No darle la espalda al corazón

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Los bailes religiosos, en todo momento, están de frente a la imagen sagrada. Nunca le dan la espalda. Me tocó verlo y vivirlo presencialmente en la Fiesta de La Tirana recién pasada. Ya sea al llegar al Santuario, en alguna de las muchas “mudanzas” (momentos de danza y oración), en las procesiones, o en el momento de la despedida, la imagen de María cargando a su Hijo es como una luz ante la cual todo lo demás es secundario.

Tengo la impresión de que la gente de los bailes asume este precepto como norma de vida. No sólo no se le da la espalda a la imagen de la Virgen durante los días de fiesta, sino que esa devoción se mantiene el resto de los días como actitud vital. No darle la espalda a Dios significa cultivar y hacer realidad, en el día a día, ese lugar sagrado e insobornable que cada uno de nosotros tiene. Significa, por lo tanto, ser fiel al corazón, al lugar donde Dios ha hecho nido en cada uno de nosotros.

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Siento que en mi vida espiritual no ha estado muy valorada la palabra corazón. Me suena un poco cursi. Y por otro lado, es muy fuerte y atractiva la riqueza racional de la espiritualidad ignaciana, porque resulta muy razonable creer. ¿Cómo no voy a creer, si entiendo y me parecen muy lógicas y evidentes las reglas de discernimiento, los modos en que actúa el buen y el mal espíritu, las causas por las cuales uno está desolado, las meditaciones y las figuras literarias que evocan en mí deseos y sueños de bienestar? Si me falla la fe, puedo confiar en la coherencia del sistema, sin compromisos metafísicos, y no sentirme tan perdido.

Más aún, en la vida espiritual la apelación al corazón puede sonar a desorden, a una arbitrariedad que debe vigilarse, a un impulso que debe ordenarse, a un peligro latente de tomar actitudes y acciones irracionales y susceptibles de dañar a otros. A veces, cuando nos asomamos mucho a nuestros afectos, surge el miedo del desorden, del error, de volver a tomar las mismas malas decisiones que nos recuerda nuestro prontuario pecador, y que eso finalmente condicione nuestra alegría y nuestra libertad.

Pero, en una segunda mirada, la racionalidad tampoco ha sido ni garantía ni explicación definitiva de nada. Por mucho que “entienda” la espiritualidad ignaciana, siempre existirán muchas otras hipótesis interpretativas sobre las situaciones y tensiones de la vida. Y a la larga, ninguna de ellas, por sí sola, termina por aliviar y hacer sentido, en especial cuando nos toca ser objeto de la visita del dolor, de la inseguridad, o de la misma muerte, tan habituales en nuestro mundo roto.

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De un tiempo a esta parte me voy convenciendo más y más en el hecho de que la verdad no es un valor asignable a las palabras, sino que consiste en una relación mucho más material y temporal con el mundo y con uno mismo. Dicho de otro modo, la verdad no sólo se entiende, sino que también se experimenta. Por muy claro que uno pueda entender, en la vida hay cosas que, simplemente, son. Y no hay más. La verdad de la alegría de la presencia del otro en la vida propia, la verdad de la muerte, del dolor y también del amor, la indignación por ver sufrir a otros injustamente, el deseo de cuidado y cariño, la ansiedad de la incertidumbre, la verdad de la dureza de la decepción o de la incomprensión, y la esperanza de un futuro mejor. Es una verdad experimentada y por ende personal, por eso conlleva una soledad ineludible. Por la importancia del asunto, por la gravedad vital de la experiencia, en esos momentos de verdad actúa y es protagonista lo más profundo e insobornable de todos nosotros. A eso no cabe sino llamarlo corazón.

El corazón se salva de los prejuicios de arbitrariedad y superficialidad justamente cuando experimentamos nuestros dolores y pérdidas de cara a esas verdades incuestionables. Porque, de algún modo, el corazón es activo y tiene una fuerza interior que está disponible para activarse en el momento límite. San Ignacio distingue y reconoce esta capacidad, justamente cuando apela a la fuerza del corazón y de lo más verdadero ante la duda y la inseguridad propia del ser. Aun cuando estas situaciones puedan ahogar los deseos de seguir caminando en la vida de fe, Ignacio indica: “Donde por la nuestra flaqueza humana y propia miseria no se hallase en los tales deseos así encendidos en el Señor nuestro, sea demandado si se halla con deseos algunos de hallarse en ellos” [Examen general, 102]. Es decir, se trata de encontrar, en lo profundo del corazón, los deseos de desear.

El deseo de desear no elimina el hecho de que, primeramente, no deseamos, no queremos. En la experiencia del límite y de la contradicción, aparece la rabia, la fatiga, la negación. El deseo de desear acoge esta legítima reacción, pero invita a poner el foco hacia algo aún más profundo, a lo que hace de nuestra fragilidad una fuerza incontenible, el lugar en el que puede tener sentido decir: “siento esto, pero creo y espero en esto otro”. Ese que siente, pero que a la vez cree y espera, es el corazón, porque uno no puede negarlo sin traicionar lo que uno realmente es y lo que uno más valora en la vida. A eso no se le puede dar la espalda.

¿Qué significaría darle la espalda a Dios? Sería ser infiel al corazón de carne, ese que el Señor nos plantó un buen día (quizás en nuestro bautismo) con el fin de vivir y sentir a cuerpo entero. Y así es como el gustar y sentir en el corazón se constituye como lo más verdadero que podemos tener como experiencia. Mirar de frente al Señor, en medio de la inseguridad y de la muerte, significa perseverar en pedir la gracia que no nos deje solos, que siga reparando nuestras heridas, que dé sentido a las pérdidas y que nos vuelva a levantar para seguir abiertos hacia los demás, agradecidos, dispuestos a acoger la novedad de cada nuevo día. Así nuestro corazón va creciendo, pero desde adentro, con lo doloroso que esto pueda ser, para seguir creyendo y amando.

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Los bailes me lo hicieron saber. En la Fiesta de La Tirana me tocó cargar la imagen de la Virgen que llevaba el baile que me acogió durante los días de fiesta. Y llegó el momento, muy esperado y solemne, en el que nuestro baile debía despedirse del Santuario. Es un momento muy emocionante. El peregrino agradece a la Virgen por el regalo de estos días, porque lo recibió como mamá que es, por recordarle una vez más el rostro de su Hijo en la vida. El bailarín llora ante su partida porque tiene que irse, porque debe dejar el sitio donde entregó su corazón, donde vino a ofrecer sus intenciones y necesidades más profundas. El bailarín sabe que llegó, para él, la hora de la verdad.

Pero el bailarín del silencio sabe también que la Virgen y su Hijo Jesús viven en lo más hondo suyo, en el fondo insobornable de su corazón. En el día a día todo puede caer, menos esto. El bailarín llora al retirarse del Santuario, pero esperanzadamente, porque la fiesta del encuentro y del amor danzado le dará fuerzas para permanecer unido a la Virgen, y sentir que es ella la que lo carga todos los otros días del año, porque la ha dejado entrar en su corazón.

En ese momento de la despedida, al interior del templo, llevando nuestra imagen y en frente de la imagen principal de María, llegó el triste momento de partir. Para mi baile, la fiesta llegó a su fin. Yo, naturalmente, di media vuelta y quedé mirando hacia la puerta, para iniciar la salida del anda que llevaba junto a otros tres. Inmediatamente un miembro del baile se acercó y me ordenó severamente: “¡Date la vuelta, no le des la espalda a la Virgen!”. Luego miré a mi alrededor: todos salíamos, pero retrocediendo, serena y acompasadamente, al ritmo de la música de la banda, sin ocultar nuestro rostro apenado, siempre de frente a la Virgen y al altar del Señor.

Ese miembro del baile, luego de unos días, al despedirse de mí, me volvió a insistir: “Nunca le des la espalda al Señor”. Espero haber comprendido su lección.

 

 

“Adiós Virgen del Carmen” del disco “Tiraneada” de Alex Vigueras, SSCC.

“Pedimos Carmelita
nos cuides con tu manto.
Tu mano nos aliente
en la fiesta y en el llanto…”

Licenciado en Filosofía. Magíster en Filosofía de la Mente, del Lenguaje y la Cognición, Universidad Alberto Hurtado. Desarrollador Web y Co-Fundador de Territorio Abierto.

Sus columnas en TAbierto

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