Monseñor Pacelli y el compromiso político en nuestro tiempo

En 1933 el entonces obispo de Concepción, Gilberto Fuenzalida, quiso obligar a los jóvenes católicos del país a inscribirse en el Partido Conservador. El tradicional partido católico había visto menguar su apoyo social, por lo que una derrota en las urnas resultaba una posibilidad temible, pero cierta. Para vencer a las fuerzas del liberalismo y de los incipientes movimientos de izquierda era imprescindible ofrecer un frente común. Por eso el prelado chileno estaba convencido de que lo mejor – y la única alternativa válida – era que todos los jóvenes de la Acción Católica[1] dejasen a un lado su apatía hacia el partido, se afiliasen a él y votasen por su programa. Sin embargo, esta medida fue impopular y un grupo de laicos y sacerdotes escribieron al Vaticano para que se pronunciase sobre el asunto y zanjase la situación de una vez por todas.

El obispo penquista esperaba que el Papa lo apoyase, pero profunda debió ser su sorpresa con la respuesta, que finalmente llegó en 1934. El secretario de Estado, monseñor Eugenio Pacelli, firmó de puño y letra un comunicado en el que decretaba que ningún católico estaba obligado a militar en un determinado partido político. Desde entonces cada fiel gozaría de la libertad para votar por el candidato que quisiese, siempre y cuando no atentase contra las enseñanzas de la Iglesia.

La doctrina Pacelli abría un terreno totalmente inexplorado para el laicado del siglo XX. Tras casi ochenta años en los que los católicos chilenos habían estado obligados, bajo pena de excomunión y otro tipo de sanciones, por la jerarquía eclesiástica a sufragar por el único partido que representaba los intereses de la Iglesia (o, mejor dicho, por su partido), se despejaba el horizonte para discernir y ejercer un voto a conciencia. Las palabras de Pacelli cobraron todavía más fuerza cuando, en 1939, fue elegido Papa. Comenzaba entonces el pontificado de Pío XII.

Ahora bien, ¿qué puede enseñarnos esta historia a los católicos del siglo XXI?

En primer lugar, que la política importa. No es lo mismo un postulante que otro. No es lo mismo un proyecto país que otro. Lo fundamental está en discernir, a la luz de la fe, el modelo que contribuya más a la construcción del Reino, el que facilite la liberación de las estructuras de pecado y el que, por el contrario, favorezca su perpetuación.

Lo interesante de las palabras de Pacelli está en que es en el laico en el que recae esa tarea de discernimiento. La Iglesia, a través de sus pastores, podrá contribuir en el proceso de discernimiento personal, pero no podrá suplantarlo. El cristiano, en cuanto ciudadano, será una persona libre o no será.

Esto supone una gran responsabilidad de la que hay que hacerse cargo en un contexto en el que el desencanto por la política partidista ha acarreado una falta de conciencia sobre la relevancia democrática de salir a votar. Además, el católico deberá estar dispuesto a analizar las motivaciones que lo lleven a preferir a un candidato por sobre otro, preguntándose si aquello que despierta sus simpatías es la persistencia de ciertos privilegios personales y colectivos o más bien es la búsqueda del bien común, aunque signifique a veces la renuncia a gratificaciones individuales y familiares.

A priori no hay respuestas correctas. Es igualmente válido que un creyente se decante por una alternativa u otra. Pero esto no significa caer en el relativismo. No, tenemos un criterio objetivo que debe jugar un rol decidor en nuestra elección: la conciencia cristiana. Como discípulos de Jesús debemos querer y luchar por aquellos que permanecen marginados del sistema social, económico, político y cultural. Hacer lo contrario implica incurrir en un narcisismo que poco tiene de liberador y, por tanto, de cristiano.

Debemos hacernos cargo de las palabras de Pacelli y, en este año de elecciones, preguntarnos por los motivos que tenemos para salir a sufragar. No vaya a ser que de tan naturalizadas que tenemos nuestras convicciones políticas terminemos atentando contra los principios que emanan de nuestra fe y traicionemos al Dios que decimos seguir.

 

[1] Movimiento laical que buscó hacer realidad los postulados de la doctrina social de la Iglesia.

Historiador. Profesor en la Universidad Católica de Chile y en la Universidad Alberto Hurtado. Actualmente es miembro del Consejo de CVXj de Santiago.

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