Música horrible

Cantad al Señor un cántico nuevo, su loor desde los confines de la tierra. Que le cante el mar y cuanto contiene, las islas y sus habitantes. Alcen la voz el desierto y sus ciudades, desde la cima de los montes clamen. Isaías 42:10-11.

La tradición clásica reconoce cuatro propiedades trascendentales del ser: la verdad, la unidad, la bondad y la belleza. Los cristianos primitivos del mediterráneo oriental integraban las cuatro en su visión teológica. Son los elementos esenciales en la respuesta humana al infinito amor de Dios. Curiosamente, la teología occidental redujo la lista a tres. Dejaron fuera la belleza. En La Percepción de la Forma, el teólogo Hans Urs von Balthasar intenta explicar por qué fue así, y la importancia de recuperar la dimensión trascendental perdida [1].

Occidente amputó la belleza por temor al deseo. La dimensiónerótica del corazón humano se vinculó con la carnalidad diabólica. Europa occidental cayó ineludiblemente en la morbosidad. Los pensadores medievales lograron identificar el fanatismo de los cátaros como herejía, pero al mismo tiempo, incorporaron el mismo fanatismo en el depósito de su propia tradición. Puede haber sido por el trauma de la peste bubónica. Al morir la mitad de la población de una enfermedad fulminante e incurable, el pueblo aprendió a desconfiar de la carne mortal y de todas sus seducciones.

La tradición bíblica, por otro lado, incluye los elementos estéticos e integra la sensualidad en la visión beatífica junto con la verdad, la unidad y la bondad. La fuente de la belleza es Dios mismo, y el magnetismo erótico, en su manifestación más inocente, es imagen y semejanza de del rostro divino. Los cátaros, sin embargo, siguiendo la tradición gnóstica, insistían que el cuerpo con todas sus pulsaciones tenía que ser obra del demonio. Insistían que Dios es el creador de las almas, solamente. No obstante, las sagradas escrituras nunca hablan de almas, sino de vidas, pasiones y espíritus. El alma desprendible del cuerpo es del catecismo posterior, procedente del neo-platonismo y fuente de la herejía cátara, al fin y al cabo.

Se evangeliza con alegría. La alegría es hermosa. La belleza es verdad, y la verdad, belleza. No se precisa saber más en esta tierra. Sólo perder el miedo y confiar en la esencia trascendental, en la hermosura del Creador.

Los cátaros insistían en el ayuno permanente, en la cuaresma eterna sin resurrección ni alegría, para liberar el alma de los impulsos. Aborrecían todo lo que tenía que ver con el cuerpo, la belleza y los cinco sentidos. El horror a la sexualidad era sólo una parte. Algunos insistían que había que ser vegetariano, porque la carne para comer, además de ser pecaminosamente deliciosa, provenía de la reproducción sexual del ganado. Comían pescado porque se creía que pez era un “fruto del mar”, producto de la generación espontánea, sin emparejamiento de animales.

Por herencia de los cátaros, la modernidad occidental quedó puritana. Es la resaca ideológica universal, un temor total a los cuerpos y sus procesos, una morbosidad que prohíbe la belleza y sus encantos. Un viejo del interior aquí en la Amazonia, apenas alfabetizado, me dijo la semana pasada: “Yo soy católico; sufrir ahora, y el cielo después”. Es el fundamento de su religión. La peste negra aún nos tiene cautivos. Sin la belleza, no hay alegría. Sin alegría, no hay evangelio, ni amor, ni salvación. El Reino de Dios se ha transformado en tiranía violenta y esclavizadora. ¿Cómo hacemos para recuperar la belleza trascendental del ser?

Yo creo que el desprecio universal a la belleza es la razón de fondo por la cual la música en la iglesia católica suele ser penitencialmente fea y mal hecha. El canto arrastrado y desafinado, el grito gutural con tono de reproche, la pausa arrítmica que hace tropezar el bailarín; éstas son las características que hemos aprendido a esperar como elementos esenciales en la misa dominical. Donde hay buen sistema de sonido, es la misma cosa, pero más fuerte. Es contagiosa, además. Si están cantando alguna cosa horrorosa aquí, es cosa de esperar un poco. Pronto se habrá difundido a todas las iglesias católicas del entorno.

Algunos citan motivos pastorales para explicar por qué es así. Eso sólo quiere decir que no tenemos la voluntad ni el coraje para cambiar. Los pastores dejan a los desafinados a cargo de los cantos por temor a que se sintieran mal si les pidiera otro servicio. Otras veces, se dice que es por tacaño. Puede ser, en parte. La música litúrgica en las iglesias protestantes suele ser mejor, porque contratan profesionales para conducir. Pero no es por falta de dinero, sino muchas veces por opción. En la iglesia católica, el ministro de música remunerado es capaz de hacer los mismos adefesios que el coro voluntario y se lleva el dinero más encima.

Otros dicen que es cultural, que por falta de instrucción musical, el pueblo no es capaz de producir sonidos menos horripilantes. Sin embargo, fuera de la iglesia, las fiestas del pueblo son de una musicalidad extraordinariamente rica. El pueblo tiene su cueca, su cumbia y su forró. Vibra con su salsa, su zamba y su carimbó. Arman las tremendas bandas sonoras para los bailes religiosos en la calle, y no se les cae ninguna nota ni compás. Llega la hora de la misa, y parece que estuvieran matando un gato ahí adentro. Lentamente. Si yo fuera pagano, me voy corriendo por miedo a lo que están haciendo.

¿Será que creemos que a Dios le gusta así? ¿Es posible pensar que a la Virgen María le gusta escuchar tanta payasada? La resistencia al cambio en muchas comunidades da a entender que cualquier mudanza podría resultar en un cataclismo cosmológico de proporciones alarmantes. Si cambiamos la canción, si no cantamos todas las estrofas, o si cantamos el mismo canto afinado con ritmo de seres vivos y no la lentitud de una vaca muerta arrastrada por camino de tierra, que los favores suplicados no serán concedidos. O sea, creemos que la Santísima Trinidad tiene un gusto musical perverso. Y la Virgen María, también.

Yo creo que el católico aguanta la música horrible en la iglesia por la misma razón que antes aguantaba el cilicio y la túnica áspera. Es como la gárgara antiséptica de mal gusto que se usa para sobreponerse a la fétida infección en la boca. Creemos que es una de las penitencias desagradables pero necesarias en este valle de lágrimas. Hacemos música en la misa para pagar por los pecados. Si es así, Cristo murió en vano. San Pablo lo dijo, yo no [2].

Puede ser que en algunas comunidades, realmente, no hay nadie que sepa cantar mejor. Que el Señor me conceda la compasión para aceptar y la paciencia para aguantar. Por otro lado, la comunidad católica actual es responsable de una inédita fuga de fieles. En Brasil, se van en masa a las iglesias pentecostales. En Chile, se vuelven agnósticos. En parte, están arrancando de la música horrible con que pretendemos alabar al Dios que nos salvó.

Se evangeliza con alegría. La alegría es hermosa. La belleza es verdad, y la verdad, belleza. No se precisa saber más en esta tierra [3]Sólo perder el miedo y confiar en la esencia trascendental, en la hermosura del Creador.

[1] Hans Urs von Balthasar, Gloria, (7 vol.) I. La percepción de la Forma. (Madrid, Ed. Encuentro, 1985; original alemán, 1961, tr. Emilio Saura), p. 46-57. 

[2] Gálatas 2,21

[3] John Keats, Ode on a Grecian Urn. 

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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