misionero no es una condición que recibimos por defecto al llegar a cada isla, ni tampoco (ya lo quisiéramos) viene a nosotros de manera inmediata al recibir el bautismo -a pesar de que nos hace sacerdotes y profetas para anunciar y denunciar-, sino que supone responder a una invitación, desearlo, querer ser apóstol e identificarse con aquél que nos hace ser compañeros y hermanos en la fe. Es nuestra voluntad la que se compromete, y con nosotros se compromete Dios.

Ahora bien, no basta con desearlo, Dios cree y confía en nosotros más que nosotros mismos. Es así como la gente espera que seamos de tal y cual manera, demandan de nosotros cierta consecuencia con los valores evangélicos y el saber catequético necesario para su formación como católicos. Pero no sólo eso, también nos desafía a ir más allá de nuestras propias costumbres y vivencias eclesiales. El chilote se apega a la tradición y su historia de igual manera que nosotros a nuestros carismas y estructuras. Para ellos el silencio, la tierra y el mar, la comida y la fiesta, son las formas con que Dios se hace presente: a través de sus cosechas, la marisca y la luga, la imagen del Nazareno, los novenarios, el curanto y el remate. Aquí es donde se nos da también el regalo, donde nosotros pasamos a ser los misionados, los restaurados, los felices, pues en este encuentro Jesús se nos revela de maneras insospechadas, sorprendentes y siempre novedosas. Estando en Chiloé tuvimos que estar más atentos a sus signos, a re-descubrirlo y a sorprendernos con la novedad que tiene su Palabra, aun cuando hayamos leído una y otra vez la misma lectura, el mismo rezo, la misma bendición.

La misión tiene que ver con conocer a Jesús en medio y a través de su Pueblo, saber responder a su pregunta “¿Quién dicen que soy yo?”, identificarnos con Él, amarlo y seguirlo; tiene que ver con un encuentro entre personas en medio de la sencillez de la vida, con el testimonio que cada uno tiene sobre la acción de Dios en nuestra historia. A diferencia de como muchos quizás lo entienden, la misión no tiene que ver con un ejercicio de dominio y conquista de almas. Chiloé nos enseñó que para hablar de Dios y comprender el misterio de la fe, no necesitamos grandes doctrinas ni razonamientos muy complejos: basta con callar, contemplar la naturaleza y sus ritmos, tolerar el silencio y la ansiedad que se activa en nosotros cuando queremos ponerle palabras a la experiencia de fe que tiene el otro. Para hablar de Él necesitamos preparar y comer un gran curanto, bailar al son del acordeón, recoger la luga de las playas, aprender a tomar mate y rezar el novenario; necesitamos saber qué se siente al celebrar el aniversario de muerte de un difunto, por qué la comida es importante, por qué el Fiscal y el Patrono son tan relevantes en la religiosidad del chilote y cómo, una vez más, la comunidad de hermanos en Cristo es la que hace posible todo esto con su habitual minga como esquema natural de acción y colaboración.

No se entiende el lenguaje de Dios si no nos involucramos, si no compartimos con el otro esa verdad que se revela al encontrarnos; no somos creíbles si nuestros discursos están desafectados de la realidad que ellos viven, de sus urgencias, sus necesidades, sus creencias, tampoco si no compartimos desde nuestra realidad, si nos posicionamos como en otro paréntesis en el calendario. La misión queda incompleta si no compartimos con honestidad quién es Jesús para nosotros, qué ha hecho Dios en nuestras vidas y en la de quienes queremos. Mi vida y mis historias también son tierra de misión. Dios también se vale de ese relato para mostrarse y hacer más fecundo el encuentro.

La motivación para todos los que participamos de la misión -chilotes, puertomontinos y santiaguinos- la sintetizamos con el coro de una canción que expresa de buena manera la experiencia vivida esos días y la respuesta que queremos dar al preguntarnos qué ha hecho Dios en nuestras vidas: “¡Vengan a ver las maravillas que hizo el Señor! Venga usté, todo su pueblo celebra que Vida nos dio”.

* Tomás y Bernardita son jóvenes profesionales que participan de CVX adultos, y fueron organizador y asesora, respectivamente, de la Misiones de CVX en Chiloé.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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