El “mito del hombre aislado” o el olvido de la relación: Trump y el muro con México

Hace 27 años acontecía la caída del muro de Berlín, un hecho que marcaría el final de una era en el mundo occidental. La caída del muro era la re-unión de una sociedad herida por las radicales posturas políticas de la posguerra. Es paradójico que a menos de tres décadas de tal suceso, hoy, con la victoria de Donald Trump como presidente electo de Estados Unidos, se busque nuevamente volver a levantar un muro entre dos naciones (aunque ese muro ya exista en una tercera parte de la frontera entre éstas), con todo el significado y daño que eso representa.

A través de la figura de Trump somos testigos de una manifestación de una postura callada y reprimida en años pasados, pero no ausente en muchas personas: El racismo. Dicha postura expresa un gran sentir en un  amplio sector de la sociedad estadounidense. Si bien es una ‘postura políticamente incorrecta’, tolerada en la dimensión de lo privado, se hizo palpable en un hartazgo que  tuvo sintonía en el candidato republicano, hasta llegar a convertirse en una expresión casi oficial y aceptable. Porque no es solo Trump, personaje político calificado como xenófobo, el que llega a la presidencia, es también un sector de la sociedad el que hoy se establece como  postura dominante.

Lo terrible no es tanto el resurgimiento del racismo y la segregación social, cuando pensábamos que dicho discurso estaba minimizado, sino la visión más profunda e instalada en la cultura que genera aquellas posturas negativas. Podríamos llamarlo el mito del hombre aislado o autónomo. Es la visión del ser humano como independiente de los demás, o que simplemente prescinde del otro en la búsqueda egocéntrica de su propio bienestar. Se puede denominar tal mito como un ‘metarrelato moderno’ todavía vigente, sobreviviente de la modernidad, alimentado por ciertos estilos de vida.

Trump y los estadounidenses que apoyan la construcción de un muro entre México y Estados Unidos, así como las políticas migratorias de expulsión, olvidan un aspecto importante constitutivo del hombre y el estado del mundo: La relación. Esa capacidad de vincularse con los otros es lo que nos permite ser nosotros mismos, es lo que da identidad. El humano se debe a las relaciones con las que interactúa, ellas lo constituyen como tal. La relación como constructora es recíproca. Ahí se realiza y se juega la verdadera humanización.

Lo inesperado de la victoria del trumpismo  es el retroceso hacia una visión del ser humano como aislado, superior ante los demás. Detrás de Trump se abre paso un miedo a lo ‘otro’, a lo ‘diferente’, a ese rostro latino, afrodescendiente, musulmán, etc., que se traduce como amenazante de la propia identidad y vida; tal visión ha encontrado una “seguridad” en las promesas de campaña del republicano. Éstas supieron tocar las fibras sensibles de millones de personas.

Trump y los estadounidenses que apoyan la construcción de un muro entre México y Estados Unidos, así como las políticas migratorias de expulsión, olvidan un aspecto importante constitutivo del hombre y el estado del mundo: La relación. Esa capacidad de vincularse con los otros es lo que nos permite ser nosotros mismos, es lo que da identidad. El humano se debe a las relaciones con las que interactúa, ellas lo constituyen como tal. La relación como constructora es recíproca. Ahí se realiza y se juega la verdadera humanización.

Siempre las relaciones culturales y humanas han sido conflictivas. En centurias y milenios pasados la aniquilación de algún pueblo, o su dominio, fue un recurso conocido. Con mejor suerte se podía apelar a la distancia entre los pueblos como defensa ante el conflicto cultural. Sin embargo, la historia humana nos dice que ella misma es la historia de las relaciones entre los diferentes pueblos, dando siempre origen a nuevas sociedades. En la globalidad actual es imposible desatender la interrelacionalidad en la que estamos.

La relación a nivel personal o colectivo es la que nos constituye en lo que somos. Contra una antropología individualista, competitiva y segregacionista, se debe pugnar la vuelta a una “antropología relacional”. La relación de unos con otros es lo que permite la identidad, la particularidad propia, la riqueza cultural del cada pueblo. Habría que decir -para ser justos con Estados Unidos-, que su grandeza está en la pluralidad cultural que hoy la constituye como una gran nación; una nación de muchos rostros que pueden pasar del solapamiento a la convivencia que enriquece. El país norteamericano puede aspirar a ser el modelo de una sociedad plural en diálogo e integración. No cabe duda que uno de los temas que marcan el siglo XXI es el diálogo intercultural. De ese diálogo depende el derribamiento de las fronteras físicas e ideológicas.

Para los que somos católicos o protestantes, no podemos dejar pasar la dimensión de ‘la relación’ como fondo esencial del ser humano y del ser cristiano. Basta recordar la centralidad de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento. La Alianza es ese vínculo entre Dios y la comunidad hebrea, que de ser quebrada termina en muerte y separación para Israel. En Jesús la vinculación se ve expresada en el anuncio del Reino de Dios. Dicho Reino es la noticia de nuevas relaciones que se abren a partir de la aceptación de Dios como Padre. El ser humano no encuentra su salvación-plenificación de manera aislada, sino en común–unión justa y fraterna con Dios y los hombres. En contraparte, la perdición del hombre llega cuando éste ignora a Dios en sus hermanos (Mt 25, 31-46). Por consiguiente, en el cristianismo no hay lugar para una religión individual e intimista que segrega a los demás, sino que es comunitaria, responsable siempre por la vida del otro, en especial del más débil y desamparado. Se apela pues no solo a la necesidad de abrirse a la relación con los otros, sino también a crear relaciones más justas en todos los niveles. No deja de resonar hoy la pregunta de Dios, “¿dónde está tu hermano?”

Para concluir esta reflexión, reitero que lo funesto es la ideología que llega al poder. Independientemente de que el nuevo presidente cumpla las promesas que perjudicarán a los migrantes -contando o no con el apoyo de las distintas fuerzas políticas-. Como red de relaciones que somos, las acciones tomadas por unos afectan al resto. En este escenario internacional lo realmente importante está en el dolor que millones de familias puedan sufrir por los embates que podrían desencadenar las nuevas políticas anti-migratorias y económicas. Habrá que recordar también que el poder fluye en todas partes dentro del mismo tejido de las relaciones sociales. Para los que somos latinoamericanos (y mexicanos en particular), la situación apremia unidad y solidaridad. No son minoría los norteamericanos que se sienten corresponsables y unidos a América Latina. La unidad es la mayor fuerza que podemos hacer sentir y ella viene justamente de la correlación justa y responsable.

 

 

Alejandro es jesuita, mexicano y licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales por el ITESO, de México. Actualmente se encuentra realizando estudios de Teología en la P. Universidad Católica de Chile. Colabora apostólicamente en el colegio San Ignacio El Bosque.

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