Nacer en la pobreza

(cc) Fran Alegría

Se acerca la Navidad y con ello las comidas familiares, las celebraciones, los regalos y las oraciones. Es tiempo de Adviento, y el pesebre me ha evocado dos sentimientos.

Leyendo el libro “La sociedad de la nieve”, que relata el accidente aéreo del año 1972 en el que un grupo de rugbistas uruguayos sobrevivió  en medio de la cordillera de Los Andes (excelente libro, lo recomiendo), he experimentado esperanza. Decidir comer la carne de los propios amigos, partir en medio de la nieve, sin fuerzas, para pedir el rescate de todos, abrazarse mutuamente para mantener vida… son diversas situaciones que vivieron a lo largo de ese tiempo de pobreza material los sobrevivientes uruguayos. Sin comida, con poca ropa, y experimentándose totalmente excluidos de la sociedad (de hecho, el primer mensaje radial que escucharon fue la suspensión de la búsqueda del avión), emergieron la solidaridad, el discernimiento y la entrega de la propia vida por los demás. ¡Qué potente es saber que lo que los mantuvo con vida en medio del frío fueron los abrazos que se daban los unos a los otros continuamente! El afecto humano da y mantiene vida.

Jesús elige nacer en la pobreza. Uno de los sobrevivientes mencionaba que al ser rescatados y volver al contacto con la “otra sociedad”, comenzaron a surgir el egoísmo, la soberbia y el protagonismo. Al parecer, sucede que cuando vamos cubriendo nuestras necesidades materiales y vemos que tenemos las cosas aseguradas, se va apagando el espíritu de solidaridad. Por ello, con el nacimiento de Jesús en medio de la pobreza, surge en mí la esperanza. En medio de la oscuridad de la noche, con incertidumbre, malas condiciones higiénicas y marginado de la sociedad, Jesús nace.

¡Qué ganas de hacerme pobre, de permitir que Jesús habite en mis fragilidades y dejarlo nacer ahí para ser “un hombre para los demás”!. Podríamos preguntarnos cuáles son aquellos gustos personales que nos aíslan de los demás y cuáles nuestras fragilidades… ésas en las que quiere nacer Jesús.

La incertidumbre es el otro sentimiento que me evoca el pesebre. Leyendo unas hojas del libro “Historia de la belleza”, de Umberto Eco, el autor reflejaba cómo, a lo largo de la historia, el ser humano tiende y desea lo bello. Me preguntaba entonces por el pesebre. No es bonito nacer en medio de la noche, apurado, dejado de lado por los demás. Sin embargo, el pesebre es algo bonito; de hecho, me evoca la armonía y belleza a la que tendemos como seres humanos. Es más, al pesebre le sumamos árboles navideños, botas, adornos y un “abuelito tierno” que trae regalos. Eso nos puede adornar una casa, pero a la vez hacernos olvidar que Jesús nació y sigue naciendo en medio de lo cochino y lo feo.

Cómo darme cuenta que Jesús sigue naciendo en baños de hospitales públicos, en una casa a oscuras. Negar un sueldo justo a un trabajador o dejar de lado a una persona en situación de calle que me pide algo, es decirle a Jesús “no tienes lugar aquí” (“quien hiciese esto al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hace”). Alguien señalaba la vergüenza que deber haber sentido la persona que le dijo a José y María “no tengo lugar en mi posada”, el encontrárselos en el cielo.

Incertidumbre me causa seguir negando un lugar en mi vida a otros con necesidad… a Jesús en medio de los que me rodean.

Estudiante jesuita, cursa estudios de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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