Movilizaciones: la clave de la solidaridad

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Ya han pasado meses y el movimiento estudiantil no flaquea. Por el contrario, va creciendo y fortaleciéndose cada vez más. Lo que en un momento se inició como otro de esos movimientos a los cuales no le damos mucho tiempo de vida, ha perseverado, sorprendiendo con ello a gran parte de la población. Hoy ya lleva alrededor de tres meses activo. Y vaya con cuánta vida. ¿El resultado? Estamos cansados.

Todos estamos cansados. Por un lado, los que no apoyan al movimiento. Están cansados de estos “jóvenes idealistas que seguramente no conseguirán nada”. Por otro lado, los defensores también están exhaustos; cansados de que el gobierno no acoja sus demandas. Hasta los medios de comunicación masiva parecen estar agotados de cubrir estas noticias; sólo dan espacio cuando ocurre algún acontecimiento que levante polémica. Todos estamos cansados, ésa es la realidad; y, ¿qué consecuencias tiene esto? Intolerancia, irritabilidad, juicios prematuros y descalificaciones hacia aquéllos que no piensan como uno.

En circunstancias como éstas es habitual que no vayamos más allá de lo superficial. Solemos quedarnos con un par de premisas, pues el cansancio no nos deja ahondar más, ni tampoco nos deja ánimos de argumentar de una buena forma. Peligroso, pues esto lleva a radicalizaciones, y al riesgo de tachar a los adherentes a las movilizaciones de comunistas, vándalos o utópicos, y a los oficialistas de fachos, empresarios, cerrados de mente, y otros adjetivos que han adquirido connotaciones mucho más peyorativas. Así, se hace muy difícil imaginar algún punto de encuentro, ya que cada parte esgrime vehementemente su postura, lo cual no conduce sino a un solo destino: la intolerancia.

Cuando un conflicto asentado comienza a causar fisuras a nivel país, es importante abrir los ojos y la mente, ya que fácilmente podemos pasar por alto perspectivas que nos pueden llevar a encontrar un lugar de comunión. En este sentido, la solidaridad es un punto de vista que puede ser bien visto desde ambas posturas. La solidaridad de sentirse parte de un mismo todo, de hacerse responsable por el prójimo que está al lado. Quizás, si lo vemos de esta manera, se puede entender, y hasta compartir, las motivaciones del movimiento estudiantil.

Durante estos meses hemos sido testigos de cómo miles de chilenos se han sumado al movimiento; y no sólo los universitarios y secundarios que luchan por una mejor educación, sino que también sus padres y abuelos: tres generaciones que han sido, en cierto sentido, “víctimas” de la segmentación estructural de la educación chilena. El gran valor de su lucha, en caso de ser ganada, es que sus frutos no serán cosechados por ellos, ya que no pelean por su propio beneficio, sino que esperan provocar un cambio que asegure que las siguientes generaciones tengan la educación que ellos no tuvieron la suerte de tener.

No podemos dejar de considerar, sin embargo, a las miles de personas que han accedido a una buena educación, y que han querido involucrarse en un movimiento que busca asegurar la calidad para todos. Con esto la solidaridad se hace transversal, generando una empatía profunda por aquel hermano chileno que en la práctica no goza de los mismos derechos, y se constituye un Chile que hace de su bandera de lucha una generación que aún no ha nacido y que experimentaría los cambios esperados.

Se puede juzgar el vandalismo, las acciones de los encapuchados, los desmanes en la vía pública, las marchas, las huelgas de hambre y las tomas; pero si queremos juzgar, primero miremos más allá, y veamos que en el fondo subyace la bondad de una causa.

El movimiento estudiantil, junto con sus dirigentes y adherentes, busca exponer ante toda la ciudadanía una realidad que muchas veces no queremos ver, o que simplemente es ya costumbre y, por lo tanto, no nos hace ruido. ¿Y con qué objetivo? Con el fin de que volvamos a abrir los ojos y el corazón frente a la injusticia de la cual son víctimas miles de compatriotas, indignándonos por la existencia de estos mundos paralelos, pues es desde esta empatía e indignación desde donde puede surgir, finalmente, la solidaridad.

*Alejandra es estudiante de Psicología en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es voluntaria de Un Techo para Chile en el campamento San Francisco, de San Bernardo, y estuvo encargada de formación y voluntariado del Área de Secundarios de UTpCh.

Chilena. Profesora Básica y de Educación Ambiental. Actualmente colabora en el equipo de formación de la Parroquia San Ignacio de Loyola, de la comuna de Padre Hurtado, RM.

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